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EL PASADO FRANQUISTA DE LA FAMILIA DE LA ACTIVISTA

El padre de Almeida relató en "Hoy" el asalto a la cárcel de Badajoz en 1936

En Badajoz ocurrió un suceso que de haber tenido éxito hubiera quedado registrado en las páginas más negras de nuestra Historia.

L D (Pedro de Tena) Fue el intento de asalto a la cárcel donde estaban ingresadas más de doscientas personas detenidas en virtud de la proclamación del Estado de Alarma dictado por el gobernador civil Miguel Granados. En la noche del día 5 de agosto varios cientos de milicianos armados  se dirigieron a la cárcel, situada en el antiguo Palacio de Godoy e intentaron acceder a su interior para asesinar a los prisioneros. Afortunadamente su director Miguel Pérez Blasco,  ordenó cerrar las puertas del centro y organizó la defensa en la que colaboraron algunos prisioneros de confianza y la guardia que prestaba servicio de seguridad, con lo que finalmente, debido a la resistencia encontrada y la afortunada llegada de una sección de Asalto que los puso en fuga, se pudo evitar una masacre. En el interior de la cárcel se encontraba preso Manuel Almeida Segura, padre de la que fue diputada comunista doña Cristina Almeida, que como se ha dicho, estaba detenido y que poco después se alistó en la Legión incorporándose en la Columna de la Vida, llamada también Columna Madrid, colaborando como corresponsal de guerra del Diario HOY.

En ese periódico el propio padre de Almeida escribió una crónica  que narra cómo se vivió dentro de la prisión este ataque:

“El día 5 de este mes, aproximadamente a las nueve de la noche, cuando empezábamos a cenar, sonaron los primeros tiros. No sabíamos de qué se trataba. Nos alarmamos al principio y enseguida se corrió la voz: “Quieren asaltar la cárcel” “Quieren asesinarnos a todos”. Efectivamente, así era.

Cerca de 500 milicianos, mejor sería llamarles asesinos, decidieron acabar criminalmente con los indefensos hombres que allí estábamos. Iniciaron su ataque con todo brío, haciendo enorme cantidad de disparos y se valieron, para poder conseguir sus objetivos, de toda clase de bajezas, hasta el punto de acercar a la puerta de la prisión una ambulancia de la Cruz Roja, pidiendo que se abriera la puerta para recoger a un Oficial de Prisiones que había sido herido. El momento fue de extrema gravedad. Se llegó a pensar en sacar al herido, pero pronto se descubrió la estratagema, porque desde la supuesta ambulancia partió gran cantidad de disparos.

La defensa que desde la cárcel se hizo fue verdaderamente heroica y de ella merece párrafo aparte “nuestro director”, el Jefe de la prisión don Miguel Arias que personalmente y con gran eficacia cooperó a la defensa de nuestras vidas, haciendo más de doscientos disparos. Más de dos horas duró el tiroteo y durante todo este tiempo no dejó de funcionar el teléfono, pidiendo al entonces gobernador civil el envío de fuerzas que vinieran a auxiliar a los defensores, que veían cómo se iban agotando las municiones. Con el director cooperaron, entre otros detenidos, don Alfonso García Larrubia, Cortés y David (de éstos no conozco sus nombres completos) que expusieron valientemente sus vidas para salvar las de los demás detenidos.

Momentos de intensa emoción sentimos en aquellas dos horas y, sin embargo, ni un solo instante se perdió la serenidad. A nosotros nos era imposible intentar ninguna clase de defensa y no había más que prepararse a morir como buenos cristianos.

Los sacerdotes allí detenidos (el padre Camino, don Isidro Lomba, don José María Martínez, don Inocente Grillo) fueron absolviendo a todos los detenidos.

Los de la planta alta, dirigidos por don Agustín Carande, organizador entusiasta y Jefe de todos los detenidos, organizaron, en lo que podían, la defensa que afortunadamente no fue preciso utilizar.

Al cabo de dos horas llegó una Sección de guardias de Asalto, al mando del guardia Cienfuegos que hizo huir despavoridamente a los cobardes milicianos que nos querían asesinar”.

*Esto ha sido publicado íntegramente en el blog de Francisco Pilo, autor de varios libros sobre la Guerra Civil en Badajoz.

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