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MISA ESTE DOMINGO EN LA ENTRADA

Valle de los caídos: cerrado por orden gubernativa

Entrar en el Valle de los Caídos es misión imposible. Un control de acceso impide la entrada a todo el que no tenga reserva en la hospedería o una cita en el monasterio. El conjunto monumental esta cerrado desde hace un año y las misas se hacen el bosque de la entrada. 

FERNANDO DÍAZ VILLANUEVA

El Valle de los Caídos, un monumento dedicado a los que murieron en la Guerra Civil situado en los lindes de las provincias de Madrid, Ávila y Segovia, lleva algo más de treinta años viviendo al margen del mundo. Sólo es –o era– noticia, y no demasiado importante, los 20-N, cuando pequeños grupos de falangistas subían en autobuses desde la capital para rendir honores a José Antonio Primo de Rivera y a Francisco Franco, enterrados ambos junto al altar mayor de la basílica.

El resto del año era un simple reclamo turístico de la zona. Situado a 10 kilómetros del monasterio de San Lorenzo de El Escorial, fue durante mucho tiempo uno de los monumentos más visitados de todos los que gestiona Patrimonio Nacional, organismo del que depende desde que se terminó a finales de los años 50. Tuvo su momento de gloria al morir Franco, en noviembre de 1975, luego se convirtió en monumento de ciclópeas dimensiones abrigado por una naturaleza privilegiada y en meca de nostálgicos del régimen franquista.

En sus mejores tiempos el Valle de los Caídos contaba con concurridos restaurantes, bares, tiendas de recuerdos, un funicular (el único de la Comunidad de Madrid), una basílica cavada en la roca, una hospedería, una escolanía para niños cantores y una abadía benedictina que custodia la basílica subterránea en torno a la cual fue levantado todo el conjunto. Hoy sólo queda el monasterio, la escolanía y la hospedería adjunta, que sobreviven a duras penas la ofensiva anti valle de los caídos del actual Gobierno.

Un año de cierre

Los problemas empezaron según el padre benedictino Santiago Cantera, uno de los 22 monjes que viven en la abadía, "hace cosa de un año, cuando se llevó a cabo una limpieza de la cúpula". Efectivamente, hace 11 años, en abril de 1999, los GRAPO atentaron contra la basílica dañando el órgano, los bancos y la cúpula, situados todos en el crucero, a pocos metros de la tumba de Franco. Se reparó lo que se pudo pero la cúpula, impregnada de humo, quedó pendiente de una limpieza en profundidad. La cúpula está formada por cinco millones de teselas que forman un mosaico en el que se escenifica la subida al cielo de los caídos españoles. Un tema, por lo demás, muy acorde con el monumento.

La obras de rehabilitación de la cúpula duraron unos días y fueron financiadas por particulares mediante una colecta. El Gobierno dio, a través de Patrimonio Nacional, su consentimiento e incluso supervisó la restauración. Durante aquellos días la basílica permaneció cerrada al culto por motivos obvios, luego los monjes pidieron a Patrimonio que se reabriese la basílica y aquí fue realmente donde comenzó todo.

La comunidad benedictina quiso seguir con las obras de rehabilitación de otras partes del conjunto que acusaban el paso del tiempo. No pidió nada de dinero al Gobierno, simplemente el permiso. Les fue denegado. Desde Madrid se les advirtió que la basílica iba a continuar cerrada y que serían ellos los encargados de llevar a cabo esas obras. Al tiempo, ya concluidas las obras de la cúpula, se les acusó de haber hecho un "acto de exaltación franquista". "Se habían destapado las banderas que aparecen en una parte reducida del mosaico. Esas banderas se veían antes, quedaron más brillantes sí, pero como el resto del conjunto", asegura Cantera.

A partir de aquel momento el Valle de los Caídos se convirtió en un lugar fantasma. Sólo se permitió la entrada de fieles por las mañanas para la misa de 11, luego todos debían abandonar el recinto. Los monjes, confiados de naturaleza, transigieron con la esperanza puesta en que de verdad se realizasen la obras que el Valle llevaba reclamando desde hacía años.

La restauración de la Piedad, coartada perfecta

Pero no, dos meses después el Gobierno dio un nuevo giro de tuerca. Avisó que el Valle corría el riesgo de nuevos atentados terroristas y que, además, había que restaurar urgentemente la Piedad, un gigantesco conjunto escultórico situado en la entrada principal. Patrimonio había encontrado la coartada perfecta para mantener el Valle cerrado a cal y canto. Los monjes, resignados, pidieron que se pudiera seguir accediendo a la basílica a través de la puerta trasera, la que se encuentra a espaldas de la cruz entre el monasterio y la escolanía.

Patrimonio accedió y dieron comienzo las obras de restauración de la Piedad. Pronto pudo comprobarse que la intervención "iba a dañar la imagen, no a salvarla por la forma en que estaba construida", apunta Cantera, hasta que, visto el desaguisado, el Padre Abad pidió que se detuviese la obra antes de que terminasen de demolerla por completo. Con la llegada del verano la situación había quedado en ese punto muerto. El Valle estaba cerrado para todo excepto para las misas matinales, cuyos asistentes tenían que acceder por la parte de atrás tras cruzar una galería y bajar en un ascensor, un acceso, en definitiva, que se concibió para uso de la comunidad benedictina, no de los fieles.

Misa al aire libre

"Hace unos días llegó una orden de la Delegación del Gobierno en Madrid, que la comunidad (benedictina) no tuvo conocimiento de ella, en la que se ordenaba a los responsables de la puerta, a la Guardia Civil, que impidieran el acceso a las personas que venían, que podían asistir libremente a Misa como hasta entonces, ya no podían pasar aunque dijeran que venían a Misa salvo que tuvieran un salvoconducto, un pase o algún aviso por parte de la comunidad" cuenta Cantera. Esto ocurrió el 3 de noviembre, y parecida historia volvería a repetirse el 6 y el 7 de noviembre. "Nos dimos entonces cuenta que esto estaba ya completamente cerrado, y por orden gubernativa"

Esta última fecha, un grupo de monjes, cuya paciencia se había agotado, cogieron un altar portátil y se dirigieron valle abajo por la carretera hasta la entrada principal. Una vez fuera del conjunto, en uno de los bosquecillos de robles y encinas que flanquean la puerta, organizaron una improvisada Misa al aire libre entre los árboles a la que asistieron unos 250 fieles.

"Tu sabrás donde te metes"

Durante la semana posterior a la Misa el Valle ha permanecido clausurado "excepto servicios" tal y como se puede leer por triplicado y en dos idiomas a la entrada del recinto. Sólo se puede entrar si se sube a la hospedería, antes de eso hay que dar la filiación en la garita y allí comprueban que, efectivamente, hay una reserva a ese nombre. El otro modo de acceder es concertar una cita con uno de los monjes o ir a recoger a uno de los 38 niños que cursan sus estudios de primaria en la Escolanía de la Santa Cruz. Intentarlo de cualquier otra manera es imposible. El Valle está perfectamente delimitado por vallas, vigilado las 24 horas y la boscosa orografía del lugar no invita a demasiadas aventuras.

Una vez dentro (si se cumplen los supuestos anteriores) sólo se puede ir a la zona trasera, la del monasterio. El acceso a la basílica y el área turística esta cerrado. Internarse allí sin permiso es garantía de "detención, multa y a lo peor te quitan la cámara" me confiesa un empleado de mantenimiento del Valle, "tu sabrás donde te metes", advierte sentencioso.

Los benedictinos del Valle de los Caídos, que no son monjes de clausura, se encuentran, por lo tanto, ante un encierro involuntario e indeseado. "Hace unos días no dejaron pasar a un benedictino francés que venía de visita", cuenta Santiago Cantera, "tuvimos que bajar a recogerle a la entrada para que pudiese pasar el control". El propio Cantera teme que el día menos pensado salga a hacer alguna gestión a Villalba o a Madrid y no pueda volver a la abadía después.

Pero los monjes no piensan darse por vencidos. Sabiendo donde se meten, este domingo hay Misa de nuevo, y se presume multitudinaria. Si los fieles pueden subir se celebrará arriba, en la basilica, como ha venido sucediendo todos los días durante cincuenta años. Si no se puede "la celebraremos abajo como el domingo pasado" prosigue Cantera convencido de que, "en los tiempos de persecución la fe siempre sale beneficiada".

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