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La interesante entrevista a George Bush, publicada por el diario El Mundo, no ha conseguido ser falsificada por el editorialista del mismo periódico, que se ha obcecado, cual pollino intelectual, por atizarle al presidente de Estados Unidos sobre algo que él no ha dicho. Pobre. Y, sobre todo, malvado, ¿o acaso no es una maldad atribuirle a alguien lo que no ha dicho? Las decisiones de Bush, persiste el editorialista del diario de Pedro J., fueron tomadas por la inspiración de sus creencias religiosas. Falso. Una cosa es una creencia religiosa de carácter personal e intransferible y otra, absolutamente diferente, sugerir, como hace el editorialista, que Bush ha intentado imponer su credo a través de la política.
Cual asno tras la zanahoria musulmana, o sea, obsesionado por contemplar la religión y la política en clave musulmana, el editorialista está empeñado en presentar a Bush como un fundamentalista, o peor, un político de carácter teocrático, alguien, en fin, que es incapaz de separar el orden político del ámbito religioso. Tal empeño está abocado al fracaso. Resulta imposible equiparar e igualar a un político occidental por muy religioso que sea, y Bush lo es, con un político musulmán. La religión y la política no tienen los mismos vínculos en la democracia occidental que en el mundo islámico. Por eso, precisamente, el correctísimo editorialista de El Mundo, aunque es incapaz de reparar en los matices aportados por Bush sobre la relación entre religión y política, tiene que reconocer perversamente que las decisiones de Bush "en último término las ha tomado con la ayuda de sus asesores".
En efecto, creo que la expresión "en último término" revela la miseria intelectual del editorialista. ¿Miseria? Sí, sí, tanta miseria percibí en esa expresión que al leerla pensé en el dictum de Karl Kraus: "El diablo es optimista si cree que puede hacer peores a los hombres". Bush, por fortuna, no en último término sino desde el inicio, y por convicción política y religiosa, deja claro a lo largo de toda la entrevista que es un hombre religioso, pero eso no significa que sus decisiones sean propias de un "iluminado". A pesar de la insistencia del entrevistador en acusarle de que sus decisiones políticas son frutos de dictados divinos, Bush reitera que su creencia en general, y su oración en particular, es un asunto personal que está lejos de ser impuesta al resto del mundo. Sus decisiones políticas, pues, son antes fruto de la razón que de la creencia, antes "de escuchar los argumentos sólidos y razonados de sus asesores" que de una corazonada mística.
Tampoco la expresión "la libertad es un don de Dios", por otro lado tan quijotesca como occidental, puede interpretarse en boca de un presidente de los Estados Unidos de modo fundamentalista, porque es la principal aportación de ese país a la democracia. Tocqueville, en su famoso libro La democracia en América, lo vio con claridad; parece imposible desvincular religión y democracia en América:
A mi llegada a los Estados Unidos fue el carácter religioso del país lo primero que atrajo mi atención (...). Percibía las grandes consecuencias políticas que se derivaban de estos hechos nuevos. Yo había visto entre nosotros el carácter religioso y al de la libertad marchar casi siempre en sentido contrario. Aquí los encontraba íntimamente unidos el uno al otro, reinando juntos sobre el mismo suelo.
La religión y la libertad siguen, hoy como ayer, en Estados Unidos existiendo juntas. Apoyándose y exigiéndose la una a la otra. Eso era inédito para un europeo, por eso, exactamente, lo resaltó Tocqueville. Fue la gran enseñanza que nos transmitió el filósofo francés a Europa, y a la que se resisten todavía, después de siglo y medio, algunos europeos, entre ellos el editorialista de El Mundo, que se obstina en no entender lo que vio el viajero Tocqueville: en Estados Unidos había una religión políticamente débil, pero moralmente fuerte e influyente en la vida social.
Esa es la postura de Bush. ¿Cuál es el secreto de esta complementaria convivencia entre religión y política? La completa separación entre la Iglesia y el Estado. He ahí la base de la cultura política norteamericana, que ha sido exportada al resto del mundo, desde el siglo XIX hasta hoy, pasando por las películas del Oeste y la última presidencia de los Estados Unidos. Bush no es, pues, un fundamentalista, sino un demócrata. Además, la absoluta separación de Iglesia y Estado no significa que la religión pudiera ser considerada sólo como un asunto meramente privado, sino que es un hecho público, o mejor, una "institución política" capaz de formar a hombres moralmente libres, capaces de enfrentarse y vencer los males que derivan del igualitarismo democrático y de la reducción materialista de la vida a la búsqueda del bienestar.
La religión, según se deriva del análisis tocquevillano, no es sólo un elemento connatural a la naturaleza humana, sino una necesidad civil y social para la salvaguardia y garantía de la libertad. Sospecho que si el editorialista de El Mundo hubiera reparado en esa necesidad civil, quizá no se hubiera cebado en darles patadas a algo inexistente, o peor, muerto. ¿O acaso existen teocracias en Occidente?
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