Si la historia del cine es la historia de los rostros que han ido tatuando las pantallas cinematográficas, Paul Newman ocupa un fotograma de oro. O varios. Porque a su belleza pluscuamperfecta de Adonis que sustituyó a
James Dean, cuando éste falleció, en
Marcado por el odio, sucedió la serenidad madura de
El golpe y la dignidad de las arrugas en la portentosa y conmovedora
Veredicto final.
Como los grandes vinos Newman mejoró con el tiempo. Aunque en sus inicios aún estaba agarrotado por los tics aprendidos en el
Actor's Studio, poco a poco se fue desembarazando hasta alcanzar una economía gestual y una eficiencia interpretativa a la par de la de los más grandes.
Lamentablemente su
carrera como director cinematográfico no fue pródiga en cantidad, pero sí en calidad. Pequeños y humildes retratos de dramas provincianos,
Harry e hijo o
El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas, muestran de manera diáfana el talante humanista de un hombre de dimensión renacentista.
El mejor modo de homenajearlo es montarse una sesión doble en casa con las dos cúspides de su carrera:
El buscavidas y
El color del dinero, el díptico sobre el pícaro americano
Fast Felson, que se tendrá que
enfrentar, en un arco temporal de veinticinco años, a la elegancia olímpica de
Jackie Gleason y la ambición posmoderna de
Tom Cruise, su sucesor natural en la melodía encadenada de estrellas que hoy suena con acordes de réquiem en la muerte de un gran actor, una gran figura y un gran hombre.
Santiago Navajas es profesor de filosofía y editor del blog Cine y política.