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ARCO, en algún lugar entre el feísmo y la cara dura

Un recorrido muy personal por Arco, la feria de arte contemporáneo que este año celebra su trigésimo aniversario. 

FERNANDO DÍAZ VILLANUEVA
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Junto a Fitur y Simo, Arco es una cita imprescindible en el calendario ferial de la capital. Las dos primeras sirven de escaparate al turismo y a las tecnologías de la información. La última a las galerías que tratan –y nunca mejor traído un verbo– con obras de arte contemporáneo.

Los medios de comunicación dan una generosa cobertura a las tres ferias, pero es en Arco donde pierden la cabeza. Sacan especiales, envían críticos de arte, llenan las páginas de cultura con las novedades y propuestas (palabra muy de este mundillo) de cada año y alquilan un puesto dentro de la feria para que se vea que son gente culta y refinada. Por eso, para visitar Arco lo mejor es empezar por los stand de los dos principales diarios nacionales, El País El Mundo, para abrir boca y ver lo que ambos "proponen" esta temporada.

Este año, por suerte, están muy cerca el uno del otro. El Mundo ha colocado su stand-obra de arte junto a la cafetería, lo cual se agradece si tanto arte, tanta propuesta y tanta emergencia creativa le funden a uno los plomos nada más entrar. Repuestos tras la primera impresión, nada mejor que sumergirse en la obra de Alberto Bañuelos, un burgalés con barba que asegura que es escultor.

"Exacto, he dicho estafa"

Su obra cubre todo el stand de El Mundo. La cosa se titula "Homenaje a Robert Smithson II" y consiste en nueve piezas de alabastro como recién sacadas de una mina colocadas sobre el suelo y luego, después de trazar una ligera curva, colgadas de la pared. A la gente normal, a la plebe que no entiende de esto, le parece eso mismo, nueve pedruscos que deben pesar un quintal tirados en el suelo. Para Bañuelos, sin embargo, es una reflexión "sobre la fuerza estética y la potencialidad expresiva que se derivan de establecer un diálogo entre la práctica del arte escultórico (en especial, a través de la talla directa) con los dictados materiales y formales propios de la piedra". Ahí es nada.

El autor, delante de la así llamada "instalación" espera con una sonrisa de oreja a oreja a que Pilar del Castillo o Carmen Thyssen, que se hacen unas fotos a pocos metros, se acerquen para maravillarse de tanta genialidad en tan poco espacio. El cronista, sorprendido, comenta en su presencia y en voz alta que las piedras tienen poco de arte y mucho de estafa. A Bañuelos, escultor, se le enciende la mirada y pregunta ofendido "¿ha dicho usted estafa?", "exacto, he dicho estafa", replico sintiéndolo mucho por Robert Smithson II y por el primero también, que probablemente no se merezca algo así. Puede siempre llamar a la Guardia Civil y pedir que me desalojen de aquel templo de la pose modernoide que he profanado con mi insolente sentido común.

El visitante pronto advierte que lo de Bañuelos es pecata minuta al lado de lo que va a ver. En el stand de El País, por ejemplo, la obra se llama "Sala de Juntas", y consiste en unos muebles medio destrozados volando por los aires gracias a unos hilos de nylon que sujetan los pedazos desde el techo. Algo así como una oficina en la que acaba de estallar una bomba. Los autores son dos cubanos, Marco Castillo y Dagoberto Rodríguez, que conforman el grupo artístico denominado "Los Carpinteros". Se trata, en sus propias palabras, de "construir la destrucción", aunque parece justo lo contrario, muebles que estaban en perfecto estado y que estos caballeros antillanos han destrozado a modo. Todo sea por el arte.

En El País, donde son muy culturetas y muy flipadillos de todas estas tonterías presuntamente artísticas, aclaran que los autores no querían hacer "una metáfora sobre la crisis financiera, pero cada uno es libre de interpretarla o sentirla a su manera". Lo cierto es que sí que es una metáfora, pero no de la crisis financiera, sino de la del grupo editor del diario, que no pasa por sus mejores momentos y anda de un tiempo a esta parte jugando a el gato y el ratón con la bancarrota. Si querían metáfora la tienen, aunque hubiese sido más efectivo poner el balance encima de una mesa y que cada uno sacase sus propias conclusiones. No es tan artístico pero sale mucho más barato.

Con la revuelta sala de juntas prisaica a popa, enfilo el pabellón 8 de Ifema, donde cada stand reserva una sorpresa a ojos poco entrenados para el timo artístico como los de un servidor. En uno un marco de hierro sin nada dentro ocupa media pared. En otro unos televisores de 14 pulgadas tirados en el suelo muestran un angustioso vídeo de unos cachorros de diferentes razas de perro metidos en una caja. Los entendidos abren la boca extasiados y sacan sus cámaras compactas del bolso para fotografiar las teles con su indefenso cachorrillo buscando la salida.

Un poco más allá una bicicleta de carreras pintada de blanco y puesta en posición vertical sobre una caja de frutas causa sensación. Un cursi con barbita, librito y gafitas en la mano glosa las virtudes de la composición. En casa yo también tengo colocada así la bici, aunque es cierto que no había pensado en pintarla de blanco, pero, vamos, eso es cosa de un par de horas de Titanlux.

Mi garaje va a terminar siendo una galería de arte contemporáneo y yo sin enterarme. A metro y medio de la bicicleta hay una silla blanca de plástico sujetando una puerta. La miro una vez, otra, una más para cerciorarme, me agacho, busco la etiqueta para saber el nombre de la obra y del autor. No hay etiqueta. Pregunto si es también una obra de arte. No, es simplemente una silla blanca de plástico sujetando una puerta.

El clavo y las sacas

Caminando entre puestos y más puestos que ofrecen a la parroquia cuadros clónicos, todos abstractos borroneados en el estilo de Antoni Tapiès, penetro en una galería lisboeta. La encargada me da precios con mucha amabilidad. Un cuadro hecho de papel mojado y prensado con forma de tronco 6.000 euros, unos garabatos 9.000 euros y así todo. Salgo echándome mano a la cartera. Sigue ahí. Tres hileras de stands más allá una galería de Vitoria me recibe con dos de las piezas estrella de la feria: el clavo y las sacas.

Me explico, el clavo es literalmente un clavo, aunque de dimensiones extraordinarias, como de metro y medio de altura que viene acompañado de una aguja de igual tamaño. La encargada, que no es lisboeta precisamente, estudia de arriba a abajo mi machadiano aliño indumentario y accede a confiarme el precio de sus incunables. El clavo referido sale por 24.000 euros (aguja incluida, qué menos). Es, efectivamente, un clavo. A su lado, sobre un pedestalillo, su complemento perfecto: tres martillos en tamaño real unidos por la cabeza. Difíciles de utilizar pero, a cambio, contenidos de precio, sólo 12.000 euros.

Dentro del stand dos sorpresas más. En la esquina cinco sacas de correos hechas en nylon llenas de cartas. Enfrente un estante tipo Ikea con tres balanzas antiguas colocadas una al lado de la otra. Dos de las balanzas son de plástico y parecen sacadas a hurtadillas de la cocina de la serie Cuéntame. La otra, en hierro forjado, es más antigua, aunque está oxidada y en un estado de conservación lamentable. Dudo que pueda pesar algo. La peculiaridad, lo que las convierte en una obra de arte, es, según me cuenta la galerista, su disposición no la materia prima. Supongo que también sumará en su haber artístico el hecho de que los indicadores de peso estén invertidos. Ya se sabe lo incorrectos y rebeldes que son estos creadores contemporáneos. Va uno a pesar y le sale el peso al revés. ¡Cuánta irreverencia!

Las balanzas parecerán poca cosa, pero es que son una auténtica ganga. 4.000 euros de nada, aproximadamente lo mismo que una Vespa. Desconozco si el estante va incluido o hay que acercarse al Ikea más cercano para comprarlo aparte. Las sacas son algo más caras, 10.000 euros y, como en la propuesta anterior, lo que se paga es el "concepto" (sic), es decir, unas sacas apoyadas en la pared. Siempre supe que los de la oficina de Correos de mi barrio eran unos artistas, pero no hasta este punto.

Como es el concepto lo que se compra no sé si, después de pagar, podrá uno llevarse las sacas en el maletero del coche. No pregunto, no vaya a ser que la que llame a la Guardia Civil sea la sufrida encargada que me afea la conducta recordándome que "antes de enviar a la gente (a ARCO) tendrían que enviarla informada de los diferentes mundos que existen en el mercado, en la industria y en todos los sitios". Propuesta aceptada, me voy.

Ferralla, portones oxidados y restos de obra

Sin reponerme aún del efecto saca, topo con otra galería, madrileña esta vez, que expone las obras de un artista austriaco. Me fijo en una de ellas, es una ferralla con forma de bola colgada del techo. El encargado, un joven con barba bien recortada y pulido aspecto, me da el precio: 7.200 euros. Si fuese un poco más grande quedaría perfecta en una rotonda. Su autor se llama Michael Kienzer y, según parece, es muy conocido, y no precisamente en su casa a las horas de comer. El hombre expone por medio mundo y algunas ciudades se rifan sus "instalaciones".

Gracias a ARCO tengo el privilegio de contemplar en persona dos obras más de este gigante. Una de ellas ocupa el centro de una de las alas del stand. Es una columna formada por rollos de cinta aislante como la que se utiliza para cerrar las cajas durante las mudanzas. La columna es alta, de unos dos metros, y provoca la admiración de los transeúntes, que la fotografían como si estuviesen ante el David de Miguel Ángel. En una de las cintas apiladas puede leerse "nicht werfen!", es decir, no menear, que un golpe y la propuesta se va directa al suelo. Y por propuesta aquí hay que entender 14.000 euros contantes y sonantes, precio final de este singular monumento, único en el mundo, a la cinta de carrocero.

En el otro extremo del stand Kienzer nos sorprende con una de sus obras maestras. Se titula "Holz, glas, aluminum" (madera, cristal, aluminio) y consiste en unos tablones de aglomerado, unas lunas y unos paneles de aluminio dispuestos en forma de L sobre el suelo y la pared. Lo descubro gracias al galerista, que me informa del precio, 30.000 euros. Al entrar pensé que se trataba de unos restos que los obreros que montaron el stand se habían dejado allí olvidados. Lo mismo debe pasar con casi todo el mundo, porque nadie le hace fotos. Una pena, si algo resume esta desconcertante feria de los horrores son esos materiales de obra apilados a la entrada del stand.

Me afano en tomarlo desde distintos ángulos con la cámara de fotos. Entonces se produce el milagro. El genio de Kienzer renace, los visitantes, avisados por el fotógrafo de prensa, empiezan a admirar una obra que, hasta un minuto antes, era un simple resto de obra. En el concurso de pedanterías que se suceden un señor con gafas de pasta se lleva el gordo diciendo a su acompañante que ambos se encuentra "ante una propuesta (sic) muy arriesgada". Y tanto. Tan arriesgada que pasa desapercibida. Un hacha este Kienzer.

Para que no se diga que los modernos no le dan importancia a la fotografía, unos cuadritos muestran la obra fotográfica de un autor alemán de los años 70. Riguroso blanco y negro, más contraste del que debería tener, pésimo encuadre, grano a raudales y el autor como motivo principal retratándose con un mono de látex con un agujero en la entrepierna. Como aficionado me cuesta entender tanto feísmo y tantos errores técnicos. Quizá el autor los buscaba, o quizá nunca supo hacer fotos y por eso decidió hacer "arte", que, además, se paga mucho mejor. "Es un autor de culto" apostilla el galerista, "de culto satánico, sí" remato ligeramente ofendido.

De regreso al pabellón 10 la última sorpresa. Sobre una mampara el portón oxidado de un Land Rover pintarrajeado y con la chapa levantada. A su lado dos capós. Uno de un Seat 127, el otro de un coche desconocido. Ambos estampados artísticamente con un churretón de pintura. El galerista mantiene una animada conversación por su iPhone. Tal vez esté hablando con el del desguace para que le envíe una nueva remesa de despojos antes de meterlos en el compactador.

Si la mañana se le da bien habrá hecho una fortuna con la puerta y los dos capós. La primera, que lleva por título "All Gold" sale por 28.000 euros, los segundos por 10.500 la unidad. No se seré yo quien diga que el pagar ese dineral por un capó de desguace es un disparate, a fin de cuentas de lo que se trata es de captar el concepto. Una vez hecho eso hay que aligerar la billetera. La propuesta seguro que lo vale.

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