Muy pertinentes los artículos que hoy publican C. Toledo y Manuel Marraco en El Mundo, comparando el diferente destino dado al convoy del metro de Valencia que sufrió un accidente en julio de 2006 y a los trenes atacados el 11-M.
Mientras que el convoy del metro de Valencia se ha conservado hasta realizar todas las pruebas necesarias y sólo se ha autorizado su destrucción después de que el caso haya sido sobreseído, los trenes del 11-M comenzaron a ser desguazados 48 horas después de la masacre, sin que ni los abogados defensores, ni (lo que es todavía peor) los abogados de las acusaciones tuvieran, por tanto, la más mínima posibilidad de solicitar la realización de diligencias de prueba.
Dudo mucho de que pueda haber alguien que sostenga de buena fe que aquella destrucción de los trenes del 11-M fue una simple negligencia. Una mínima dosis de sentido común obliga a contemplar como hipótesis más probable la de que los trenes del 11-M fueron desguazados precisamente para que no pudieran realizarse diligencias posteriores de investigación con los restos y para poder sustituir a voluntad las pruebas directas por otras pruebas aparecidas fuera de los trenes.
No debemos olvidar, asimismo, que los trenes no fueron lo único destruido. Centenares de prendas y objetos personales de las víctimas fueron incinerados en el vertedero de Valdemingómez, con autorización escrita del juez Del Olmo, unas semanas después del atentado. Numerosos restos electrónicos fueron convertidos en polvo en una trituradora de residuos, de nuevo con la autorización del juez Del Olmo, por las mismas fechas.
Y los miembros de la Policía encargados de inspeccionar los vagones explotados recogieron una cantidad ingente de muestras de cuyo destino nadie nos ha informado. ¿Dónde están esas muestras que la jefa del laboratorio de los Tedax dijo que se cribaron cuidadosamente desde la propia mañana del 11-M? ¿Se destruyeron también? ¿Dónde están los restos que los Tedax declararon ante el juez Del Olmo haber recogido en varios de los escenarios de explosión? ¿Se enviaron a alguna trituradora? ¿Dónde están las torundas con los frotis que sin ninguna duda se hicieron en los focos de explosión? ¿Tal vez en algún cubo de basura?
¿De verdad hay alguien que piense de buena fe que aquel escamoteo masivo no fue intencionado? Lo dudo mucho.
Sería de agradecer un desmentido por parte de los entonces responsables del Ministerio de Interior. O una aclaración de los motivos por los cuales esa trama gozaba de una aparente protección. Más que nada, para saber a qué atenernos y terminar de dilucidar si la cometa voló fuera de control, si no hay nada raro en el asunto o si toda la historia no tiene nada que ver con el 11-M y no ha sido, en realidad, más que una habil maniobra de coerción para forzar al PP a un silencio injustificado y autodestructivo.En el año 2001, muchos policías de la comisaría de Gijón –según han contado ellos mismos a este periódico– se dieron cuenta de que allí había algo raro. Los pillaron en una operación rutinaria contra el narcotráfico gallego y sus ramificaciones asturianas, con abundante droga y con 16 cartuchos de dinamita, en bastante mal estado. El material estaba dentro de un vehículo en un garaje alquilado por Toro. Pero, a pesar de que se dictó un mandato judicial, no se registró su domicilio.
La orden venía directamente de Madrid. Jesús de laMorena, el comisario general de Información, llamó a Juan Carretero, responsable de la Policía en Asturias, para decirle que había tenido una llamada de Pedro Morenés, el subsecretario del Interior, en aquel momento a las órdenes de Mariano Rajoy como ministro del
Interior. La obediencia en la cadena de mando no se rompió. La dinamita quedó apartada del caso y ni Toro ni Trashorras fueron imputados por tráfico de explosivos.
Fue años más tarde, tras el 11-M, cuando se añadieron estos cargos que provocaron una condena a ocho años de prisión, ratificada por el Tribunal Supremo precisamente el día anterior a que se conociera la sentencia definitiva del 11-M.
Invitaba ayer Pedro J. Ramírez en su carta dominical a contemplar algunos de los aspectos del 11-M a la luz de la historia narrada en la película Call Northside 777, en la que James Stewart interpreta a un periodista del Chicago Times que consigue que se revoque la condena de un polaco injustamente acusado del asesinato de un policía, y a quien se envió a la cárcel basándose, exclusivamente, en el testimonio manipulado de un testigo ocular.
Como recuerda el artículo, esa película está basada en un hecho real: la condena de dos inmigrantes polacos a raíz del asesinato del oficial de policía William Lundy, ocurrido el 9 de diciembre de 1932.
Como responsables de aquel asesinato, se detuvo a dos inmigrantes, Joseph Majczek, de 24 años, y Theodore Marcinkiewicz, de 25. Ambos fueron condenados en 1933 basándose en el reconocimiento ocular realizado por Vera Walush, empleada de la tienda donde el policía había sido acribillado. El Tribunal Supremo ratificó la condena en 1935.
Diez años después de los hechos, el 10 de octubre de 1944, la madre de Joseph Majczek insertó un anuncio en el Chicago Times ofreciendo una recompensa de 5.000 dólares de la época a aquella persona que pudiera aportar datos acerca del verdadero asesino del oficial de policía Lundy. Convencida de la inocencia de su hijo, había estado fregando escaleras seis noches a la semana hasta conseguir ahorrar aquella importante cifra.
Y ahí es donde comienza el argumento de la película, en el momento en que un reportero del Chicago Times lee aquel anuncio y decide contar la historia de aquella mujer. Y fue al meterse a analizar los detalles del caso cuando ese reportero llegó al convencimiento de que, efectivamente, Joseph Majczek era inocente y de que su condena se había conseguido manipulando al que parecía ser el único testigo del asesinato. El Chicago Times emprendió una investigación por su cuenta y logró demostrar la inocencia de aquel polaco, que vio su condena revocada el 15 de agosto de 1945, después de haber pasado 12 años en prisión.
La película se centra en los aspectos "heroicos" del caso: la abnegada madre que lucha sin tregua para demostrar la inocencia de su hijo, el director de periódico que emprende una campaña para que se excarcele a un inocente, el periodista capaz de investigar lo que los poderes públicos no habían investigado... Una historia típica de Hollywood, con personajes animados por las más nobles intenciones y un mensaje moralizante: la tenacidad rinde sus frutos y la inocencia termina brillando.
Pero la historia real en que la película está basada pone un contrapunto sórdido a ese heroísmo angelical. Porque los detalles de cómo fueron condenados Majczek y Marcinkiewicz revelan la cara oculta de un sistema judicial que descansa, como no puede ser de otra manera, sobre la presunción de veracidad y de honestidad de los servidores públicos. Y podemos atribuir a "los límites de la condición humana" (en palabras del ponente de la sentencia de casación del 11-M) de esos servidores públicos la responsabilidad última de buena parte de los errores judiciales.
Al acudir a la historia real del caso, se revelan posibles paralelismos con el 11-M mucho más sugerentes, quizá, que los que en la película se narran.
Así, repasando la historia, podemos ver que el oficial de policía Lundy fue asesinado por dos personas en la tienda regentada por Vera Walush el 9 de diciembre de 1932. Inicialmente, aquella testigo declaró que no tenía ni idea de quiénes podían ser los asesinos. Pero aquella semana había habido otros cinco asesinatos en Chicago y la ciudad iba a ser, unos meses después, la sede de la Exposición Universal de 1933, así que una delegación de empresarios había exigido al alcalde Anton Cermak que no permitiera que la imagen de la ciudad se viera afectada, para no ahuyentar a la inmensa masa de turistas que se preveía que iban a acudir a la Exposición. Así que el alcalde declaró una "guerra contra el crimen" y la policía se vio presionada para obtener resultados.
De ese modo, aquella testigo que inicialmente había dicho no tener ni idea de la identidad de los asesinos, terminó retractándose unas horas después y diciendo que uno de los asesinos podía ser un tal Ted, que vivía en las proximidades. Con ese testimonio, la Policía determinó que uno de los asesinos era Theodore Marcinkiewicz y, al no poderle encontrar, el 22 de diciembre arrestó a su amigo Joseph Majczek.
En las ruedas de reconocimiento efectuadas el 22 de diciembre, Vera Walush no reconoció a Joseph Majczek, pero la tienda que Vera Walush regentaba era, en realidad, un garito donde se servía ilegalmente alcohol, así que amenazaron a Vera con meterla en la cárcel si no colaboraba a la hora de inculpar a los dos sospechosos. Al día siguiente, Vera identificó a Majczek en una nueva rueda de reconocimiento. Un mes después, cuando Theodore Marcinkiewicz fue arrestado, Vera Walush le reconoció también.
Para no dejar rastro de los reconocimientos fallidos, la Policía falsificó la fecha de la detención de Majczek, y en los informes oficiales se incluyó como fecha de detención el 23 de diciembre.
Durante el juicio, dos familiares de Majczek y un repartidor del barrio declararon que Majczek estaba en casa a la hora del crimen. Otros seis testigos situaban también a Marcinkiewicz en lugares que hacían imposible que hubiera estado en la tienda de Vera Walush a la hora en que Lundy fue asesinado.
Pero todo dio igual. El reconocimiento ocular efectuado por Vera Walush fue admitido y los dos hombres fueron condenados a cadena perpetua.
En realidad, el juez de instancia, Charles Molthrop, sabía positivamente que los dos hombres eran inocentes, porque había un segundo testigo del crimen, un camionero llamado James Zagata, que le dijo personalmente que estaba seguro de que los asesinos no eran ni Majczek, ni Marcinkiewicz. Pero la Fiscalía amenazó al juez con acabar con su carrera política si declaraba inocentes a los dos sospechosos. Así que a lo máximo que se atrevió el juez fue a no condenarles a muerte, que era lo que en realidad hubiera correspondido legalmente. El propio juez Mothrop le dijo a Majczek, antes de mandarle a la cárcel, que intentaría que tuviera un nuevo juicio, pero Molthrop murió el mismo año en que el Tribunal Supremo confirmó la condena de Majczek.
A raíz de la campaña iniciada por el Chicago Times, y teniendo en cuenta las pruebas de manipulación aportadas por el periódico, la condena de Majczek fue revocada el 15 de agosto de 1945 por el Gobernador del Estado. Sin embargo, nadie había hecho campaña para liberar a su amigo Marcinkiewicz, así que éste continuó en prisión. Cuatro años después, en 1949, el Gobernador le ofreció a Marcinkiewicz... conmutarle la cadena perpetua por una condena de setenta y cinco años. Marcinkiewicz le sugirió amablemente que se metiera la oferta por donde le cupiera. Finalmente, al año siguiente, después de pasar 17 años en prisión por un crimen que no había cometido, la condena de Marcinkiewicz fue también revocada.
Para terminar esta lección de miserias humanas, recalquemos que esas dos personas a quienes se había condenado injustamente terminaron siendo liberadas. Pero los verdaderos asesinos del oficial de policía William Lundy nunca fueron encontrados, ni recibieron su castigo. Por la sencilla razón de que tampoco hubo nadie dispuesto a hacer campaña para que se identificara a los verdaderos asesinos y para que éstos pagaran por lo que hicieron.
Porque, en realidad, la condena de un inocente es algo terrible en sí mismo. Pero mucho más terrible que esa injusticia es el hecho de que la condena del inocente sirve, ante todo, para que el verdadero culpable no sea condenado.
Como hemos visto en los hilos anteriores de esta serie, las incongruencias de fechas en la historia oficial de Jamal Ahmidan son numerosísimas. Pero vamos a fijarnos ahora en algo de lo poco que sí parece estar claro en cuanto a las actividades de ese marroquí previas al atentado: concretamente, vamos a repasar lo que Jamal Ahmidan hizo en la mañana del 5 de marzo.
Hace algunos meses, hablábamos de cómo, según los datos telefónicos disponibles, Jamal Ahmidan consultó el saldo una serie de tarjetas de Amena entre las 11:33 y las 11:46 de la mañana de aquel 5 de marzo de 2004. Cuando efectuó esas consultas de saldo, Jamal se encontraba bajo la cobertura del repetidor de la C/ Embajadores 35. Recomiendo leer primero aquel hilo antes de continuar con éste.
La historia, por tanto, parece ser la siguiente: Jamal Ahmidan acudió a algún comercio de la zona (¿tal vez la tienda de Zougham?), compró una serie de tarjetas telefónicas y, antes de salir de la tienda, o poco después de hacerlo, consultó el saldo de todas o de algunas de las tarjetas que acababa de comprar, para comprobar que no le habían timado. No debía de fiarse mucho de quien le había vendido las tarjetas
Parece una historia medianamente coherente, a la luz de la versión oficial de los atentados. Lo que no se entiende, entonces, es por qué los informes policiales no hacen ni la más mínima mención a ese comportamiento de Jamal en la mañana del 5 de marzo, que avalaría toda la historia de la compra de tarjetas en el locutorio de Zougham.
Como tampoco se entiende por qué la Policía despreció un dato que no ha sido incluido en el sumario y que corroboraría la presencia de Jamal Ahmidan en Lavapiés a aquellas horas. El dato es el siguiente: aquel día 5 de marzo de 2004, a las 11:59 de la mañana (poco tiempo después, por tanto, de que Jamal comprara y probara las tarjetas), el coche de la suegra de Jamal Ahmidan fue multado en la C/ Provisiones, muy cerquita del locutorio de Zougham y del domicilio de Mohamed Bakkali. En los boletines oficiales, esa multa consta como tramitada el 22 de marzo de 2004, aunque la fecha de la infracción es el 5 de marzo.
Según la versión oficial, era Jamal Ahmidan quien conducía siempre aquel Opel Astra con matrícula M-4518-OZ propiedad de su suegra, así que ¿qué mejor indicio de que este marroquí sería quien habría adquirido varias de las tarjetas telefónicas empleadas por la trama?
Entonces, ¿por qué nadie tuvo en cuenta ese dato? ¿Es que no consultaron el historial de sanciones del coche? ¿O es que hay algún gato encerrado detrás de esa multa, que aconsejó pasar sobre ese dato de puntillas?
P.D.: Gracias a nuestro contertulio Zerros por ponernos sobre la pista.
P.D. 2: Algunos contertulios tratan de centrar los análisis sobre Jamal Ahmidan en el tema de si ese marroquí, y los restantes de Leganés, participaron o no en la masacre del 11-M. Me parece un debate interesante, pero las investigaciones acerca de la historia de Jamal Ahmidan que estamos haciendo en esta serie de hilos no tienen nada que ver con ese debate.
Independientemente de si Jamal Ahmidan puso las bombas de los trenes o no, lo que nos han contado acerca de Jamal tiene bastante de falso, y ése es el objetivo de esta serie: determinar cuáles aspectos de la historia son verdad y cuáles son inventados. Por ejemplo: parece que es falso que Jamal se encontrara en Asturias con Trashorras y El Gitanillo. Al igual que es falso que Jamal se pasara dos años y medio en la cárcel de Marruecos.
Incluso para aquellos que estén convencidos de que Jamal Ahmidan puso las bombas de los trenes, conocer qué hay de falso en la historia de Jamal les resultará útil para tratar de determinar quién estaba realmente detrás de ese marroquí.
Es más, por lo que respecta a la pregunta de si Jamal puso las bombas de los trenes, cuantos más datos reales tengamos acerca de Jamal y de sus actividades previas al 11-M, en mejores condiciones estaremos para tratar de responder a esa pregunta. Así que no se me ocurre ninguna razón por la que alguien pudiera no desear averiguar en qué nos han mentido acerca de Jamal.
Para ver hasta qué punto ha constituido un terremoto la sentencia del Supremo no hay más que analizar la cobertura que los distintos medios de comunicación han dado al asunto. Mientras que los medios que llevan cuatro años defendiendo la versión oficial de los atentados han pasado de puntillas sobre el tema, como si la piedra de molino estuviera ya al rojo vivo y les quemara en las manos, los medios que llevan cuatro años tratando de investigar qué fue lo que en realidad pasó se recrean en la suerte, entre sorprendidos y complacidos, viendo cómo el Tribunal Supremo ha llegado mucho más allá de lo que nadie hubiera esperado hace una semana.
La exclusión explícita de Al Qaeda como responsable del atentado, la contundente desaparición de la única célula puramente islamista (la de la C/ Virgen del Coro) de la trama, la sutil forma con la que el Tribunal Supremo desbarata la atribución de la autoría material a los siete muertos de Leganés, el reforzamiento de la responsabilidad del grupo de confidentes, la confirmación de que no se conocen los autores intelectuales del 11-M, las críticas a la destrucción de las pruebas de cargo... todo ello supone un duro varapalo para quienes han estado intentando adormecer a la sociedad española con el objetivo de que no preguntara por la mayor masacre terrorista de la historia de Europa.
Y supone una confirmación para quienes, desde un pequeño puñado de medios, han estado tratando de desbrozar la maraña de pruebas falsas, de cortinas de humo, de intoxicaciones, con las que se pretendió sepultar las migajas de verdad bajo una montaña de basura, de ruido y de consignas.
No ha ido el Tribunal Supremo tan lejos como nos hubiera gustado. Ha dado por buenos errores garrafales del relato de los hechos realizado por la Audiencia Nacional, como por ejemplo el de que la presencia de nitroglicerina en las muestras de los trenes puede deberse a la utilización de una cantidad indeterminada de Goma2-EC, cuando en el propio juicio quedó acreditado que la Goma2-EC no lleva nitroglicerina desde 12 años antes de que sucediera el 11-M. Pero si alguien me hubiera dicho hace una semana que el Supremo iba a llegar hasta donde ha llegado a la hora de desmontar partes fundamentales de la gran patraña, le habría recomendado que dejara la bebida.
Al final, lo que queda de la versión oficial es un esqueleto tan endeble que poco pueden hacer para sostenerlo en pie aquéllos que, habiendo creído de buena fe en esa versión, intentan aplicar la lógica para encontrarle algún sentido. Basta con hacerse, como sugiere Emilio Campmany en su artículo, una breve serie de preguntas para darse cuenta de cómo lo poco que resta de ese armazón lógico que comenzó a construir Del Olmo una aciaga mañana del mes de marzo de 2004, está hendido por el rayo y en su mitad podrido, mientras que la otra mitad es pasto de la carcoma.
Con todo, quizá lo más importante de la sentencia sea que ha forzado a todo el mundo a desprenderse de las máscaras. Que el Gobierno se decidiera por recurrir a cuatro tópicos y tres palabras huecas para despachar el asunto, entraba dentro de lo previsible. Que Gallardón asumiera el mismo discurso de sus señoritos, a nadie le debe escandalizar. Quizá más sorprendente es que el neo-PP haya optado por ponerse primero de perfil y luego por avalar, con mayor descaro si cabe, la no-instrucción y no-investigación realizada a lo largo de estos años.
Dice Pío García Escudero que "Hoy por hoy, no hay nada más que investigar sobre el 11-M". Entonces, si esto es así, cabría reclamarle a don Pío que nos dijera a todos los españoles los nombres de las personas que colocaron las bombas en los trenes; o el lugar donde se celebró la reunión en la que alguien decidió atentar a tres días de unas elecciones generales; o los nombres de los asistentes a esa reunión. Bastaría con que el señor García Escudero nos diera la respuesta a esas preguntas para que sus afirmaciones resultaran justificadas.
Pero si no sabe la respuesta, si no puede don Pío decirnos a todos quién ha sido, entonces los demás tenemos derecho a preguntarnos qué es lo que puede esconderse detrás del 11-M para que toda la clase política, sin distinción de ideologías, cierre filas a la hora de defender que la mierda no se remueve. Si no fue ETA y no fue Al Qaeda, ¿entonces quién fue?
Porque tenemos, como ciudadanos, y al margen de cualquier consideración ideológica, el imperativo moral de exigir a los poderes públicos que aclaren quién asesinó a 192 españoles el jueves 11 de marzo. Y aunque ese imperativo moral no existiera, un simple instinto de supervivencia nos obliga a conocer la verdad, para que nadie pueda volver a repetir un atentado como ése.
Y si la clase política decide que hay que mirar hacia otro lado, será la ciudadanía la que mire a otro lado cuando aquéllos que deberían defenderla y no lo hacen vayan a pedirles el voto.
Hoy, como ayer, la desidia, la ineptitud o la falta de honradez de los poderes públicos a la hora de afrontar el tabú del 11-M se han visto compensadas por la actuación de unos pocos medios de comunicación y de un puñado de ciudadanos. Y hoy sabemos, gracias a esa actuación, mucho más del 11-M de lo que sabíamos ayer. Y mañana y pasado mañana va a seguir habiendo gente que luchará porque otro nuevo pasito nos aleje un poco más de la mentira y nos acerque a la verdad un poco más.
Y en esa larga marcha, que terminará cuando se aclare hasta la última coma de lo que pasó el 11-M, cada persona, cada político, cada periodista, deberá decidir si está dispuesto a pelear por el derecho de los ciudadanos a conocer toda la verdad, o si prefiere defender la tesis de que el amo tiene derecho a ocultar la verdad a sus súbditos.
Ýo tengo clara la elección. ¿Y ustedes?
Hoy se ha derrumbado un poco más ese edificio en ruinas denominado "versión oficial del 11-M".
Sin autores intelectuales
La sentencia del Tribunal Supremo da por buena, para los tres autores intelectuales que la Fiscalía había presentado, la absolución de los cargos que se les habían realizado en ese sentido. A Mohamed El Egipcio, a quien durante tanto tiempo se presentó como el máximo ideólogo del atentado, ni siquiera se le condena por pertenencia a banda armada, puesto que El Egipcio ya está siendo juzgado por ese motivo en Italia. A Hassan el Haski, otro de los "autores intelectuales" presentados por la Fiscalía, no sólo no le condenan comoinductor de la masacre, sino que le rebajan la pena que le había caído por pertenencia a banda armada.
Adiós a la célula islamista
Dos de los miembros de la llamada "célula de Virgen del Coro", el único grupo de imputados que tenían algún contacto, como grupo, con el mundo islamista radical, han sido directamente absueltos. Concretamente, se ha absuelto a Basel Ghalyoun, de quien se había dicho que su ADN había aparecido en Leganés y a Mouhannad Almallah Dabas, a quien en algún momento se llegó a presentar como cerebro (uno de tantos "cerebros" sucesivos) de la masacre. A varios otros de los acusados de integración en banda armada de origen magrebí, como Mohamed Larbi y Hassan El Haski, se les rebajan las condenas.
No sólo eso: el Tribunal Supremo afirma en su sentencia, textualmente, que quienes cometieron los atentados de Madrid eran "un grupo u organización terrorista diferente e independiente" de Al Qaeda, aún cuando existiría una "dependencia ideológica respecto a los postulados defendidos" por esa organización islamista.
La larga mano de los confidentes
También se absuelve a Raúl González, aunque a cambio se condena por tráfico de explosivos a Antonio Toro, sobre cuyo carácter de confidente de las Fuerzas de Seguridad se ha especulado hasta la saciedad. Una condición de confidente que compartiría con otros dos de los imputados cuyas condenas ha confirmado el Supremo: Emilio Suárez Trashoras y Rafá Zouhier.
Adiós también a la célula de Leganés
La sentencia confirma la absolución de Abdelmahid Bouchar como autor material, lo que impide asignar, desde el punto de vista lógico, la responsabilidad de la autoría del atentado a los muertos de Leganés. Afirma el Tribunal que existen suficientes indicios de la relación de los muertos de Leganés con la masacre, pero reconoce explícitamente que no puede establecerse "una atribución individualizada de responsabilidad pena a cada uno de ellos, pues se extinguió con su muerte, lo que determinó, consecuentemente, que no fueran juzgados y que sobre su conducta no se practicaran pruebas de cargo ni de descargo".
Estas dudas sobre el papel de los muertos de Leganés vienen a acentuarse por una de las mayores sorpresas de la sentencia: la absolución total de Abdelilah El Fadual, lugarteniente e íntimo amigo de Jamal Ahmidan. Abdelilah El Fadual ha quedado exonerado de cualquier cargo en relación con la masacre, con lo que ¿cómo iba Jamal Ahmidan a ser uno de los cerebros operativos de la masacre y, sin embargo, ser completamente ajeno a la misma su número dos, Abdelilah El Fadual?
Sin autores materiales
El 11-M queda, por tanto, sin autores materiales, excepto por lo que se refiere a Jamal Zougham, a quien se le mantiene la condena basada en unos más que dudosos reconocimientos oculares. En cualquiera de los casos, aún teniendo en cuenta esa condena, el 11-M se habría quedado sin autores intelectuales y con un sólo "colocador de bombas" para doce artefactos explosivos. Ése sería el escandaloso resultado de cuatro años de investigaciones policiales y judiciales.
Tres condenas por el 11-M
Como también resulta escandaloso el hecho de que, de los dieciocho condenados, sólo tres los son por su relación con el 11-M. Sólo tres de los 29 imputados que llegaron a juicio tendrán que indemnizar a las víctimas del 11-M. A los otros 15 imputados a los que el Tribunal Supremo condena, se les condena por otros motivos (tráfico de explosivos, falsedad documental, pertenencia a banda armada, ...), pero no por su relación con la masacre.
Para colmo, ninguno de los tres condenados del 11-M tienen un perfil islamista. Uno de ellos es el confidente policial Emilio Suárez Trashorras y los otros dos son dos marroquíes sin la más mínima vinculación constatada con el islamismo radical.
Algo más de cuatro años después del 11-M, nos encontramos, por tanto, con que seguimos sin saber quién concibió aquel atentado, quién lo organizó, quién lo financió ni quién lo ejecutó. El primer asalto judicial del 11-M termina así en un gran fracaso, con el que la masacre de Madrid queda condenada al baúl de los misterios históricos sin resolver, a expensas de que las investigaciones periodísticas consigan arrojar algo de luz allí donde las instancias oficiales no han sabido, no han podido o no han querido hacerlo.
Me recuerda una lectora del blog, Silvia, un episodio histórico que merece la pena comentar.
En 1943, en plena guerra mundial, los ejércitos aliados habían expulsado a los alemanes del norte de África y estaban pensando en acometer la invasión de la Europa continental por el sur. Esa invasión quería llevarse a cabo desembarcando en Sicilia, lo que permitiría dominar el Mediterráneo definitivamente y servir de punto de entrada en Italia. Sin embargo, el objetivo resultaba tan obvio que los alemanes tenían muy bien defendida la isla.
Así que el MI5 (servicio secreto británico) decidió poner en marcha una operación de inteligencia, dirigida por el oficial Ewen Montagu, para engañar a los alemanes y convencerles de que la invasión no iba a realizarse en Sicilia, sino según otros dos ejes: un desembarco en Cerdeña, para luego atacar Francia por el sur, y otro desembarco en los Balcanes, para poder luego expulsar a los alemanes de Grecia. La intención era que los nazis protegieran los dos falsos puntos de ataque, alejando así sus tropas de Sicilia.
La operación de inteligencia recibió el nombre en clave de Operación Mincemeat (carne picada) y consistiría en lo siguiente: fabricar un personaje ficticio, el comandante William Martin, de la Marina británica, y hacer aparecer "su cadáver" en las costas españolas, con documentación secreta (falsa, por supuesto) que "demostrara" que los aliados iban a desembarcar en Cerdeña y los Balcanes. Se confiaba en que los españoles pasarían esa documentación a los servicios secretos alemanes, con los que mantenían estrechos contactos.
El primer paso consistió en seleccionar un cadáver adecuado. Se eligió el de un hombre en la treintena que había muerto de neumonía, porque de ese modo los síntomas detectables en una autopsia serían casi indistinguibles de los de una muerte por ahogamiento. La familia del muerto dio su consentimiento para que usaran el cadáver para una operación de seguridad nacional y juró mantener el secreto sobre el tema. El cadáver fue conservado en hielo seco para que en el momento de ser encontrado pareciera que había muerto ahogado en el mar unos días atrás.
El segundo paso fue preparar toda la documentación secreta falsa que debía llevar encima ese hombre, consistente, básicamente, en cartas del Alto Mando británico en las que se hacía referencia a que se planeaba invadir Cerdeña y los Balcanes y a que había que engañar a los alemanes para que pensaran que se iba a atacar Sicilia (es decir, justo lo contrario de la realidad).
El tercer paso era preparar la cobertura para que la identidad de ese hombre pareciera real. Se eligió el nombre de William Martin porque era muy común entre los miembros de la Marina, lo que evitaría que algún otro miembro de la fuerza naval británica se diera cuenta de que alguien había inventado un falso oficial. La noticia de la muerte de William Martin fue publicada en los periódicos, en los que se dijo que había fallecido al estrellarse en el mar el avión en el que viajaba.
También se prepararon, para que fueran encontradas en la cartera del muerto, cartas de amor de una supuesta novia, junto con una foto de la misma (en realidad, era una foto de una miembro del servicio secreto británico). Se incluyeron, asimismo, falsas cartas del padre del muerto, del club al que supuestamente pertenecía William Martin, otra carta reclamándole el pago de una factura, un par de entradas para una obra de teatro que, efectivamente, se había representado hacía poco en Londres y las típicas cosas que uno lleva en los bolsillos: cerillas, monedas, etc. Todas las fechas de esas cartas y documentos falsos estaban perfectamente estudiadas para que cualquiera pudiera reconstruir con ellas los últimos días de William Martin en Londres, antes de que partiera para su última misión.
El último toque fue encontrar a un miembro del servicio secreto con un parecido razonable con el muerto, para poder hacer la foto que se incluiría en el carnet de identidad del ficticio William Martin.
Dos de los detalles de la documentación falsa que se preparó estaban destinados a inducir en los alemanes la sensación de que el muerto era bastante descuidado (lo cual ayudaba a explicar psicológicamente que llevara consigo documentos tan importantes). Por un lado, la carta ya mencionada en la que se reclamaba el pago de una factura vencida; por otro lado, el falso carnet de identidad, que se realizó como si fuera un duplicado "emitido por extravío del original".
El cuerpo, todavía conservado en hielo seco, fue llevado en el submarino Seraph hasta las costas de Huelva. Allí, toda la operación estuvo a punto de irse al garete cuando un avión británico atacó al submarino por error. Pero finalmente el cuerpo fue lanzado al mar el 30 de abril de 1943, con un chaleco salvavidas y una cartera portadocumentos atada a su muñeca con una cadena.
Un pescador de Huelva, José Antonio Rey María, fue quien encontró el cadáver. La autopsia fue realizada por el forense Eduardo del Torno, quien dictaminó que el fallecido había muerto por ahogamiento entre tres y cinco días atrás. El forense renunció a hacer una autopsia más en profundidad al ver que el muerto era católico (por la cruz que llevaba al cuello); prefirió no estropear demasiado el cadáver antes de darle cristiana sepultura.
Mientras tanto, los británicos se dedicaron a exigir con bastante insistencia a las autoridades españolas que les entregaran la cartera que el muerto llevaba, pero dejando claro que los documentos no tenían la menor importancia. Los españoles devolvieron la cartera el día 13 de mayo, asegurando que nadie la había abierto, pero un examen microscópico reveló que las cartas habían sido abiertas y probablemente fotografiadas.
Los alemanes mordieron el anzuelo. En mayo de 1943, Hitler dio orden de reforzar las defensas de Córcega y de Cerdeña, y desvió seis divisiones acorazadas para proteger Cerdeña y los Balcanes.
La invasión aliada de Sicilia, que tuvo lugar en julio de 1943, fue un completo éxito gracias a un hombre, William Martin, que en realidad nunca existió. Ése es, precisamente, el título de la película que se realizó más adelante sobre este episodio real de desinformación: "El hombre que nunca existió", The man who never was, basada en el libro escrito por el oficial de inteligencia que planificó el gran engaño, Ewen Montagu.
P.D.: A cada uno lo suyo. Veo, después de publicar el hilo, que nuestro contertulio peonxrey ya había traído a colación la Operación Mincemeat en agosto del año pasado, señalando las similitudes con la operación de desinformación del 11-M. Así pues, que quede constancia.
El pesimista acierta más a menudo que el optimista,
pero el optimista lo pasa mejor.
Y ninguno de los dos puede detener
la marcha de los acontecimientos.
(Robert Heinlein)
En los hilos anteriores de esta serie hemos ido poniendo sobre la mesa las distintas piezas que componen el puzzle de la versión oficial sobre Jamal Ahmidan. Y hemos ido señalando las diversas contradicciones de esa versión, los fallos de encaje de esas piezas, que conducen inevitablemente a pensar que la figura oficial de ese supuesto máximo responsable operativo de la masacre es, en realidad, una construcción artificial. Una construcción artificial hecha con informaciones parcialmente ciertas y parcialmente inventadas, y en la que se han mezclado diversos personajes hasta conseguir disponer de una cabeza de turco sobre la que volcar la responsabilidad de la masacre y con la que engarzar las distintas partes de la versión oficial.
Señalábamos en el último hilo cómo las informaciones sobre el piso de la C/ Villalobos (ese piso en el que en teoría habitaba Jamal Ahmidan con su mujer y su hijo) eran enormemente contradictorias, ya que en ninguna parte del sumario quedaba claro quién había alquilado ese piso, quién había vivido en él y en qué fechas había residido allí Jamal Ahmidan.
Publicamos hoy en Libertad Digital un nuevo enigma en el que desvelamos que la Policía contaba con datos que demostraban que fue Jamal Ahmidan (con la falsa identidad de Said Tlidni) quien alquiló ese piso en 2001. En concreto, la Policía tenía en su poder el contrato de alquiler firmado por Jamal, pero ese contrato no fue aportado al sumario.
El problema fundamental es que la versión oficial necesita explicar cómo es posible que un delincuente común como Jamal Ahmidan terminara involucrado en actividades islamistas. Y para explicar eso se nos dijo que Jamal pasó por una cárcel marroquí entre finales de 2000 y mediados de 2003 y que fue en esa cárcel donde se radicalizó.
Pero la existencia del contrato de alquiler de la C/ Villalobos demuestra que esa estancia en la cárcel es falsa. Jamal no podía estar en la cárcel en Marruecos en 2001, puesto que estaba en Madrid, firmando el alquiler de aquel piso.
No es el único dato que contradice la supuesta estancia de Jamal en una prisión marroquí: contamos también con los testimonios de los vecinos de aquel inmueble, que señalan que Jamal estuvo viviendo allí en las fechas en que según la versión oficial estaba en Marruecos; y contamos también, entre otras cosas, con el análisis de uno de los ordenadores encontrados en el piso de la C/ Villalobos, cuyo usuario era Jamal y desde el cual se estuvieron efectuando accesos a Internet en los meses de enero, febrero y abril de 2003, fechas, todas ellas, en las que nos habían dicho que Jamal estaba preso.
¿De dónde sale entonces el dato de que Jamal estuvo en la cárcel en Marruecos entre diciembre de 2000 y junio de 2003? Pues de un supuesto boletín de excarcelación supuestamente encontrado en el piso de la C/ Villalobos, pero lo cierto es que Marruecos no llegó jamás a aportar ningún documento oficial que demostrara semejante estancia en prisión.
La falsa estancia en la cárcel marroquí cumple el mismo papel que los inexistentes corros de suicidas cantarines en Leganés o que las falsas llamadas de despedida de los habitantes de aquel piso: revestir del necesario carácter islamista a lo que no era sino una trama de delincuentes y confidentes policiales.
Fíjese el lector en un detalle curioso. Según la versión oficial, Jamal Ahmidan disponía de tres domicilios: el de la C/ Villalobos, el de la C/ Pozas y la finca de Morata. En lo que respecta a la finca de Morata, la Policía interrogó tanto a la propietaria de la misma como a los vecinos de la zona, y sus declaraciones fueron incorporadas al sumario, para demostrarnos que Jamal Ahmidan y sus amigos anduvieron por esa finca.
¿Cómo es posible, entonces, que no se haya incorporado al sumario ningún testimonio de ninguno de los vecinos de los otros dos inmuebles? ¿Es que no era interesante ver a quién podían reconocer esos vecinos? ¿Es que no era interesante saber cuándo había habitado allí Jamal y con quién? ¿Es que no era posible que los vecinos hubieran detectado movimientos extraños en las fechas anteriores a la masacre?
¿O es que esos testimonios, como queda de manifiesto en el enigma que publicamos hoy, eran incómodos, porque hacían imposible poder encajar determinados aspectos de la versión oficial, como esa supuesta estancia en la cárcel?
En fechas sucesivas iremos desvelando más datos que arrojan todavía más sombras de sospecha sobre el proceso de construcción de la personalidad oficial de Jamal Ahmidan.
El portavoz de Interior del PSOE en el Congreso de los Diputados, Antonio Hernando, ha declarado que le gustaría poder castigar al PP a escribir mil veces en una pizarra gigante que no ha sido ETA la autora del 11-M. No tengo noticias de que nadie del PP haya respondido hasta el momento al señor Hernando, como tampoco he oído a nadie del PP contestar a los exabruptos anteriores, en el mismo sentido, de Rubalcaba o de José Blanco. Con lo cual el PP contribuye, con su silencio, a propagar la misma consigna gastada con la que el PSOE lleva cuatro años intentando adormecer al conjunto de los españoles y, muy en especial, a sus propias bases: "todo está claro, no fue ETA y vale ya de cuestionar las investigaciones".
Continúan por tanto, unos y otros, con la misma comedia con la que nos han estado estomagando durante toda una legislatura, tratando de encerrar a la ciudadanía española en la falsa disyuntiva que se puso en marcha en la propia mañana del 11-M: "O fue ETA, o fue Al Qaeda. Y si eres del PP y no te crees que fue Al Qaeda, entonces es que crees que fue ETA. Y si eres del PSOE, ¿cómo no vas a creer que fue Al Qaeda?"
Yo no sé si fue ETA o Al Qaeda. Pero lo que sí sé es que esa disyuntiva es tan falsa como un euro de madera, porque existen muchas otras posibilidades al margen de ETA y de Al Qaeda. Incluyendo la de que el 11-M fuera un golpe de timón destinado a poner en marcha la dinámica de superación confederal de la Constitución del 78.
Porque el problema fundamental es que la furgoneta Kangoo no fue cargada de pruebas falsas por ETA, ni por Al Qaeda. Y no fueron ni ETA ni Al Qaeda los que depositaron el coche Skoda Fabia en Alcalá tres meses después de los atentados. Como no fueron ni ETA ni Al Qaeda quienes ordenaron la destrucción de los trenes, la ocultación de informes de análisis, la incineración de las prendas de las víctimas o el escamoteo de los restos de los focos de explosión. Igual que no pudieron ser ni Josu Ternera ni Ben Laden quienes efectuaron falsas llamadas de despedida en nombre de los presuntos suicidas de Leganés.
Tampoco son ETA ni Al Qaeda los que han detenido a ochenta magrebíes que ni siquiera han llegado a juicio, pero que contribuyeron involuntariamente a sembrar de confusión las investigaciones, para que todo el mundo se perdiera en un mare magnum de nombres árabes. Al igual que tampoco hablan vasco ni árabe los que decidieron ofrecernos un teatro de falsos culpables que terminarán, cómo no, yéndose de rositas, y en el que los papeles estelares los han desempeñado los hermanos Toro, Abdelmahid Bouchar, Mohamed El Egipcio o Rafá Zouhier.
No es ETA, ni tampoco Al Qaeda, quien ha enviado a empleados del Ministerio de Interior a intentar controlar y reventar cualquier movimiento de víctimas o movimiento ciudadano que pudiera poner en riesgo esa falsa disyuntiva con la que se ha pretendido tapar la masacre.
No son ETA ni Al Qaeda quienes han estado, desde instancias políticas, judiciales y policiales, retardando las investigaciones para que empiecen a entrar en juego los mecanismos de prescripción de delitos y de caducidad de documentos.
No son ETA ni Al Qaeda quienes han hurtado durante cuatro años a la ciudadanía un relato coherente de los hechos.
No son ETA ni Al Qaeda quienes amenazan con querellas o con habitaciones sin estado de derecho a quienes se niegan a comulgar con ruedas de molino y exigen que nos digan quién mató a 192 españoles.
No son ETA ni Al Qaeda los que se dedican a inventar consignas estúpidas como las de las conspiraciones de cucarachas, o los ácidos bóricos para pies, en lugar de hablar a los ciudadanos como personas dotadas de raciocinio.
No son ETA ni Al Qaeda los que ordenan a los fiscales asignar la autoría intelectual a determinados imputados, para luego ordenarles que se opongan a que se les considere autores intelectuales.
No son ETA ni Al Qaeda, en definitiva, quienes llevan cuatro años tratando de negar a los ciudadanos las explicaciones sobre los atentados a las que tienen derecho, y pretendiendo enfangar en un pozo de confusión cada dato que se pone encima de la mesa.
¿Quién organizó la masacre, señor Zapatero? ¿Quién la organizó, señor Rajoy?
Porque si hubiera sido Al Qaeda, no hubiera debido existir ningún obstáculo para que las investigaciones se realizaran con total transparencia. Y si hubiera sido ETA, no hubiera debido existir ningún obstáculo para que el PP reclamara la verdad con todas sus fuerzas.
Pero ni Zapatero ha querido aportar transparencia a las investigaciones, ni Rajoy se ha atrevido tampoco a reclamarla. Así que lo único que cabe inferir de sus actitudes, señores miembros de la clase política, es que no fueron ni ETA, ni Al Qaeda.
Por tanto... ¿quién organizó el 11-M?
Todo lo que rodea a Jamal Ahmidan es confuso. Deliberadamente confuso, me permito añadir. Son confusas sus identidades, son confusas las atribuciones de teléfonos, son confusas sus andanzas, es confuso su historial delictivo...
Son confusos incluso los datos acerca del lugar donde vivía. Porque, ¿nos podría decir alguien cuál era el domicilio real de Jamal Ahmidan?
Se supone que él o su supuesta mujer vivían en la C/ Pozas, y así parece atestiguarlo esa curiosa manía de Jamal Ahmidan por poner en sus documentos de identidad falsos domicilios muy parecidos al verdadero domicilio de su mujer. Ya puestos a usar documentaciones falsas, ¿por qué va dejando Jamal por todas partes datos que apuntan a la C/ Pozas? ¿No se le ocurriría que, igual que uno se pone un nombre falso, puede poner también en los documentos falsificados una calle distinta de la suya propia?
Pero también tenía alquilada una finca en Morata de Tajuña, nos dicen. Y también vivía con su supuesta mujer en un piso de Vallecas, en la C/ Villalobos, según nos dicen también.
Centrémonos en este último piso, el de la C/ Villalobos, y veamos día a día cómo se introduce en el sumario ese domicilio de Jamal. Observe el lector lo curioso de la secuencia cronológica y fíjese, sobre todo, en las infinitas contradicciones. Y en la inmensa, omnipresente, desmesurada confusión que rodea a todo lo relativo a ese piso. Como sucede con todo lo que se refiere a Jamal:


