
Introducimos en el habla una serie de muletillas que sirven para ganar tiempo, para reafirmarnos y para otros fines alejados de la estricta eficacia comunicativa.
El habla es la parte de la lengua que empleamos en la vida corriente. Esa selección de palabras y giros no la hacemos sólo con propósitos de comunicarnos y hacernos entender. Hablamos también para expresar nuestros sentimientos, para representar un papel, para convencer y, en ocasiones, hasta para engañar. Pasa un poco como en el atuendo, que no sirve sólo para defendernos del frío, del calor o de las miradas indiscretas. Realmente nos vestimos para otras muchas funciones, por ejemplo, para sentirnos acordes con la moda, con lo que se lleva. La consecuencia de esa función más compleja en el habla es que introducimos una serie de muletillas que sirven para ganar tiempo, para reafirmarnos y para otros fines alejados de la estricta eficacia comunicativa. La prueba de todo ello es que se podría prescindir de muchas de esas muletillas sin que se alterara gran cosa el mensaje. Pero seguimos aferrados a ellas por la costumbre, por la moda, por quedar bien, por indolencia u otras consideraciones adjetivas. Veamos ya algunos ejemplos de esas muletillas en el español coloquial:
Con todo, las muletillas dichas son parte del habla cotidiana y sólo hay que rechazarlas cuando se repiten de forma desconsiderada.