Conmemorar a Miguel Ángel Blanco despierta amargura e inquietud.
Amargura, al constatar cómo se han trastocado, en tan poco
tiempo, los principios que sirvieron para acorralar a los terroristas
y ponerlos al borde de la derrota. Una fatal amnesia ha borrado, en
dos años, todo lo que vivimos en aquellos dos días terribles
de julio de 1997. La historia de estos nueve años es la del
crecimiento y traición de una esperanza. Produce amargura descubrir
lo pronto que se puede echar tierra sobre una política de dignidad,
firmeza democrática y memoria, que tanto éxito ha dado
en la lucha por la libertad y contra el terrorismo.
Inquietud, por las consecuencias de la traición que, desde
el Gobierno de España, se ha perpetrado contra la voluntad
de los españoles expresada en la Constitución de 1978.
Está en marcha una Segunda Transición protagonizada
por ETA, se le ha impuesto unilateralmente a los españoles,
y no sabemos a dónde conduce, sólo sabemos que a ninguna
forma de vida que pueda llamarse democrática.
Frente a los hechos consumados de los pactos de Perpiñán
y el Tinell, el inconstitucional Estatuto de Cataluña o la
negociación política en marcha con ETA para la autodeterminación
del País Vasco y la anexión de Navarra, la única
respuesta posible está en la fortaleza moral de las víctimas.
El proceso de rendición abierto por el Gobierno es incompatible
con ellas. Supone entregar el poder a sus verdugos, a través
de la autodeterminación. Significa que las víctimas
serán aún más víctimas, no sólo
de los terroristas, sino también del Gobierno.
El juicio a los asesinos de Miguel Ángel Blanco ha demostrado
que los terroristas no tienen ninguna intención de pedir
perdón ni renuncian a sus objetivos políticos. La
bestia está crecida. Sabe que está ganando la batalla,
cuando lo cierto es que hace dos años estaba al borde de
la derrota.
La sociedad tiene que entender que esa fortaleza de los verdugos
es el resultado de una política concreta de rendición
que busca entregar la democracia a sus enemigos y fundar un nuevo
régimen sobre los escombros de la soberanía de los
españoles. Necesitamos que la gente de bien haga el mayor
esfuerzo para explicar a su alrededor lo que está pasando,
mientras el Gobierno y sus compañeros de viaje hacen todo
lo posible por que la sociedad duerma y olvide. Entender la razón
por la que Miguel Ángel Blanco y todas las víctimas
del terrorismo han dado su vida es la mejor forma imprimir un impulso
regeneracionista a nuestro país. Esa razón se llama
"libertad". Hoy es un buen día para recordarlo.
Jaime Mayor Oreja es presidente del Grupo Popular Europeo
y era ministro del Interior en 1997