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Opinión

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12-VII-2009

Una encíclica polémica y poco afortunada

EDITORIAL

&quote&quoteLa Historia nos enseña que toda desconfianza hacia la acumulación de poder por unas élites siempre está plenamente justificada, pues no facilita ni la libertad, ni la solidaridad ni la subsidiariedad, sino que acaba promoviendo la opresión y la tiranía.

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El debate público generado en torno a la última encíclica de Benedicto XVI demuestra que el Papa sigue ostentando una gran autoridad, no sólo sobre los cientos de millones de católicos de todo el planeta, sino también entre las autoridades políticas y los organismos internacionales. El Vaticano no es un centro de poder, pero la cabeza de la Iglesia Católica tiene la auctoritas, y su voz es escuchada en todo el mundo al margen de las creencias particulares.

Las encíclicas papales con un contenido social, además, acarrean siempre ciertas dosis de polémica y Caritas in Veritate, tercera del pontificado de Benedicto XVI, no iba a ser una excepción. Los defensores de distintos modelos de sociedad y de organización económica siempre encuentran en los documentos del pontífice argumentos para apoyar sus tesis, algunas diametralmente opuestas entre ellas, aunque tal vez no quepa atribuirlo a una ambigüedad premeditada de Benedicto XVI, sino al hecho de que cualquier argumentación prolija sobre una cuestión transversal como la economía o el funcionamiento de la sociedad suele permitir varias lecturas a poco que se sepan seleccionar las citas adecuadas.

Benedicto XVI ha acreditado ya desde sus tiempos de profesor de teología una extraordinaria solvencia intelectual. Su capacidad de análisis de las cuestiones más diversas que afectan al ser humano ha sido destacada suficientemente incluso por sus adversarios, algunos de la talla de Habermas, con quienes ha mantenido varios debates públicos de gran altura académica cuando era cardenal. Esta finura formal caracteriza también su reciente Caritas in Veritate, excelentemente escrita y argumentada, si bien cabe hacer algunas precisiones con las que los liberales católicos no tienen por qué estar de acuerdo. En materia teológica y dogmática, la voz del Papa obliga en conciencia a quienes confiesan la fe católica. En lo social y lo económico, en cambio, sólo son orientaciones que el católico es muy libre de seguir o no.

El Papa defiende en esta encíclica el mercado como sistema de ordenación económica, la libertad individual como atributo indispensable para una vida humana digna y la no injerencia del Estado en cuestiones que atañen a la conciencia individual rectamente formada como elemento fundamental para la existencia de sociedades libres. No podemos más que aplaudir este rasgo de sensatez y valentía del Papa en unos momentos críticos para el mantenimiento de nuestras libertades y dignidad como seres humanos y ciudadanos no sometidos a las injerencias del poder político.

Pero junto a esta defensa clara de los principios que han hecho a nuestras sociedades más libres y más prósperas, Benedicto XVI hace suyos algunos argumentos que, paradójicamente, forman la columna vertebral del pensamiento de izquierdas, entre ellos, y especialmente, los que se refieren a las causas de la crisis. El Papa establece en su encíclica la necesidad de "recuperar muchas competencias por el Estado", cuyo papel está "destinado a crecer", sobre todo en lo que concierne al control del funcionamiento del mercado pues, a su juicio, ha sido la ausencia de regulaciones lo que ha provocado la debacle actual. Antes al contrario, la realidad es que las políticas monetarias intervencionistas de los Estados y de sus bancos centrales son las responsables de que, cíclicamente, la economía mundial experimente periodos de recesión como el que ahora padecemos.

Por otra parte, su apelación a fortalecer el papel de la ONU como garante del progreso humano y su exaltación de la necesidad de una "autoridad política mundial", que "deberá estar reconocida por todos (y) gozar de poder efectivo" se fundamenta en el precepto básico de que esta supuesta autoridad planetaria actuará responsablemente en función de los principios de "solidaridad y subsidiariedad". Sin embargo, la Historia nos enseña que toda desconfianza hacia la acumulación de poder por unas élites siempre está plenamente justificada, pues, en última instancia, no facilita ni la libertad, ni la solidaridad ni la subsidiariedad, sino que acaba promoviendo la opresión y la tiranía.

En consecuencia, respetando la libertad del Papa de orientar la conciencia de los católicos de todo el mundo que quieran seguirle en una cuestión no dogmática, debemos dejar constancia de nuestros reparos acerca de los presupuestos con los que la encíclica aborda ciertos problemas cruciales de nuestro tiempo, deudores, a nuestro juicio, de una visión excesivamente ideologizada. Y además en el sentido equivocado.


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