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Noticia publicada el 02-06-2007
Sr. Marina, sus declaraciones me han sorprendido desagradablemente y sus opiniones sobre Educación para la Ciudadanía me han llevado al triste convencimiento de que el hecho de haber sido usted el encargado de preparar el material que “eduque” a nuestros niños y jóvenes le ha llevado a la pendiente del “todo vale” cuando la notoriedad y el materialismo se cruzan en el camino.
Mi hija, leyendo los manuales publicados, imaginó a sus primos y sobrinos con semejante tratado en las manos y se horrorizó. Porque Blanca ha sido educada en valores, pero los de verdad: esfuerzo, honestidad, respeto por el otro, sacrificio y una moral que, por lo que veo, a algunos les falta.
Mi hija, ésa de la que usted dice que no tiene capacidad jurídica para declararse objetora de conciencia, si tuviera la mala fortuna de cometer un error algún día, tendría derecho a presentarse en un centro de salud y pedir la píldora el día después y se la darían sin que ni siquiera yo me enterara. ¿Me puede usted explicar, Sr. Marina, qué incapacidad jurídica es ésa para unas cosas y la otra “capacidad” para otras?.
Seamos serios. Ésa asignatura no es, en mi opinión, un medio para educar en nada sino claramente perversión de menores. Los niños más pequeños que empezarán con ése temario aprenderán a “conocer su cuerpo” y el de sus compañeros… También tendrán que olvidarse de su raíz cristiana para recibir nada a cambio.
La educación moral de mi hija es asunto mío y, por lo que toda España está pudiendo ver, no parece que vaya mal encaminada.
Mi hija tiene una recta conciencia que ha sido formada en casa y no le hace ninguna falta que el Estado se meta en asuntos que sólo a la familia competen, máxime cuando está demostrado que sabe exponer sus ideas con madurez, claridad y coherencia.
Blanca sí está capacitada para negarse legítimamente a cumplir con un mandato gubernamental que entra frontalmente en conflicto con su formación y su conciencia. Esto no es una desobediencia a la Ley, sino el ejercicio de un derecho amparado por la propia Constitución y reconocido como tal por la jurisprudencia del Tribunal Constitucional.
Sé, Sr. Marina, que los hijos son un don y un préstamo. Que Dios nos los da para que les formemos y enseñemos a caminar por la vida con recta conciencia. En ello empleamos los padres todas nuestra energías y mejor saber y entender sin que eso quiera decir que, con el paso del tiempo y haciendo uso de su libre albedrío, cambien y decidan un camino distinto. Si eso ocurriera nuestra conciencia seguiría tranquila y nuestro trabajo bien hecho.
Le ruego por tanto, Sr. Marina, se abstenga en el futuro de juzgar cómo educamos los padres a nuestros hijos. Usted debería saber como educador, que ésa labor comporta una dedicación de 24 horas al día, durante los 365 días del año y durante muchos, muchísimos años. Y como madre de Blanca me considero agraviada con sus comentarios.
Atentamente
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