Rugía España en el verano del 97. El secuestro de un
joven español a manos de la mafia etarra despertó del
letargo a una Nación dormida que, con una indignación
demasiado encauzada, ya se venía manifestando contra los asesinos
de centenares de españoles. Pero el 10, 11 y 12 de julio de
aquel año la conciencia somnolienta se despabiló, el
aguijonazo brutal puso en pie de guerra a los españoles contra
una banda de sicarios despiadada que -a cámara lenta- secuestró,
maniató, amordazó y disparó en la nuca a Miguel
Ángel Blanco, el hijo de todas la madres españolas,
el novio de todas las novias, el amigo de todos, el compañero
de trabajo de cualquiera de nosotros.
Tuvo que ser el asesinato de un jovencísimo concejal del
PP, hijo de una familia modesta de origen gallego - como tantos
vascos, como yo mismo- , aficionado a la música como miles
de jóvenes, lo que metamorfoseó ese tradicional rechazo
institucionalizado, silencioso, moderado, comedido e inútil
convirtiéndolo en una repugnancia sin límites hacia
los asesinos, en un indignación desbordada, pura, auténtica,
humana, santa. Ese rechazo sin control hacia los asesinos - y hacia
sus ilegítimas pretensiones de despedazar nuestra Patria-
asustó a aquellos que históricamente se habían
beneficiado de los crímenes horrendos cometidos por los que
aspiraban a romper la unidad de la Nación Española
rompiendo las nucas de los españoles. Y ese miedo atroz del
PNV, ese vértigo incontrolable de los recoge-nueces nacionalistas
ante una sociedad que comenzaba a rechazar ese rentable nacionalismo
asesino, engendró - ya en aquellos días de julio-
una criatura que vio la luz con el ignominioso Pacto de Estella,
en el que PNV, EA y Llamazares, -el adelantado de Zapatero-, de
acuerdo con la mafia, desafiaron a España a la desesperada.
Pero un Gobierno de España decente - y sobre todo Aznar
y Mayor Oreja- supo dar la respuesta a esa ofensiva e interpretar
el espíritu de Ermua a la perfección: Batasuna era
ETA, Batasuna había de ser ilegal, y lo fue.
Hoy sabemos - han pasado nueve años desde aquel crimen que
desencadenó la bendita ilegalidad de Batasuna- que el espíritu
de Ermua disgustó a muchos, no solo a los nacionalistas,
porque no era un espíritu de secta, porque era incontrolable,
porque representaba a la verdadera democracia participativa del
pueblo español y porque era un espíritu nacional,
integrador, que disgustaba profundamente a las sectas territoriales
y élites directoras que gustan de conducir a los pueblos
a su antojo.
Han tardado nueve años, y algunos de los que regalaban los
oídos del confiado pueblo con falsas palabras sobre su pura
movilización, su valentía, y su cristalino mensaje,
se conjuraron para, mientras anunciaban una cosa, hacer la contraria.
Así, al proponer pactos antiterroristas pensaban en realidad
en cómo desactivar esa alma que, en Ermua, recobró
vida el cuerpo de España. Y cuando proponían la ilegalidad
de Batasuna, a su vez iniciaban negociaciones con ETA. Hoy se han
acabado las mascaradas; Rodríguez Zapatero y Patxi López
han consumado la traición a los españoles, a los vivos
- el pueblo- y a los muertos - la Nación. Y a muchos socialistas
que así lo entienden. ¡ Traidores!, les ha gritado
con justicia celeste la socialista Pilar Ruiz.
Este 12 de julio - noveno aniversario del asesinato de Miguel Ángel
Blanco y de aquel rugido fantástico de España entera
en defensa de su libertad y de su unidad- en nuestras calles y plazas
podemos demostrar otra vez que el pueblo español ha sobrevivido
siempre a las sectas que lo han traicionado.
Santiago Abascal es presidente de la Fundación
para la defensa de la Nación Española y parlamentario
Vasco