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Columna publicada el 02-01-2009
Luis Lebredo (Redlands, California, USA) me indica que el cuentecillo de Navidad con que nos obsequió Miguel A. Taboada, es un plagio del cuento "una carta a Dios" del mexicano Gregorio López Fuentes. No creo que se pueda hablar de plagio, pues el amigo Miguel A. Taboada rastrea por internet muchos textos divertidos que luego nos los hace llegar para nuestro solaz. En ningún caso intenta apropiarse él la autoría de los textos. Es más, puede que ni siquiera la sepa. Creo que todos los libertarios agradecemos esa labor recolectora del amigo Taboada. En este caso nos congratulamos doblemente al identificar a Gregorio López Fuentes como autor del cuentecillo de marras. El mejor homenaje que se le puede hacer a un autor es que sus textos circulen por internet de manera mostrenca, mesteña. Por lo demás, se admiten opiniones.
Pere Campos prosigue su letanía de exabruptos: "Hace falta tener nulos conocimientos, no sólo de lingüística, sino del mundo en general, para afirmar, como usted hace insistentemente, que una de las funciones del lenguaje es la de diferenciarse de los demás... Si sus escritos sobre sociología tienen la misma base que sus escritos sobre el lenguaje, es decir, ocurrencias que la vienen a la cabeza mientras toma el desayuno o se ducha, no me extraña que hayan rechazado su manuscrito [el de un libro mío, rechazado por el CIS, en el que se analizan las encuestas del CIS]". Agradezco mucho las diatribas de don Pere (o Pedro). Son un ejemplo perfecto para demostrar mi modesta teoría de que la lengua no sirve sólo para comunicarse sino para destacarse, diferenciarse, decir "aquí estoy yo", lo que no sé es qué mosca le habrá picado a don Pere (o don Pedro) para zaherirme, insultarme y ridiculizarme. Intuyo que don Pere (o Pedro) arrastra un problema personal de descomunales proporciones. Me gustaría ser de alguna ayuda. Por lo demás, la discusión sobre si la lengua sirve también para distinguirse es bastante simple. Es claro, por ejemplo, que la alimentación es para algo más que para proveernos de los necesarios nutrientes. Por lo mismo, la lengua está para algo más que para comunicarnos. Por eso existe la retórica (que todos practicamos) o el discurso vano y oscuro de los políticos o los profesionales, incluidos los sociólogos. Si la lengua cumpliera sólo su destino racional de comunicarnos no habría existido el mito de Babel y hablaríamos una sola lengua y un solo dialecto. Pero eso es imposible. Más aún, si la lengua sirviera sólo para comunicarnos, no existiría la literatura.
Insisto en que la mejor demostración de mi tesis es el texto (realmente un palimpsesto) de don Pere o don Pedro. No trata de comunicar nada sino de distinguirse, lo que ignoro es por qué la ha tomado conmigo, qué delito habré cometido yo (además de haber nacido, como Segismundo). Puede que al hombre le aqueje el típico resentimiento del profesor sin alumnos, del escritor sin lectores. Algo así se dijo de Manuel Azaña.
J.R. Iturriagagoitia se deleita con mis artículos y luego se los imprime para su madre, una señora de 79 años. Le auguro a la curiosa dama una buena vejez.
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