En El economista, ayer:
Podría hacerse una encuesta sobre algunas realidades actuales:
¿Quieres un país donde los ciudadanos tengan distintos derechos según las regiones?
¿Un país donde tengas problemas burocráticos para tu atención médica, según en qué región vivas? ¿Un país repleto de funcionarios generales y autonómicos, en su mayor parte innecesarios pero que debes pagar con tus impuestos?
¿Un país donde unos políticos, con frecuencia corruptos, se entrometen en tu vida privada, te indican lo que debes y no debes pensar acerca de mil problemas que no les incumben, y dicen hacerlo por tu bien? ¿Donde una televisión-basura y unos funcionarios sin escrúpulos pretenden "educar" a tus hijos según sus "valores"? ¿Donde los políticos atacan sistemáticamente la familia y los valores que han dado consistencia a nuestra cultura? ¿Donde, por eso, cientos de miles de familias se deshacen, con toda la carga asociada de dolor e infelicidad, de frecuente violencia, y con cientos de miles de niños criados sin verdadero hogar, sin padre o sin madre? ¿Donde la droga y el alcoholismo causan tantos estragos sobre todo entre los jóvenes, con cientos de muertes y taras silenciadas habitualmente? ¿Donde los políticos suprimen la igualdad ante la ley en nombre de igualdades inexistentes? ¿Dónde se ataca la libertad de expresión? ¿Donde, en algunas regiones, se impida a los niños estudiar en el idioma español común? ¿Donde se agrede constantemente la idea y los símbolos de España? ¿Donde se pretende imponer por ley una historia del país radicalmente falsa, que exalta a los destructores de la legalidad republicana, a los chekistas y a los etarras, y socava las bases de la democracia?
¿Un país donde el asesinato se convierte en forma de hacer política y es premiado por los políticos a costa de las víctimas directas, de la constitución y del estado de derecho?
¿Quieres esta España? ¿Crees que no hay otra posible?
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***ESTRASBURGO SENTENCIA QUE NO TUVO UN JUICIO JUSTO
Gómez de Liaño: "En España aún existen jueces parciales y violaciones de la Ley".
¡Coño! ¿Aún? ¿En qué país vive este hombre? Y añade que es "preocupante" que las dos máximas instancias jurídicas del país reciban esta reprobación. ¡Preocupante! Habla como Rajoy. No es en absoluto preocupante, es revelador. Revelador del estado putrefacto de la justicia bajo los González y los Zapo. Calificarlo de "preocupante", como tantas cosillas más de la política, es renunciar a luchar contra tal estado de cosas. "Un importante tirón de orejas", califica la decisión de Estrasburgo la EPM. Con semejante cantamañanismo, los enemigos de la democracia entienden perfectamente que solo tienen que seguir avanzando.
*** "CUATRO Y LA SER MARGINAN LA RESOLUCIÓN DE ESTRASBURGO
El País relega el caso Liaño a la página 32, junto a la NASA y un fármaco contra el cáncer".
Lo de siempre, de nuevo: la trola, el choriceo y el puterío.
*** "FIRMÓ EL MANIFIESTO POR LA LENGUA COMÚN
La mujer de Óscar Pereiro: "Te hablo en gallego, lo prefiero, porque nos están acribillando".
Increíble. ¿Y por qué no acribillan ellos a los acribilladores, en lugar de retroceder lloriqueando, gallináceamente? ¿Es que no tienen razones y argumentos suficientes para poner al descubierto la mezcla de estupidez y canallería, como decía Marañón, de sociatas y separatistas? ¿Es que no juzgan oportuno defender los derechos democráticos contra la caterva de la trola, el choriceo y el puterío? Entonces solo merecerán perderlos.
*** "El juez imputa a Rubianes y Om Ferrer delitos de "incitación al odio" y "ultrajes a España".
Un juez antidemócrata, evidentemente, que se mete en un terreno que en las democracias es ajeno a los jueces. Rubianes no solo tiene derecho a expresar su modo de pensar y sentir, sino que debemos estarle agradecidos por haberlo hecho con tanta claridad, y ojalá otros muchos siguieran su ejemplo. Afortunadamente, en su caso hubo una reacción donde y como tiene que haberla: en la opinión pública. Pero los papanatas ansiosos de dictadura siempre preferirán la persecución legal.
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De De un tiempo y de un país:
"En junio de 1975 la Organización de Marxistas Leninistas Españoles (OMLE) celebró un congreso, y en él decidió cambiar sus siglas por las de PCE(r), Partido Comunista de España (reconstituido). Al terminar las sesiones, un dirigente, Ares por nombre de guerra, expuso: "Por si para algunos camaradas no está claro, es importante señalar que la OMLE nace fuera de España, en la emigración. Nosotros consideramos que fue en el desarrollo de la lucha de clases en Francia, en mayo del 68, donde los españoles constatamos la falta del Partido. Nosotros éramos un pequeño grupo que nos dedicábamos a hacer trabajos de difusión de la lucha del pueblo vietnamita. Este grupo se encontró en mayo del 68 con una facción de Mundo Obrero Revolucionario, compuesto por obreros que la práctica demostró que había degenerado, pues allí abundaban los viajes, entrenamientos... Se llega a la reunión en que se fundó la OMLE, en Bruselas, con 25 miembros. La idea central era que hacía falta el Partido en España. El caso es que la organización nace y en una semana aquello se transforma en una pelea de lobos por los puestos. Aquello se deshace, el trabajo no se cumple y los camaradas que queremos trabajar nos quedamos descolgados. Un poco más tarde se ve la necesidad de traer camaradas a España para empezar el trabajo" (...)
Así pensaba la OMLE. Sorteadas las trampas de la emigración, la tarea inmediata consistía en cruzar los Pirineos. Ares, defensor de esta orientación, quedaba a la altura de 1975 como el único militante que había participado en las nebulosas actividades del exilio, siete años atrás, y por ello el único autorizado para testimoniar de las mismas. Los demás habían desertado o sido expulsados con el tiempo. Ares se identificó con cada uno de los virajes, a veces muy bruscos, de la OMLE-PCE(r) en su borrascosa trayectoria. Sin embargo su influencia directa sobre la marcha de la organización se hizo marginal a partir del momento en que ésta se implantó en España.
Ares se llamaba en realidad Francisco Javier Martínez Eizaguirre (Martínez o Martín), vizcaíno, hombretón afable y abierto, de buena fe hasta la ingenuidad, entusiasta y algo aprensivo. Residió en Francia largos años, sin venir a España más que esporádicamente, y supo eludir los morbos del destierro. Admiraba con calor a quienes en el país se arrriesgaban a la tortura, la cárcel o incluso la muerte. No obstante, la muerte violenta le alcanzó a él entre los primeros. Un día de junio de 1979, cuando se disponía a comer en un restaurante chino de París, dos pistoleros fueron a su encuentro y abrieron fuego a bocajarro. La prensa francesa se refirió con innecesaria agudeza a la pinta meridional de los homicidas, por lo que podemos imaginar que serían franceses en colaboración con la policía española.
Esa misma tarde caía un ex militante del PCE(r), en la misma ciudad. Yo lo había conocido cuando, al poco tiempo de la primera redada en serie contra la OMLE, en Andalucía, había exigido con malos modos ser pasado a Francia. Una vez allí reconsideró su postura y volvió a militar. Pero quizá terminó dándose cuenta de que el partido no iba a llegar muy lejos, o fue atraído por la vida hogareña junto a su mujer y sus dos hijos, gemelos de precaria salud. Dejó el partido. No le salvaría eso de morir joven.
Martínez Eizaguirre pertenecía al comité central y se ocupaba de las relaciones exteriores del PCE(r). Meses antes de su asesinato, la revista Blanco y Negro había publicado un disparatado informe que lo presentaba como principal cabeza del Grapo. El informe también citaba al autor de este libro y al escritor y periodista Eliseo Bayo, entre otros, como destinados a ser "ejecutados" por el Grapo "a la máxima urgencia". Semejantes "noticias" solo podían interpretarse como una especie de pantalla para la liquidación de los implicados por la policía.
Alarmado, Martínez Eizaguirre escribió a diversas publicaciones denunciando el agorero infundio. Pero la falta de hábito de la clandestinidad, o las dificultades para ocultarse, convaleciente como se hallaba de una caída al querer escapar de la policía, sellaron su suerte".
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"KELME ME HA GANADO COMO CLIENTE
Supongo estáis enterados de las declaraciones de Oleguer, jugador del F.C. Barcelona, defendiendo la puesta en libertad del miembro de ETA José Ignacio de Juana Chaos y despreciando una sentencia dentro de un estado de derecho (estado que por lo visto él también desprecia).
Por este motivo, la marca que patrocinaba a este jugador (KELME) ha rescindido el contrato con dicho jugador.
Esto ha ocasionado un boicot por parte de grupos independentistas a la empresa KELME, en aras de la libertad de expresión mandando un mensaje bajo el titulo 'Kelme me ha perdido como cliente'.
Te propongo mandar un mensaje con el texto: KELME ME HA GANADO COMO CLIENTE, por suspender el patrocinio a Oleguer, por sus declaraciones apoyando al ASESINO José Ignacio de Juana Chaos.
Envíalo a todos tus contactos para solidarizarnos con una empresa que ha tenido los cojones suficientes para quitar públicamente el patrocinio a un individuo que apoya a los ASESINOS.
Si opinas como yo, reenvía el mensaje a los contactos que creas interesados para que KELME se vea apoyada en su correcta y valiente decisión".
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http://www.diariodesevilla.es/article/opinion/187136/la/alegria/progre.html
Tanto Hitler como Stalin tuvieron una incidencia del mayor relieve en la guerra civil española. Ambos representaban poderes totalitarios y terroristas, pero por entonces el nacional socialismo todavía no había practicado los crímenes masivos que le distinguirían más tarde, mientras que los rojos soviéticos acumulaban ya montañas de cadáveres. Es decir, el Hitler que apoyó a Franco no era aún el genocida, aunque apuntaba maneras, mientras que el Stalin que respaldó al Frente Popular había demostrado ya, muy sobradamente, su carácter de asesino en masa. La diferencia tiene el máximo valor moral y político, aunque la olviden sistemáticamente los historiadores a la lisenka.
No quedan ahí las diferencias. Stalin satelizó al Frente Popular. Gracias al oro enviado a Moscú, se hizo el amo del suministro de armas y con ello del destino de sus protegidos, a quienes dominó también por otros medios. Sus asesores militares tuvieron una influencia desmedida, imponiendo algunas operaciones y frustrando otras (como la ofensiva por Extremadura), contribuyendo a la maniobra política que acabó con Largo Caballero. Lo mismo cabe decir de la policía política rusa, que no solo operaba en España con sus propios centros de detención secretos y al margen del gobierno reolucionario, sino que dirigió y modeló la constitución del SIM, la policía política de Negrín y Prieto, conocida por su carácter terrorista.
Jamás llegó a tanto, ni muy de lejos, la influencia de los alemanes e italianos y Franco mantuvo en todo momento su independencia, hasta el punto de declarar, en la crisis de Munich de 1938, su neutralidad en caso de guerra europea, para frustración de Roma y Berlín.
Suelen afirmar los lisenkos que la ayuda hitleriana tuvo carácter decisivo, pues permitió a los nacionales pasar el ejército de África a la península, el hecho que convirtió en guerra civil el frustrado golpe militar de Mola. También aquí yerran, como he mostrado en Los mitos de la guerra civil. El puente aéreo sobre el Estrecho, primero de la historia, fue planeado y comenzado con aviones españoles. Y para cuando intervinieron en número suficiente los aviones alemanes e italianos, ya había alcanzado sus principales objetivos estratégicos al estabilizar a Queipo de Llano en Andalucía, pasar municiones a un Mola desesperadamente falto de ellas y acercarse a la unión de las dos zonas nacionales por Extremadura.
La intervención soviética sí tuvo alcance decisivo en la batalla de Madrid, de noviembre del 36. Entonces las izquierdas pudieron acabar con el ejército de África y en algunos momentos estuvieron cerca de ello. No lo consiguieron, pero en cambio su resistencia, determinada por la ayuda y los métodos soviéticos, determinó el alargamiento, por más de dos años, de una guerra que de otro modo habría concluido en cinco o seis meses, con el aumento consiguiente de las víctimas y destrozos. ¡Y menos mal que Negrín no logró enlazarla con la guerra mundial, como pretendía, en contra del designio de Franco expuesto en la citada crisis de Munich!
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Dice Durán y Lérida que el catalán corre peligro. ¡Cómo! Aguantó casi cuarenta años sin cooficialidad ni enseñanza oficial, durante los cuales produjo además una buena literatura, y…¡está en peligro en plena democracia, cuando es cooficial y lengua de enseñanza! ¿Cómo es posible?
Pero no deja de tener alguna razón el señor Durán: algo perjudica seriamente al catalán, y son las patochadas que dicen y escriben en él los separatistas. Pueden consolarse pensando que con el castellano pasa algo semejante, convirtiéndose cada vez más en la lengua de la telebasura, los titiriteros, los lisenkos y los centenarios de la honradez. Mal de muchos…
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En El economista, la semana pasada:
LENGUAS REGIONALES
En España, además del español común (castellano de origen, reelaborado durante siglos por aportaciones de todas las regiones), se hablan varios idiomas regionales; todos, salvo el vascuence muy próximos al primero. Estos idiomas tienen escasa utilidad práctica porque todos podemos desenvolvernos en la lengua común, y porque la literatura y la vida cultural en ellos, sin ser desdeñable ni mucho menos, sobre todo en Valencia y Cataluña, no puede comprarse con las aportaciones en la lengua común dentro de cada una de esas regiones. Así, la literatura gallega en castellano supera evidentemente, en cantidad y calidad, a la misma en gallego; otro tanto cabe decir de los casos catalán o valenciano. En cuanto a los vascos, durante su historia han preferido desarrollar su actividad cultural en castellano hasta el punto de que la literatura en vascuence apenas existe. Y digo "han preferido", porque nada ha obligado a los intelectuales de esas regiones a expresarse en el español común, excepto el sentimiento de pertenecer a una misma nación, por encima de diferencias locales.
Los nacionalistas/separatistas justifican sus políticas contrarias a la historia real y a la democracia agitando el fantasma de una próxima desaparición de las lenguas regionales si no se las "protege", en rigor si no se margina al idioma común. Pero esas lenguas han sobrevivido durante siglos y han superado pruebas como su exclusión de la administración y la enseñanza oficial durante 36 años. Más aún, bajo el franquismo experimentaron un renacer literario. ¿Por qué iban a desaparecer bajo la democracia, cuando sirven libremente de vehículo –aunque no exclusivo, como se pretende– de la vida administrativa y de la enseñanza?
Con todo, es cierto que se enfrentan a un difícil reto: la lamentable literatura separatista aumenta, hincha más bien, la publicación en esas lenguas, pero las degrada con su farfolla.
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Pequeñas historias a recuperar:
"Viví unos meses en una pensión de Bilbao, donde se alojaban también dos chicas, novias de policías o empleadas en dependencia policiales, lo que me oblogaba a esmerar las precauciones. Después me mudé a casa de un compañerpo que me ofreció habitación y comida a precio razonable. Era un portugués ya mayor, y vivía con su mujer, de la misma nacionalidad, en un caserón decrépito saliendo de Baracaldo hacia sestao. El edificio, de fachada terrosa y tres o cuatro pisos, se levantaba junto a un puente. Al lado se pudrían vetustas instalaciones de Altos Hornos. Frente al portal pasaba la carretera, de tráfico denso. Cuando circulaban camiones pesados, y lo hacían constantemente, trepidaban los pisos de la casa: supe que estaba en vías de ser declarada en ruina. Mi ventana daba al sucio riacho, y en el balconcillo guardaba la patrona unas cajas donde criaba tres o cuatro gallinas.
La mujer, madura de edad y carácter, atendía la casa y la mantenía muy limpia. Trabajaba aún más fuera, de asistenta. Con una pierna hinchada por la flebitis, la dura necesidad le imponía doblarse y arrodillarse muchas horas al día, fregando y limpiando. El marido, rezongón, socarrón y bienhumorado, estuvo en paro largas semanas. Entonces las estrecheces introducían hosquedad en el ambiente; por más que el humor y la discreción de ambos salvaban las riñas.
Hospedaban a un segundo realquilado, paisano mío, no anciano pero sí envejecido. Antaño había trabajado en Madrid, donde vivía con su familia. Un día comprobó que su mujer le era infiel y abandonó el domicilio sin querer dar ni pedir explicaciones. Nunca se refería a su desventura personal. Atormentado e incierto de su porvenir, se había aficionado al alcohol. Cuando llegaba un poco bebido, se ponía pesado, y la mujer del portugués no lo soportaba bien: "Ya sé que no tiene culpa, que es muy boa persona, pero é que non poso, non poso aguantalo", se excusaba al regañarlo, mezclando portugués y castellano.
Me despertaba con el tiempo justo para llegar al trabajo, recogía las dos marmitas que me dejaba la patrona llenas de comida, a menudo bacalao, como es de rigor, y salía hacia el tren. La carretera no tenía aceras, sino una estrecha cinta lateral sin pavimento, respetada más o menos por los vehículos. Corría por ella, pegado a las casas semiabandonadas, a los talleres ruinosos, sintiendo el empuje del aire despedido por los camiones al pasar a pocos centímetros; sorteaba el rosario de charcos, bajo las grandes tuberías que cruzaban a varios metros por encima de la carretera. En la estación de Baracaldo esperaba a un tren antiguo, verde, de chapas remachadas y plataformas abiertas. Los obreros se abalanzaban a él con más brío aún que el derrochado en el metro madrileño a las horas punta. Una vez llenos, a presión, los vagones, me colgaba de la plataforma, reviviendo tiempos lejanos de los tranvías de Vigo, cuando iba al colegio de la misma forma, saltando en marcha al venir el cobrador, por no pagar billete y por gusto.
En la estación de Olaveaga el tren perdía sus viajeros. La masa humana bajaba hacia la ría, por caminuchos embarrados, entre talleres, edificaciones viejas y huertecillos. Aún no amanecía, y por aquellos recovecos oscuros, aprovechando algún muro mal iluminado por un farol solitario, pegábamos de cuando en cuando carteles contra el franquismo. Los hombres que venían del ferrocarril se apiñaban un momento en torno a ellos y seguían su camino en silencio, o haciendo comentarios confusos; o hablando de otros asuntos.
Llegados al muelle, quedaba todavía un buen trecho que andar, en dirección a Bilbao. Subía un intenso olor a alquitrán, a gasoil, a breas, a agua putrefacta, a salitre si soplaba viento del mar. Las luces de los barcos y las fábricas se miraban quietas en la ría titilando imperceptiblemente, y contra el cielo que clareaba poco a poco se erguía el bosque de hierros, las estructuras metálicas de grúas y buques. A la derecha del muelle, espaciadas, dos tabernas donde se detenían muchos a largarse un copazo antes de iniciar la jornada. Después, a ponerse la ropa de trabajo y acudir por la herramienta y las instrucciones de los encargados..."
(De De un tiempo y de un país)
En contraste con los genocidios nazis, los realizados por los rojos han sido vistos por la izquierda con indiferencia cuando no con simpatía mal disimulada. Así desde las hambrunas provocadas por las medidas económicas soviéticas o el Holodomor ucraniano de 1932-33, que causó quizá hasta diez millones de muertos, y un mínimo de cuatro, hasta las matanzas de China y Camboya, que marcaron nuevos hitos en tal dirección. Los crímenes masivos de Lenin y Stalin eran bien conocidos en occidente, al menos en sus rasgos generales ya durante los años 20 y 30, y sin embargo la opinión socialdemócrata procuraba ocultarlos o justificarlos. Unas veces los negaba como "propaganda burguesa", otras los explicaba por necesidades históricas: se estaba creando una sociedad nueva, que implicaba tales sacrificios, como indicaba, por ejemplo, Jiménez de Asúa. En definitiva, las revoluciones se hacen con terror, y, como concluían algunos "republicanos" españoles, la revolución española habría fracasado por no haber aplicado suficiente terror, como venía a decir Margarita Nelken. En países más ricos se encontraban muy justificables los genocidios en sociedades como la rusa, la española u otras "atrasadas", aunque no los deseasen para sus propios países. Después de todo, compartían objetivos semejantes.
Aun hoy los informes sobre la espeluznante criminalidad roja despiertan una hipócrita incomodidad en nuestras sociedades, y se procura desviar la atención o emitir condenas puramente verbalistas e inconsecuentes. Para ello ha habido una razón política y otra moral. Políticamente, la URSS luchó contra el nazismo, aun si al principio se alió con él, y esto llevaba a muchos, también en la derecha, a dejar en segundo término sus sangrientas y casi inconcebibles fechorías.
En el aspecto moral, los genocidios rojos parecían más excusables que los nazis, al haber sido realizados en nombre de un alto ideal de la emancipación, del amor a la humanidad, a los explotados, etc., mientras que los nacional socialistas habían actuado en nombre de una superioridad racial doblemente ofensiva para la mayoría. Lo expresó con superficialidad, pero agudeza, Drieu La Rochelle en sus conocidas frases: "Los nazis son los cínicos, porque reconocen abiertamente su violencia, su tiranía. Y los comunistas son los hipócritas, porque niegan desvergonzadamente las suyas".
No suele repararse en que si los resultados fueron tan semejantes las razones fundamentales también debían serlo: en mi opinión, el utopismo ciencista.
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Todos contra la Constitución
Obsérvese la escalada nacionalista del PSC, consecuencia natural de la política de Zapo. Obsérvese la actitud de Rajoy y los suyos. Políticos delincuentes.
Al respecto: nunca dejará de sorprenderme la facilidad con que los elementos aznaristas, los demócratas, se han dejado birlar el PP por una banda de señoritos (y señoritas, conste; a Rajoy le gustan las mujeres, tome nota Mienmano) impregnados de las mismas ideas, o falta de ellas, que Zapo
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En Época
CÓMO DESTRUYÓ EL PSOE LA REPÚBLICA
El PSOE, gracias a su colaboración con la dictadura de Primo de Rivera, llegó a la república como el partido más fuerte, mientras que los demás, a izquierda y derecha, hubieron de improvisarse en pocos meses. En el PSOE había tres tendencias, representadas por Besteiro, Largo Caballero y Prieto. Besteiro era el más próxima a la democracia, Largo entendía la república "burguesa" solo como una palanca para imponer la dictadura del partido (del "proletariado"), y Prieto oscilaba.
Los dos primeros años republicanos gobernó la coalición azañista-socialista, y tuvo que sufrir varias insurrecciones anarquistas y el insignificante golpe de Sanjurjo, mientras sus reformas naufragaban por su sectarismo y chapucería según expone Azaña. Ello reforzó la tendencia de Largo Caballero. En enero de 1933, la matanza de campesinos en Casas Viejas por la republicana Guardia de Asalto, acabó de desacreditar al gobierno, y el PSOE, a lo largo del verano, decidió romper radicalmente con el régimen y preparar una revolución socialista.
Besteiro se opuso a tal proceso, denunciando: "Estáis envenenando la conciencia de los trabajadores con una propaganda falsa, que solo puede llevar a un baño de sangre y luego a luchas entre las propias izquierdas". Una advertencia profética. Pero Prieto se alió con Largo y, tras la amplia victoria electoral de la derecha en noviembre de 1933, marginaron a Besteiro y prepararon, textualmente, la guerra civil. En Los orígenes de la guerra civil he detallado el proceso, incluyendo los documentos secretos que se encontraban en el archivo de Largo Caballero, conservado en la Fundación Pablo Iglesias. La preparación incluía la infiltración en el ejército, acciones terroristas in crescendo y una propaganda exacerbada dirigida a las masas, con incitaciones a la guerra (textual, una vez más). A raíz de la victoria derechista en las urnas también los nacionalistas catalanes de Companys se habían declarado "en pie de guerra", Azaña intentaba golpes de estado y el PNV organizaba campañas desestabilizadoras. La situación se puso al rojo vivo.
La izquierda utilizaba como pretexto para tales movimientos un supuesto carácter fascista de la derecha. Besteiro lo negaba y, como he documentado, los jefes revolucionarios eran conscientes de la falsedad de sus acusaciones, pero las empleaban para movilizar a las masas.
El movimiento guerracivilista, desatado en octubre de 1934 en combinación con la Esquerra, fracasó dejando 1.400 muertos en 26 provincias (no solo en Asturias). El gobierno derechista y Franco defendieron la legalidad republicana, desmintiendo en los hechos las acusaciones de ser fascistas. No importó: las acusaciones siguieron con mayor furia. Para justificarlas, el PSOE organizó una gigantesca campaña, falsa en su mayor parte, sobre una presunta represión salvaje del gobierno Asturias por medio de asesinatos, violaciones y torturas. La campaña tuvo la mayor trascendencia: la insurrección de octubre había fracasado porque no había hallado ambiente entre la población. Ahora, en cambio, se creó un ambiente de odio como nunca antes.
En febrero de 1936, la izquierda volvió al poder en unas elecciones anómalas, y procedió a destruir la legalidad en un doble movimiento, desde el gobierno y desde la calle y los campos. Se trataba de un golpe de régimen desde el poder --similar al de Hitler tres años antes--, en medio de una marea de asesinatos, incendios y asaltos, que culminaron con el asesinato de Calvo Sotelo por policías y milicianos afectos a Prieto. La derecha, desoídas sus exigencias de frenar aquella marcha demencial, intentó un golpe militar, con Mola, contra un gobierno carente de legitimidad y contra la revolución. El golpe, fracasado, pudo concluir en una masacre general de derechistas, pero se desarrolló en guerra civil. Comenzada, en rigor, por los socialistas en 1934.
Conversación de sobremesa: "No deja de ser una ironía que los campos de exterminio se hayan convertido en una atracción turística". Ironía extraña, y no por voluntad o cálculo de alguien. "Sorprende hasta qué punto la guerra mundial sigue presente en Alemania". Una respuesta: "¡Y el jugo que le sacan!". Observación inapropiada: para los alemanes solo puede constituir un tormento moral subyacente. Porque la mayoría de ellos estuvieron con Hitler. Comenta una guía (alemana): "Al día siguiente de la derrota, nadie había sido nazi ni conocido a nadie que lo hubiera sido". Es duro hablar así de los propios padres, y la culpa, constantemente recordada, debe de resultar muy difícil de digerir. También podrían considerar los alemanes que ya han pagado suficientemente por aquellos hechos, y que quiénes son los demás para ponerse en plan de fiscales perpetuos e incorruptibles...
"Ha pasado y puede repetirse", indicó, con razón, Primo Levi. Pero ¿qué ha pasado? Los genocidios han sido parte de la historia humana. La conquista de la Tierra Prometida por los judíos tuvo bastante de guerra de exterminio, según relata la Biblia, y antes y después ha habido muchos sucesos parecidos. Hasta el siglo XX los crímenes masivos han surgido más de una situación de conflicto extremo (caso también de los bombardeos aliados sobre la población civil alemana y japonesa) o de una cierta instintividad, que de una teorización científica. Lo que convierte el Holocausto en un caso especial es precisamente ese carácter teorizado, frío y científico, donde el odio desempeña un papel accesorio (había más bien desprecio por los "infrahombres"). Von Luck, en sus memorias (traducción absolutamente infame, deliberadamente infame, pues cuesta creer tanta ignorancia e ineptitud) cita a algún jefe de campo de concentración convencido de estar cumpliendo un deber igual que un jefe militar en el frente, una labor no menos importante para la victoria, a desarrollar de forma concienzuda y con eficacia técnica, al modo de una operación quirúrgica.
Caso especial el Holocausto, pero no único. El mismo principio, las mismas pretensiones científicas rigen para los genocidios comunistas: los denominados burgueses –explotadores y obstáculos al progreso en la etapa histórica actual– pueden, y en muchos casos deben, sufrir exterminio, por el bien de una humanidad emancipada, pacífica, amorosa, y productiva.
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** Toda historia de la España reciente que parta de considerar al Frente Popular un gobierno o un régimen legítimo solo puede ser, por eso mismo, una acumulación de desvirtuaciones.
** Quienes pintan a Franco con los rasgos de un mediocre algo estúpido y sediento de sangre no retratan a Franco, sino a sí mismos. Con la excepción, acaso, del tercer rasgo, en ocasiones.
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"Sr. Moa, su caso me recuerda el chiste del que conduce por una autopista y oye por la radio: "¡Atención, un loco va por la autopista en dirección contraria!". "¡Cómo que un loco! –murmura el conductor– ¡Decenas, cientos, miles de locos!" Así usted contra los historiadores profesionales.
M. B. C."
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El martes pasado, en El economista
UN ERROR DEL MANIFIESTO
El manifiesto por la lengua común afirma: "nuestro idioma goza de una pujanza envidiable y creciente en el mundo entero, sólo superada por el chino y el inglés".
Tal vez, si solo pensamos en el número de hablantes, pero nada más. Ignoro el caso del chino, pero el inglés nos supera de forma absoluta y creciente en todos los campos de la creación cultural superior, media e inferior, desde la biología hasta las más trivial música popular. Y nos supera hasta el punto de que la cultura en español, aparte de muy poco creativa hoy, y acosada en la misma España por los secesionismos, se ha convertido en un satélite de escasa enjundia de la cultura anglosajona.
Pongamos el caso de la ciencia, cuya relevancia cultural no solo es ya clave, sino que no deja de crecer. Los cuatrocientos millones de hispanohablantes componen todo un mundo, en el cual la ciencia debiera tener un papel relevante, si quiere subsistir como una verdadera cultura y no limitar su lengua al plano doméstico y la canción chabacana. Pues bien, no hay una sola revista científica prestigiosa hispana. Ni aun de divulgación científica. Curiosamente, en España se hace cada vez más ciencia, pero el español está cada vez más vedado en ella. Me explicaba el matemático Alberto Pérez de Vargas: "Los escritos de matemáticas enviados en español son directamente tirados a la papelera ¡en las publicaciones españolas! ¡Hasta la filología hispánica se escribe cada vez más en inglés, por estudiosos españoles! He aquí un dato sintomático: nos reunimos científicos españoles e hispanoamericanos en la Universidad de la Rábida y... ¡nos comunicamos en inglés!".
No, nuestro idioma dista de gozar de pujanza alguna, pues cada vez es menos expresión de cultura superior o de cultura a secas, y cada vez más de simple basura. Pocas cosas de interés se publican en español. No es una batalla perdida, pero afrontarla exige admitir los hechos.
El memorial del Holocausto en Berlín ofrece una amplia información sobre la persecución nazi contra los judíos, bajo la razonable advertencia de Primo Levi: "Ocurrió una vez, puede ocurrir de nuevo". Sin embargo, algo nos deja insatisfechos: se nos muestra el cómo, pero no el porqué. Insistir incansablemente en el cómo a modo de vacuna contra una repetición del crimen, podría tener efectos finalmente contrarios. En definitiva da la impresión de que los nacional socialistas se volvieron, por así decir, locos de maldad, y decidieron realizar un acto que parece a casi todo el mundo un crimen terrible, probablemente porque la mayoría, creyentes y no creyentes, estamos impregnados de moral religiosa. Y además de terrible, sin sentido alguno.
¿Por qué, en definitiva, decidieron los hitlerianos exterminar a los judíos? Eso no suele quedar claro, a menudo se alude a su irracionalismo, pero eso no pasa de ser una seudoexplicación. El ser humano vive, le guste o no en el reino de la razón, e incluso las tendencias llamadas irracionalistas necesitan justificarse mediante razones, para no quedar en simples disparates. Los nazis, por supuesto, tenían sus razones. Dos de ellas, al menos, eran inmediatas: a) en la historia ha habido muchos genocidios, y pronto quedan en el olvido, o en todo caso no tienen vuelta atrás. Hitler mencionó alguna vez el de los indios de Norteamérica y el más reciente de los armenios. Por lo tanto, ninguna convención moral debía oponerse a razones de conveniencia histórica más profundas; b) aunque la posibilidad de un exterminio de los judíos estuvo siempre presente en la doctrina nazi, durante años el régimen pensó más bien en forzarlos a emigrar, o hubo planes para deportarlos a Madagascar, ya comenzada la guerra. La "solución final" surge ya avanzada la guerra, y posiblemente como represalia por la persistencia de Inglaterra en mantener la lucha. Para los nazis, los culpables de la continuación de la guerra eran la plutocracia judaica en particular y el pueblo hebreo en general (no solo ellos hacían esta acusación). Por consiguiente, los judíos debían pagar su culpa, y ganara quien ganase, resultar los grandes perdedores. La guerra misma ofrecía la mejor posibilidad de llevar a cabo tal programa. Si Alemania vencía, los hechos quedarían justificados u olvidados; y si perdía, el enemigo judío no iba a poder alegrarse, de todas formas.
Esta es una razón de tipo paranoico, parecida a la de quienes ven a la masonería, o a la CIA o a cualquier particular mano negra detrás de todos los males que afligen al hombre; pero, desde luego, no es pura irracionalidad.
A mi juicio subyace en el Holocausto otra razón más profunda: la concepción científica de que el hombre es, en definitiva, un animal, con ciertos rasgos especiales pero ninguna relación con lo que suele llamarse divinidad. No se trata solo de la lucha por la vida o la selección natural: el hombre, según su interés, impone a los animales procesos artificiales de selección, y a tal fin elimina sin escrúpulos morales a los animales considerados perjudiciales o inferiores. La idea, experimentada desde tiempo inmemorial, puede –debe, según esa concepción– aplicarse al propio ser humano: las razas e individuos humanos considerados inferiores pueden ser eliminados, si ello conviene por una u otra razón (un destino parecido reservaban a los polacos y rusos). ¿Qué podría oponerse a ello? ¿La justicia divina? ¿El castigo en el otro mundo? Los nazis, al menos los más consecuentes, sabían que tales cosas no existen, y que, por tanto, el exterminio solo debe considerarse un crimen si perjudica a las razas superiores; un criterio por cierto más real, más racional y más científico que las paparruchas de los curas.
El núcleo de esta concepción resurge hoy con fuerza, pero sus sostenedores afirman no pensar en tales formas de selección, sino que desean el amor, la tolerancia, la solidaridad y la amistad entre todos los humanos. Estos mensajes, sin embargo, introducen de contrabando conceptos más o menos religiosos, nada científicos, por una parte, y ajenos a la idea de libertad por otra; y de una gratuidad ridícula.
No digo que todo esto justifique o demuestre la creencia religiosa, pero como mínimo nos obliga a tratar estas cuestiones con precaución y a no frivolizar sobre ellas.
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Leo en ABC un comentario de Tulio Demicheli sobre Negrín, para el que me pidió mi opinión. La cita es correcta, pero empieza el hombre:
"Al polemista y gran divulgador histórico Pío Moa no le extraña que a Negrín...". ¿Divulgador? ¿Qué es lo que divulgo? Hay algo más lamentable que la desvergüenza de nuestros lisenkos, y es la miseria intelectual y la cobardía moral de nuestra derecha.
Y contrapone: "Más moderadas resultan las valoraciones de los historiadores universitarios. Así, para el norteamericano Stanley G. Payne...". En historia no se trata de "moderación", sino de veracidad y documentación, y el señor Demicheli debería saber que hay cientos de historiadores "universitarios" con opiniones totalmente opuestas a las de Payne o las mías, básicamente iguales. Y que la mayoría de esos historiadores "universitarios" simplemente desacreditan la universidad, una vergüenza de nuestro tiempo.
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La semana pasada, en Época
LA HISTORIA Y SUS INTÉRPRETES
En su célebre conversación aludida la semana pasada, observa Cebrián a González: "Ya decía Ortega que los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla". La frase pertenece a Santayana, creo, pero da igual aquí. Lo grave es que quienes pretenden ilustrar a los españoles sobre su historia demuestren tener tan poca idea de ella. Ya comenté aquella majadería de la guerra de ricos y pobres: cualquier persona con algo de criterio sabe que no es lo mismo hacer demagogia con los problemas de la gente que darles una solución razonable: el Frente Popular supuso mucha más miseria y tiranía para los "pobres", a quienes decía representar.
Sigue Cebrián interpretando: "Es mejor referirse a un golpe de Estado que a una guerra civil, aunque había mucha gente que quería la guerra, por horrible que parezca". Y aclara González: "Empezando por Franco y muchos de sus acólitos". ¿Pueden ignorar a día de hoy quiénes, realmente, querían la guerra civil "por horrible que parezca"? Los demás lo sabemos porque está documentado con abundancia: en primer lugar, el PSOE. Basten estos botones de muestra de la propaganda socialista, en 1934: "¡¡Estamos en pie de guerra!! ¡Por la insurrección armada! ¡Todo el poder a los socialistas!"; "La guerra civil está ya a punto de estallar sin que nada pueda ya detenerla!; "Uniformados, alineados en firma formación militar, en alto los puños, impacientes por apretar el fusil. Un poso de odio imposible de borrar sin una violencia ejemplar y decidida, sin una operación quirúrgica"; "El proletariado marcha a la guerra civil con ánimo firme"... Y tantos más. Las instrucciones secretas para la insurrección lo explicaban: se trataba de una guerra civil. Solo Besteiro se opuso, en vano, a aquel "envenenamiento de las mentes de los obreros" y al "baño de sangre" en preparación.
La Esquerra de Companys, compañera de insurrección del PSOE en octubre del 34 también se había proclamado "en pie de guerra" tan pronto la derecha ganó las elecciones de noviembre de 1933. Los comunistas, asimismo, deseaban abiertamente la guerra, y la CNT organizaba constantes insurrecciones. Pero hay una diferencia: el PCE y la Esquerra carecían de fuerza, y los anarquistas de disciplina, para organizar a fondo la contienda. El PSOE, en cambio era el partido mayor, más organizado y disciplinado. Su decisión marcaba el destino de la república, y su decisión fue la guerra. Fracasada su intentona del 34 (con 1.400 muertos), acabó de destrozar la legalidad republicana entre febrero y julio de 1936, provocando el levantamiento de quienes no estaban dispuestos a sufrir una revolución izquierdista.
¿Qué decir de Franco? Tres cosas: defendió la república en 1934, fue el último en sublevarse, después de haberlo hecho anarquistas, Sanjurjo, socialistas, nacionalistas catalanes, comunistas y republicanos; y lo hizo cuando las izquierdas habían arruinado la legalidad y tenían en marcha un proceso revolucionario.
Estos datos, insisto, no han sido refutados y me parecen irrebatibles ante la abrumadora documentación existente y puesta a la luz por mis estudios, entre otros. La pregunta es: ¿conocen los hechos González y Cebrián? Si los ignoran, ¿qué historia van a enseñar? A primera vista no entra en la cabeza tal exhibición de ignorancia por parte de ¡un ex presidente del gobierno y un académico de la lengua y ex director de El País! No mejoran, en verdad, una conversación de taberna, y ese es su nivel.
Pero en realidad los dos conocen los hechos y, al revés que la mayoría, no se identifican con el Frente Popular por ignorancia, sino a sabiendas. ¿Cómo explicar, si no, su activo esfuerzo por ocultar los datos y eludir el debate, recurriendo a censura y presiones inquisitoriales? No siguen, ciertamente, a Besteiro, que con tanta lucidez señaló la falsedad propagandística y previó el baño de sangre resultante.
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http://www.elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=2505
Vidal Quadras ha resultado un político de mantequilla. Gracioso su análisis del pre congreso de Valencia: las críticas externas habían abierto una brecha en la muralla de Rajoy, pero luego la caballería no se lanzó al ataque por la brecha y el peligro pasó. Buen análisis: ¡precisamente él debía haber sido uno de los jefes de la caballería! Pero el peligro no pasó, Vidal, y lo de menos es el peligro para el PP.
Cospedal: "Aunque les pese a algunos somos un partido moderno y renovador"
Como el de Zapo. Hasta imitando su lengua de madera.
"España y Baleares". Como "España y Cataluña", o "España y Euskadi". Les traiciona el subconsciente: las "naciones".
¿Quién es peor, Nebrera o Sánchez? Pésimas perspectivas para el PP en Cataluña.
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Zapo: "Treinta y siete veces en ciento veintinueve años nos hemos reunido en un congreso ordinario. Trece veces hasta el final de la República, trece veces en el exilio, y con esta, once veces en democracia. Siempre nos hemos reunido bajo las mismas siglas, siempre bajo los mismos valores, siempre con la misma voluntad".
Cierto, los valores de la Trola, el Choriceo y el Puterío, tan bien representados en su modelo Negrín. La voluntad que llevó a ese partido a organizar, textualmente, la guerra civil. Nada que rectificar.
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Boicot a la recogida de firmas
Nacionalistas catalanes cuelgan en una web una foto de Rosa Díez con un tiro en la frente"
Síntomas. Los síntomas de la cheka y de la ETA, del proceso de paz y la memoria histórica. Todo llegará, si no se les para a tiempo.
Esta semana en Época
¿POBRES CONTRA RICOS?
Lamento no haber leído en su día el libro de Felipe González y Juan Luis Cebrián El futuro no es lo que era, por suponerle un valor intelectual nulo. Y tal es su valor, como compruebo ahora; pero ello no impide que se trate de un libro influyente, muy influyente: como que traza las líneas maestras de la actual involución política. La falsedad, ya lo decía Revel, es hoy la fuerza más poderosa.
El pedestre nivel intelectual (y moral) del influyente orientador de la opinión de izquierda queda constantemente de relieve en frases como estas: "Uno de los personajes de mis novelas, una mujer perteneciente a una buena familia de la sociedad madrileña, explica que la guerra civil fue una guerra entre ricos y pobres, y la ganaron los ricos. Ese me parece un resumen perfecto de la historia reciente de España, hecho, además, y no con cinismo, por alguien que pertenecía a los vencedores. Sin embargo, estas consideraciones no les dicen mucho a los jóvenes de ahora".
Cebrián inventa un personaje de ficción y a seguido le atribuye un "resumen perfecto de la historia reciente", ¿cabe argumentación más fina y sólida? Una simplificación, o mejor simpleza, que ni siquiera el barato marxismo carpetovetónico sostendría tal cual. Y reveladora de ignorancias profundas, ni siquiera tolerables en un discutidor de taberna.
Pues entonces deberíamos creer que la mitad de los españoles, que lucharon en el bando nacional o lo apoyaron, eran ricos; y que gentes como Negrín, Prieto, Companys, Aguirre, Azaña y los demás jefes del Frente Popular eran pobres o los representaban, como asimismo Stalin. Sorprendentemente, aquellos pobres demostraron muy poco interés por su propia causa: su bando se quedó con todas las reservas financieras, la gran mayoría de la aviación y la marina, las municiones y las fábricas, la mitad del ejército y más de la mitad de las fuerzas de seguridad...para retroceder rápidamente. Todos los episodios de heroísmo (Simancas, Alcázar de Toledo, Oviedo, etc.) los realizaron los ricos, mientras los pobres tuvieron que ser forzados a luchar mediante reglamentos terroristas y fusilamientos a mansalva, sin parangón con los métodos de los ricos. Y a retaguardia no había modo de inducir a los pobres a trabajar de firme por su pretendida causa: las campañas de propaganda llamándoles a esforzarse nunca lograron su objetivo, como demuestran las cifras de producción, en permanente descenso; o como indican testimonios sangrantes de Azaña, Zugazagoitia y otros. Los pobres, en fin, se detestaban tanto unos a otros que ni la permanente amenaza de los ricos les disuadió de asesinarse, torturarse y emprender dos guerras civiles entre ellos. En fin, los pobres contemplaron cómo sus ejemplares jefes se iban al exilio con inmensos tesoros desvalijados al patrimonio histórico y artístico del país y a particulares, hasta a los montes de piedad: ahí sí resultaron pobres, en el doble sentido de la palabra.
Besteiro condenó el "Himalaya de mentiras", el "envenenamiento de las conciencias" en que se sustentó el Frente Popular; Marañón, Pérez de Ayala y Ortega, padres espirituales de la República, terminaron maldiciendo en frases inolvidables a aquel régimen y sus líderes: "estupidez y canallería", "constante mentira", "bestial infamia de esa gentuza inmunda", "fracaso trágico", "crimen, cobardía y bajeza"...; el propio Azaña renegaba de aquella "política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta".
Cebrián, lumbrera inspiradora de la izquierda, promotor del cambio de la unidad contra la ETA y el separatismo en unidad de todos ellos contra la derecha, no se identifica con Besteiro, Marañón y los demás citados, sino con gente tipo Negrín y Prieto. Propugna, por tanto, renovar el "Himalaya de mentiras", a fin de que los "jóvenes de ahora", sepan qué deben pensar y saber, tanto del pasado como del presente.
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(De Años de hierro)
Mientras el afianzamiento del régimen y los problemas de la reconstrucción absorbían la atención del gobierno, al norte de los Pirineos y en Extremo Oriente se gestaba un enfrentamiento general.
Así como en los años 20 y principios de los 30 el comunismo fue la principal fuente de perturbación en Europa, el triunfo de Hitler en Alemania, en 1933, instaurando el III Reich, convirtió al nacionalsocialismo en el mayor peligro para la estabilidad europea, sin que por ello desapareciese el primero. Comunismo y nazismo se habían combatido a muerte en Alemania, y entre los dos habían empujado a la ruina a la democracia de Weimar, surgida de la I Guerra Mundial.
Ambas ideologías tenían mucho en común: una idea del estado mucho más totalitaria que en España o incluso en Italia; el mensaje de una radical emancipación, humana o racial, proyectando sobre un agente definido –la burguesía o el judaísmo– toda la carga de la culpabilidad histórica; un desprecio radical por los intereses y la misma vida de los declarados culpables, cuya eliminación, incluso física, tendría efectos liberadores; un concepto muy elástico de dichos "culpables": la burguesía podía incluir desde los financieros a los propios comunistas disidentes, pasando por los campesinos o los intelectuales. Y el judaísmo designaba a un pueblo acusado por igual de plutócrata y de promotor del comunismo, pero el odio y desprecio nazis abarcaban a otros muchos pueblos, en particular a los eslavos; el comunismo era militantemente ateo, y el nazismo, de rasgos paganoides, venía a serlo de hecho; uno y otro se proclamaban científicos y evolucionistas, con una u otra interpretación de Darwin; y, un tanto paradójicamente, cultivaban el heroísmo y el sacrificio, si bien con estilos distintos.
Tampoco faltaban algunos rasgos comunes entre los máximos líderes de ambas ideologías, Hitler de 50 años, y Stalin, de 61. Los dos se sentían poseídos de una misión histórica ante la cual deberían ceder cualesquiera otras consideraciones, y mostraron en todo momento una resolución despiadada hacia sus enemigos, incluso hacia sus correligionarios. Nadie había matado hasta entonces más comunistas que Stalin, empezando por la plana mayor de los revolucionarios de octubre del 17, y seguiría con esa costumbre hasta el fin de sus días; Hitler había hecho asesinar, en 1934, a unos 200 seguidores suyos de las primeras horas, en la "noche de los cuchillos largos", entre ellos la plana mayor de las SA, (Sturmabteilungen o Secciones de asalto), que tanto le habían ayudado a conseguir el poder; si bien, al revés que Stalin, no insistiría en esa línea contra los suyos. En lo demás, diferían. Hitler tenía una mentalidad más militar, y Stalin más policíaca; el historial de Hitler era más bien el de un agitador de masas, y el de Stalin el de un conspirador y terrorista; el alemán preconizaba abiertamente el fanatismo y la violencia, y el georgiano empleaba demagogia seudohumanista. Éste poseía también una amplia cultura, bastante superior a la del líder nazi. En 1939, Stalin cargaba ya con montañas de cadáveres, siendo aún escasas las víctimas de Hitler. Compartieron también el sistemático "culto a la personalidad", como sería llamado más tarde.*
Los nacionalsocialistas habían llegado al gobierno sobre la ola de la frustración popular por una crisis económica que golpeaba al país con especial crudeza, del resentimiento por las condiciones abusivas del Tratado de Versalles impuesto a Alemania cuando ésta perdió la I Guerra Mundial, y del temor al comunismo. Alcanzado legalmente el poder, destruyeron las leyes y libertades democráticas, aplastaron a los comunistas y aplicaron una planificación económica que dio, de principio, excelente fruto. El paro galopante fue absorbido y la industria volvió a trabajar a pleno rendimiento, mucha de ella para el ejército. En solo seis años, de 1933 y 1939, Alemania recobró el rango de gran potencia.
El mayor peligro del dinamismo nazi provenía de sus pretensiones expansivas. Según sus doctrinas, los alemanes tenían derecho a un "espacio vital" a costa de las naciones vecinas. Hitler expresaba doctrinalmente esas aspiraciones, y al mismo tiempo afirmaba que sus proyectos señalaban el camino hacia una "paz auténtica y duradera", superando los abusos del pasado. Parejamente Stalin, constructor de la dictadura quizá más absoluta que había conocido el mundo, y director de la Comintern, dedicada en cuerpo y alma a atacar el capitalismo, predicaba sin descanso la democracia y la paz.
Para el Kremlin, el ascenso nazi había sido un flagelo, no sólo porque había aniquilado al partido comunista alemán, puntero de la Comintern, sino, sobre todo, porque auguraba la agresión a la URSS, aunque ésta se hallase protegida, de momento, por los estados intermedios Checoslovaquia, Polonia y Rumania. Esa inquietud había cambiado la anterior estrategia comunista, de subversión directa y violenta contra la burguesía en todos los países, por la de "frentes populares", buscando acuerdos con las potencias democráticas y con amplios sectores burgueses a fin de aislar al fascismo en general, y a Alemania muy en particular. En la doctrina y mentalidad soviéticas, tanto las democracias como los fascismos eran potencias "imperialistas" que colisionaban entre sí, en su afán por nuevos mercados y por la explotación de las colonias. Stalin venía anunciando la proximidad de una nueva guerra imperialista, y esa idea determinaba su orientación global. El dilema era: ¿empezaría ese conflicto como una agresión nazi a la URSS, o como un choque entre las potencias democráticas y las fascistas? Su máximo interés estaba en lo segundo, pues entonces todos sus enemigos se agotarían luchando entre sí, dejando la Europa centro-occidental aún más devastada que la guerra del 14, y a la URSS como árbitro absoluto de la situación, abriendo paso a la revolución en todo el continente.
Por lo mismo, Stalin temía que las democracias hiciesen concesiones a Hitler, a fin de desviar su agresividad hacia la URSS. Temor no irreal, dado que muchos políticos demócratas temían más al comunismo que al nazismo, y la aniquilación mutua entre ambos no dejaba de parecerles una salida interesante.
Sólo dentro de esa concepción general había cobrado sentido el apoyo de Stalin al Frente Popular español, pues, evidentemente, sus protestas de simpatía por la democracia carecían de valor. La intervención en la guerra española había sido una aventura arriesgada para la URSS, por las grandes distancias y por el riesgo de conflicto abierto con Alemania; y también costosa, si no en dinero –se aseguró el pago de la ayuda mediante las reservas de oro españolas– sí en prestigio. Pero la empresa merecía la pena, porque mantenía lejos de sus fronteras, al otro extremo de Europa, un dramático foco de tensión entre Italia y Alemania, por un lado, y Francia y Gran Bretaña por otro, que debiera abocar al conflicto armado entre ellas, anhelado por Stalin. De paso, la ayuda a España ofrecía la oportunidad de asentar, bajo cobertura democrática, un nuevo régimen de tipo soviético a espaldas de la Europa capitalista.*
Pero las democracias no habían respondido a los cálculos del Kremlin. Inglaterra, en menor medida Francia, habían tratado de aislar el foco bélico y revolucionario español, aprensivas de su contagio, y no habían visto mal que las potencias totalitarias se enzarzasen entre ellas a través de España. Además, el asolamiento del país les facilitaría condicionar la política de Madrid al llegar la paz, mediante créditos para la reconstrucción que ni Italia ni Alemania podían ofrecer. Por ello, en lugar de actuar directamente en la contienda, como deseaba Stalin, las democracias habían optado por la no intervención, haciendo la vista gorda a las intervenciones soviética y germanoitaliana, procurando al mismo tiempo mantener el equilibrio entre ambas. Por otra parte Hitler había coincidido con Stalin en el interés por alargar la guerra española, si bien por razones distintas: el primero buscaba alejar la atención de sus maniobras expansionistas en el centro de Europa, dirigidas contra Austria y Checoslovaquia y distanciar a Italia de Gran Bretaña.
Así pues, Moscú no había sacado nada en limpio de su aventura española, salvo bazas propagandísticas como supuesta defensora de la libertad frente a la traición de las democracias "burguesas". Pero mientras intentaba promover el cerco de Alemania y el conflicto en occidente, Stalin, con su clásica ambigüedad "dialéctica", y con el mismo fin de alejar de sí la agresión nazi, procuraba acercarse al III Reich. El acercamiento empezó a concretarse en la primavera de 1939, cuando la lucha en España tocaba a su fin, y se aceleró durante el verano.
A su vez las democracias se hallaban atenazadas por la propaganda pacifista y por el recuerdo de las enormes pérdidas humanas y económicas de la guerra anterior. Ante el enrarecimiento de la situación, habían emprendido un impopular rearme. Gran Bretaña, más fuerte y decidida, parecía vacilar entre la idea de empujar a Hitler contra la URSS –lo cual significaba sacrificar Checoslovaquia y Polonia–, y su política tradicional de equilibro de poderes en el continente. De la anterior guerra europea, Londres había sacado la lección de la inconveniencia de implicarse demasiado en los asuntos continentales, pero Alemania se estaba configurando como un poder excesivo, al que Francia no podría contrapesar por sí sola. Esta trama de expectativas inciertas y contradictorias se desarrolló a lo largo de 1939.
* Aunque el "culto" a Hitler era algo más sobrio que el aplicado a Stalin: "El camarada Mirónof tocó una tonada y todos nos unimos en la cantinela familiar: Cantemos una canción, camaradas/ al más grande de los hombres/ al más grande y el más amado/ A Stalin cantemos una canción" (1). Se esperaba incluso, y en gran medida se cumplía, al menos externamente, que las propias víctimas de Stalin le profesaran casi adoración, algo que los hitlerianos no llegaban a exigir.
* La actitud soviética hacia España ha sido objeto de debate. Bastantes historiadores dan por buena la versión oficial soviética de que Stalin solo quería contener a Hitler mediante la defensa de la democracia española y la alianza con las democracias europeas. Por supuesto, quería eso, pero también mucho más. El análisis de su postura exige tomar en cuenta otros factores: las ideas soviéticas cobre los "países imperialistas", sus tácticas de frentes populares, su desconfianza radical de las democracias, y su política concreta en España, que persiguió por sistema el adueñamiento del poder por los "demócratas" comunistas. Y la democracia española había dejado de existir antes de la guerra civil, debido en parte menor, pero no desdeñable, a la política del PCE.
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"Estimado amigo,
El pasado martes, 1 de julio de 2008, volvió a ver la luz el desaparecido Diario YA, aunque en esta ocasión lo hace a través de internet. Es un proyecto que nace desde la humildad y que no persigue otro objetivo que recuperar una línea editorial que, desde 1996, ningún otro medio de comunicación generalista, impreso o digital, ha querido o sabido defender: las raíces cristianas de España y el espacio que a los católicos nos corresponde en la sociedad actual.
Los medios materiales son escasos, pero mucha la ilusión y la responsabilidad. Sabemos que nos dirigimos a una España distinta a la de la Transición o a la de los años dorados del viejo YA, también diferente a la que observó estupefacta cómo desaparecía una cabecera histórica. Y sin embargo, tenemos la firme convicción de que la empresa, como ya demostró el Cardenal Herrera Oria hace casi un siglo al fundar la Editorial Católica, merece la pena. Somos herederos de una tradición periodística que tiene que ver con el respeto a la verdad, con la defensa incondicional de la vida humana desde el momento de la concepción, con la dignidad del Hombre, con el compromiso social que todo medio de comunicación debe tener siempre. En definitiva, hemos de ser coherentes con nuestra condición de católicos.
DiarioYa.es no será un medio de comunicación clerical. En España se hace mucha y buena información religiosa en otros medios generalistas, pero nuestro objetivo es otro, más ambicioso, seguro que más difícil también: ofrecer a nuestros públicos una visión integral de la realidad desde la perspectiva católica. Interpretar cada hecho, cada acontecimiento, cada declaración a través del prisma de nuestra fe. Para ello, además de desarrollar un trabajo editorial asentado en el humanismo cristiano, hemos contado con algunas de las mejores firmas del mundo universitario (Universidad San Pablo CEU de Madrid) y periodístico; porque, como dijo el Padre Herrera, "no sólo se trata de hacer un periódico católico, antes que eso debe ser un buen periódico".
La lista de nuestros colaboradores, que irá creciendo en los próximos meses, contiene nombres tan importantes como el Padre Ángel David Martín Rubio, el periodista y sacerdote Manuel María Bru, los profesores José Luis Orella, Carlos Gregorio Hernández, Javier Paredes y José Escandell, Manuel Morillo (Foro Arbil), la psicóloga Pilar Muñoz, etc. Además de conocidos reporteros del mundo del deporte, como Pedro Pablo Parrado, Miguel Ángel Guijarro o Fernando Ballesteros.
Nuestro consejo asesor también demuestra la línea de compromiso con nuestros valores que hemos adquirido, y a la que de ninguna manera vamos a renunciar en este largo camino que aún tenemos por delante: el escritor y articulista Juan Manuel de Prada, el psiquiatra Aquilino Polaino, los periodistas Manuel María Bru y Alberto Delgado o el ex director de Informativos de TVE Alberto Miguel Arruti dan buena muestra de ello.
En definitiva, un apasionante proyecto periodístico en el que vamos a tener muchas dificultades, sin duda, pero en el que estamos decididos a continuar, porque creemos que hace falta. Porque hay muchas cosas que contar en esta España a la que algunos han robado parte de su propia historia. Porque es crucial la batalla por los valores y los principios que sólo los católicos, con la ayuda de nuestro Padre, podemos desarrollar con firmeza y humildad. Porque, en parte, es también nuestro deber como seguidores de Jesucristo.
Si quiere conocer cómo es el nuevo DiarioYa, sólo tiene que "pinchar" en la siguiente dirección: www.diarioya.es
Muchas gracias.
Rafael Nieto
Director de DiarioYa.es
Los socialistas, separatistas e izquierda en general, en su continuada degradación de las Cortes, quieren reivindicar oficialmente la "buena memoria" de Negrín. ¿Por qué? Porque es su modelo. La maniobra viene de atrás, y hace unos años escribí algo sobre ella. Su modelo, insisto:
A vueltas con Negrín
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Dentro de la historiografía académica de tendencia “progre”, que sería chistosa si no hubiera tenido durante largos años los medios de acallar cualquier réplica, y de presentarse a sí misma como la única historiografía “profesional”, acaba de publicarse una biografía de Negrín, por el catedrático Ricardo Miralles. |
Prologa el libro P. Preston, para quien Negrín “fue el gran estadista de la lucha contra Franco y sus aliados fascistas”. Según él, las críticas a Negrín proceden sobre todo de Bolloten, condicionado a su vez por “los renegados ex comunistas que publicaron sus memorias bajo la dirección de Gorkín y financiados por (…)
A Preston le encanta el libro de Miralles, y no es de extrañar. Empieza éste planteando el asunto con una mezcla de infantilismo y mala fe. Según él, sobre Negrín sólo hay hasta ahora “juicios y sentencias, opiniones y fallos”. Vamos, defensores y detractores, sin más, como si el libro de Bolloten, entre otros, se limitase a una colección de asertos gratuitos. Entre los apologistas de Negrín, Miralles encuentra matices y aspectos aprovechables. No así en el otro campo: “Entre sus detractores ha existido una rara unanimidad que podríamos resumir en un Todos contra Negrín”.
Para corregir tan deplorable panorama, Miralles plantea la cuestión así: “Las tres grandes acusaciones hechas a Negrín fueron que entregó
Si uno acepta que la república del 14 de abril siguió existiendo tan campante después de que el gobierno de Azaña-Giral entregase las armas a los sindicatos y se impusiese una revolución de brutal violencia en la zona controlada por el Frente Popular; si acepta que los socialistas de Largo y Prieto, así como los comunistas y los anarquistas eran demócratas, o que Stalin protegió la libertad en España, entonces la posición de Negrín es difícilmente atacable, o por lo menos resulta mucho más coherente que la de Prieto, Largo Caballero y cuantos le hacen las acusaciones vistas.
Pero no es obligatorio, afortunadamente, comulgar con tamañas ruedas de molino. No obstante vale la pena seguir la polémica entre quienes creen tales cosas. Esa polémica está muy bien expresada en el intercambio epistolar entre Prieto y Negrín, cuando ambos, ya en el exilio, disputaban acerbamente por el control del cargamento del yate Vita. Negrín acusaba a Prieto de haber contribuido a la derrota con su política vacilante y derrotista, y éste replicaba: “Después de haber presidido tan colosal desastre, después de haber originado, con el uso de un poder personal, ejercido en beneficio exclusivo de determinada agrupación (se refiere al Partido Comunista), disensiones hondísimas que condujeron a millares de hermanos a despedazarse entre sí, y teniendo todavía ante los ojos el espectáculo de medio millón de españoles debatiéndose en la miseria y sometidos a las más viles humillaciones (esto está escrito apenas terminada la contienda. Antes de que terminase aquel año 1939, casi tres cuartas partes de los exiliados habían vuelto a España, dato generalmente olvidado por “historiadores” de esta línea), de las que una elemental previsión reiteradamente aconsejada les hubiera librado, después de todo eso, ¿se atreve usted a decir que yo incubaba la catástrofe? Jamás conocí un sarcasmo tan terrible como el contraste entre sus inmensas responsabilidades y su jactanciosa actitud que le permite condenar caprichosamente a los demás, y encima exigir, a guisa de premio, el reconocimiento de su jefatura de Gobierno con carácter permanente por indefinido”. Negrín, por su parte, insistía en que “a nuestra causa no la han vencido los facciosos. No. La han vencido las asechanzas de unos cuantos malandrines”.
¿Quién tenía razón? En apariencia, Prieto. Una de las cosas más llamativas en los líderes republicanos y revolucionarios es su total ausencia, al menos en sus escritos, de sentimiento de responsabilidad o culpa por los desastres ocurridos bajo su mando. Azaña y Alcalá-Zamora, bajo cuyas presidencias del gobierno y del estado respectivamente rodó el país a la catástrofe, se las arreglan para cargar todas las responsabilidades sobre lo demás, y otro tanto hace Negrín al discutir con Prieto.
Y sin embargo, es Negrín quien, si damos por válidos los planteamientos que les eran comunes (defensa de la república y la democracia, etc.) tiene razón, o por lo menos tiene la mayor parte de razón. Pues para vencer al fascismo no había otra opción que apoyarse en Stalin y sus agentes, los comunistas españoles, ya que las democracias no acababan de reconocer como una de las suyas al régimen edificado sobre el derrumbe revolucionario de julio del 36. Los comunistas rusos y españoles eran los únicos que tenían medios, y algo más importante que medios: una auténtica estrategia. Apoyarse, a no ser muy secundariamente, en el conglomerado de anarquistas, azañistas, socialistas de Prieto o de Largo Caballero y grupos parecidos, habría llevado a la derrota en muy pocos meses. La resistencia sólo podía plantearse en los términos en que Negrín lo hacía, y éste no dejaba de tener bastante razón cuando maldecía a los derrotistas y maniobreros que perturbaban sus esfuerzos.
Lo que Prieto y Negrín pasaban por alto era el coste gigantesco, en medios y en vidas, de aquella política, única posible desde su propio planteamiento. Ese coste era, para empezar, la pérdida de la independencia española y del control sobre sus reservas financieras (Preston tiene gracia cuando, en crítica al aserto de Bolloten de que Negrín hizo mucho por extender la influencia comunista, recuerda el auxilio fascista al otro bando… donde no tuvo ese inmenso coste). Otra tremenda exigencia de esa política consistía en la multiplicación de las víctimas y destrucciones en una resistencia sin sentido… a no ser que enlazase con la guerra mundial, lo cual habría multiplicado el número de víctimas y destrozos. No hubo coste en democracia, porque la misma había dejado de existir antes de la hegemonía comunista, pero sí lo hubo en supeditación de las demás fuerzas políticas a la estrategia soviética, en nombre de la disciplina contra el enemigo común.
Cada uno de estos sacrificios habría justificado una rebelión de los anarquistas, socialistas y republicanos contra Negrín y los comunistas, y así terminó ocurriendo, aunque ya in extremis. Los “malandrines” de que habla Negrín fueron, efectivamente, quienes terminaron con la resistencia “republicana”, pero debe reconocerse que habían sufrido tanto a manos de Stalin y sus secuaces españoles, que prefirieron la represión franquista.
Estos terribles costes no impresionan lo más mínimo a Preston o a Miralles, que, en función del objetivo de vencer al franquismo pasan por alto —como Negrín— cualquier sacrificio… ajeno, naturalmente. Pero el libro merece más comentario y hablaremos más de él.
"Realizaciones" financieras de Negrín
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No se entenderá cierta historiografía si no se atiende a sus presupuestos implícitos, a menudo poco visibles. De ahí, a menudo la dificultad de la crítica. Al abordar el libro de Miralles sobre Negrín poco adelantaríamos sin tener en cuenta esa realidad. |
Miralles sostiene en el capítulo “Cómo se financió aquella guerra”, que, contra la opinión de Largo Caballero, Prieto, Araquistáin y muchos otros, el envío de las principales reservas de oro españolas a
No tan normal, sin embargo, incluso si nos empeñamos en creer democrático al Frente Popular. Pues hay una diferencia abismal entre depositar las reservas en una democracia de funcionamiento financiero claro y reglado internacionalmente, y depositarlas en un régimen totalitario, de finanzas opacas, burocracia cerrada, y difícil comunicación, como recuerda Martín Aceña en su estudio El oro de Moscú y el oro de Berlín. El primer y más grave efecto de tal decisión fue, no que el estado español se pusiese en situación de ser estafado —lo fue, según tantos historiadores, aunque dudo que en tan gran escala como dicen, pues la ganancia para Stalin no era tanto el dinero como el poder —, sino que el Kremlin tomaba el control del tesoro y, de paso, del propio Frente Popular, al cual podía presionar, y presionó, para imponerle su política.
¿No perciben Miralles o Preston la diferencia? Pero está ahí, y es determinante. Y hay muchas más diferencias. Por ejemplo, la decisión fue tomada de modo a su vez opaco, por tres ministros socialistas (Largo Caballero, Prieto y, sobre todo, el propio Negrín, entonces ministro de Hacienda), contraviniendo diversas leyes y al margen del resto del gobierno y del mismísimo presidente de la “república”, Azaña. Tan poco confiaban unos en otros. ¿Obraría Churchill de modo semejante?
Para apreciar la situación en su conjunto debe recordarse que Negrín, ya antes de heredar el puesto de Largo, desempeñaba su cometido en Hacienda con autonomía inusual en gobiernos normales. Coinciden en señalarlo Zugazagoitia, de tendencia negrinista; el anarquista Abad de Santillán, para quien el ministro “ha hecho, con la tapadera de la guerra, lo que ningún gobernante, ni siquiera la monarquía absoluta, había podido hacer en España”; o Largo Caballero, en unas patéticas quejas: “El señor Negrín, sistemáticamente, se ha negado siempre a dar cuenta de su gestión”, “de hecho, el Estado se ha convertido en monedero falso [alude a la función legal de las reservas como respaldo del valor de la peseta, el cual se desplomaría si trascendiese la noticia del envío del oro a Moscú]. ¿Será por esto y por otras cosas por lo que Negrín se niega a enterar a nadie de la situación económica? (…) Desgraciado país, que se ve gobernado por quienes carecen de toda clase de escrúpulos”. Conductas tan fuera de lo común no se daban en el bando franquista ni, seguramente, en el británico o el francés.
Una manifestación de tan extraño funcionamiento, siendo aún Negrín ministro de Hacienda con Largo Caballero, la describe así el propio Miralles: “Negrín creó unidades de elite (…) mandadas por hombres de su confianza (…) perfectamente equipadas, con intendencia especial, equipamiento sanitario de primer orden (…) muy disciplinadas, (…) los “Cien mil hijos de Negrín, como se les conocía popularmente”. Que un ministro de Hacienda utilice los recursos del estado para organizar algo así como un ejército particular, difícilmente puede considerarse de otro modo que como un inmenso fraude, y no falta base a la indignación de Abad de Santillán: “Tenía la llave de la caja y lo primero que se le ocurrió (…) fue crearse una guardia de corps de cien mil carabineros (…) Los que consintieron ese desfalco al tesoro público (…) de un advenedizo sin moral ni escrúpulos, también deben ser responsabilizados por su negligencia o su cobardía”. Sin embargo a Miralles tal arbitrariedad, por llamarla de algún modo, le parece ¡toda una “realización”! del ministro.
Ante las concepciones que permiten a Miralles, a Viñas y otros, presentar como normal y hasta meritorio este conjunto de actuaciones, un ciudadano común sólo podrá desear fervientemente que tales historiadores no lleguen a estar nunca al cargo de las finanzas españolas.
Deseo más acentuado si cabe cuando leemos las frases de Miralles en torno a otras “realizaciones”, en particular la utilización de “otras dos fuentes de recursos financieros puestos en marcha a partir del verano de 1938, coincidiendo con el agotamiento del oro. Me refiero a los activos financieros captados de particulares y/o incautados a aquellas personas e instituciones incursas en colaboración con la rebelión militar (…) Desde muy pronto, ya en su etapa de ministro de Hacienda del gobierno de Largo Caballero, Negrín había puesto en marcha las medidas legislativas necesarias para la captación de activos metálicos en manos del público”. Notable la elegancia del autor al definir como “captación” lo que comentaristas menos proclives al eufemismo describirían probablemente como saqueo generalizado de bienes de particulares y del patrimonio artístico e histórico español. Azaña, en vísperas de su dimisión, rechazó firmar un decreto para enajenar a una sociedad anónima, creada por Negrín, todos los bienes muebles e inmuebles del estado español en el extranjero, alegando su repugnancia a “aparecer a última hora como un salteador” de los bienes de la nación, según señala Rivas Cherif. No tendrían escrúpulo semejante muchos otros intelectuales, según vamos viendo.
El proceso de lo que tan finamente llama Miralles “captación”, resultó muy sencillo: por decreto, el primero de fecha tan temprana como el 3 de octubre de 1936, los particulares eran constreñidos, bajo muy severas amenazas, a entregar al Banco de España todos los metales preciosos y divisas que poseyeran. El gobierno afirmaba su compromiso de “salvaguardar los intereses” de los propietarios y “garantizar su integridad”. Al cabo de un mes, las cajas de seguridad de los bancos fueron descerrajadas y el gobierno se apoderó de toda la propiedad allí depositada, haciendo lo mismo incluso con la de la gente humilde guardada en los montes de piedad. Esto, cuando el Frente Popular aún disponía íntegramente de los enormes recursos del Banco de España.
En realidad, todos los bienes particulares a que tuvieron acceso las autoridades “republicanas” fueron pura y simplemente saqueados, como asimismo una infinidad de edificios religiosos, domicilios privados, palacios, museos e instituciones diversas. Esas labores produjeron un inmenso botín en joyas, obras de arte, colecciones numismáticas y hasta filatélicas, libros antiguos, relojes valiosos, ropajes, utensilios de culto, etc. Los mismos cuadros del Museo del Prado sufrieron incautación y exposición a muy graves peligros, aunque a última hora serían recuperados por España. El desvalijamiento se organizó a veces con el pretexto de cargar los daños de la guerra sobre “los que han tenido participación directa o indirecta en el movimiento rebelde” (lo de “indirecta” abría un campo amplísimo), a cuyo efecto se constituyó una llamada Caja de Reparaciones. Los pillajes tuvieron lugar a menudo con tal desorden que, como señalaba un informe comunista, muchos bienes desaparecían en los bolsillos de los ejecutores y de “los numerosos García Atadell que operaban por su cuenta”.
A menudo los debates se convierten en galimatías porque los presupuestos y valoraciones de los intervinientes son muy distintas, aun si emplean los mismos términos. ¿Cómo podríamos entendernos si no aclaramos previamente que comportamientos como los descritos son considerados normales y democráticos por determinados historiadores? Sólo una vez aclarados esos presupuestos es posible hacerse una idea de la lógica del discurso.
Los negrinistas demuelen
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"Disfruta con tu lengua", dicen los gilipollines, qué otra cosa puede llamarse a esos discípulos de Chikilicuatre, de NNGG (Nuevas Degeneraciones rajoyescas). Criadero de señoritos memos.
Hoy, en El Economista:
He firmado el manifiesto promovido por Savater y otros, porque en algo estamos de acuerdo: en la defensa de los derechos lingüísticos de los españoles. No se trata, claro está, de defender el español común frente a los idiomas regionales, ni de impedir que estos sean promovidos en las respectivas regiones. Se trata de que en varias regiones los políticos emplean el idioma regional, que suelen llamar –impropiamente– propio, como ariete contra el castellano o español común, al que tratan de expulsar de la vida oficial y de la enseñanza. Esta política tiene dos vertientes: busca crear extender entre la gente un ambiente de desprecio u odio hacia todo lo que une a los españoles; y vulnera directamente los derechos de los ciudadanos a expresarse en la administración y la enseñanza, en el idioma común, cooficial en esas regiones.
De este modo, la defensa del español común no solo no ataca a los idiomas regionales, sino que va ligado a la defensa de los derechos ciudadanos. Es, por tanto, un empeño democrático. Por el contrario, las políticas aplicadas por los gobiernos separatistas, el socialista en Cataluña y algunos del PP, corroen de forma sistemática las libertades y la constitución. Esas actuaciones deben inscribirse en un ataque a la democracia y la unidad de España organizado ya desde la transición y que desde la matanza del 11-m se ha transformado en franca involución política. Cuentan hoy con la protección de unos gobernantes que no se sienten españoles y que, como "rojos", desdeñan la democracia.
Por cierto, no se molesten en buscar mi nombre en las listas de intelectuales suscribientes ofrecidas por los grandes medios: para ellos, tan proclives a conceder espacio a basura de todas clases, no existo. Lo cual supone al mismo tiempo un perjuicio y un honor. Tampoco existen otros, no obstante bien conocidos y reconocidos... ¡ni siquiera Jiménez Losantos!
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La pretensión de muchos ateos de basar su ateísmo en la ciencia no parece muy legítima. Lo cual no significa que no puedan estar acertados en su tesis, aunque la funden en argumentos falsos. La ciencia no sigue a la religión, aunque nazca de ella, como no sigue a la razón o el testimonio de los sentidos ni el de la razón.
El argumento de que, habiendo tantos motivos para creer como para no creer en Dios, es preferible creer, por el consuelo que supone, resulta tan peligroso como el de justificar la creencia por la necesidad de mantener el orden social: Dios ya no es el creador todopoderoso, sino una conveniencia personal o social.
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En Años de hierro:
"Franco, entonces, alcanzó una doble y decisiva victoria. Ante todo, había sobrevivido incólume a la guerra mundial, sin haber dejado arrastrar al país a ella; y se encontraba ante una nueva batalla, pero no directamente con las grandes potencias, sino con unas oposiciones que habían perdido pie en la población y por tanto tenían muy pocas posibilidades de triunfar.
Además, la situación interna seguía mejorando. El 27 de febrero de ese año, Simone de Beauvoir había salido de París para Hendaya: "Hacía quince años que había dicho adiós a España (...) Al borde de la carretera una mujer vendía naranjas, plátanos, chocolate, y se me anudó la garganta de codicia y de rebelión: ¿por qué se nos prohibía una abundancia que estaba a diez metros de nosotros? De pronto nuestra penuria dejó de parecerme fatal; tenía la impresión de que se nos imponía una penitencia: ¿quién? ¿con qué derecho? En la aduana me cambiaron mis escudos y rechazaron mis francos (...) En el tren volví a encontrar al viejito; me contó que al verme pasar por la carretera los españoles habían dicho: "¡Es una mujer pobre, no tiene medias!" Bueno, sí, éramos pobres: sin medias, sin naranjas, nuestro dinero no valía nada. En los andenes de las estaciones se paseaban muchachas charlatanas y risueñas, las piernas cubiertas con medias de seda; en los escaparates de los comercios de las ciudades que atravesábamos veía montones de comestibles. En las paradas, vendedores ambulantes ofrecían frutas, bombones, jamón; los comedores de las estaciones desbordaban de comida. Me acordaba de la estación de Nantes, donde estábamos tan hambrientos, tan cansados, y donde sólo pudimos comprar, a un precio exorbitante, unas galletas rancias. Me sentí rabiosamente solidaria con la miseria francesa". Simone compensa luego esta visión, quizá excesiva, con otras estampas de miseria en los barrios obreros de Madrid.
Seguía habiendo hambre, cada vez menos, sobre todo en zonas deprimidas como Extremadura, Galicia o Andalucía, y podían sufrirla más personas de clase media que trabajadores: "Más me valdría haberme casado con un obrero (...) Llevan alpargatas, pero no les falta su buena comida y su buen jornal. Ya quisiera Juan tener el buen jornal de un obrero de fábrica", se queja Gloria en Nada. En 1945 la muerte directa por hambre alcanzó a 236 personas, algo menos de lo habitual en la república, pero la situación sanitaria había mejorado notablemente, por cuanto no hubo sobremortalidad y volvió a descender, por el contrario, la mortalidad normal por comparación con la del año 1935, último normal del régimen anterior. Otra muestra de la seguridad del régimen era el descenso de la población reclusa, que en 1945 bajaba a 43.800, algo menos de la mitad comunes, y sería más baja de no ser por el maquis. Los batallones de trabajo ocupaban (cobrando jornal y redimiendo penas) a 8.122 penados, lo que significaba una rápida reducción para el año siguiente. En 1943 los presos empleados fuera de la cárcel habían alcanzado un máximo de 17.000.
Nueva confirmación indirecta de la estabilidad del régimen fue el retorno de Ortega y Gasset, el 8 de agosto."
(Lo anterior, en relación con lo del otro día, en este blog, sobre la bazofia que El país sirve a sus lectores:
"Esta señora afirma: "En Francia, al día siguiente de que terminara la guerra ya había de todo. ¡Y aquí, en el 50, seguían con las cartillas de racionamiento!". Yo sé que en Gran Bretaña se eliminó el racionamiento sólo dos años antes que en España, pese a que aquel país estaba entre los vencedores y disponía de un extenso imperio colonial. ¿Recuerdas el testimonio de S. de Beauvoir en 'Años de hierro'?
Otro ejemplo del poco caso que hay que hacer de los testimonios personales presentados décadas después de los hechos ocurridos.
http://www.elpais.com/articulo/espana/Cazanazis/espia/enemiga/Franco/elpepunac/20080629elpepinac_4/Tes
Saludos
Pedro Barbadillo"
No voy a molestarme en leer el rollo de El País. Imagino que la buena señora seguirá soltando trolas desde el principio al final. Es una vocación irreprimible en nuestra izquierda).


