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Si los socialistas fueran coherentes con buena parte de sus prédicas estarían dando ahora mismo vivas a la recesión. En otras palabras, en vez de alardear de que van a sacar a España de la crisis, se propondrían ahondarla. Lo harán de todos modos, pero la congruencia exigiría que la agravaran de manera intencionada. Y ello por una razón: dado que no cesan de denunciar los daños que provoca el crecimiento económico, ¿por qué no aprovechan una oportunidad de oro para cortar de raíz ese árbol podrido?
Mientras no lo hagan, todo serán contradicciones. Zapatero, por ejemplo, se presenta como el campeón de la lucha contra el "cambio climático" y las emisiones de CO2. Pero resulta que él y sus barones autonómicos apoyan –con dinero del contribuyente– a la industria del automóvil a fin de que no decaiga el número de gases que emponzoñan la atmósfera. Además, ¿no sermonean los gobiernos socialistas a los ciudadanos para que no utilicen el coche? ¿Por qué quieren impedir entonces, y a cualquier precio, que se hunda esa rama de la industria? De tener un mínimo de rigor, nuestros socialistas estarían acelerando la quiebra de ésa y otras muchas actividades contaminadoras, incluida la tan denunciada "construcción salvaje". Pero no lo tienen. De ahí que un día se permitan discursitos contra los especuladores y el afán de lucro, y al otro, acudan al rescate de los banqueros como si tal cosa.
El socialismo oscila desde sus orígenes entre su promesa de progreso y su aversión al mismo. Es más, en ese repudio ha radicado una de las claves de su atractivo. Así lo observó Keynes en aquellos que, tras la Gran Depresión, cayeron presos de una irrefrenable admiración hacia la Unión Soviética. "Cuando los estudiantes de Cambridge hacen la inevitable peregrinación a la tierra santa del bolchevismo, ¿se decepcionan al encontrarla espantosamente desprovista? Claro que no. ¡Eso es lo que fueron a buscar!", escribió el economista. El "secreto sutil y casi irresistible" del encanto del comunismo era, por tanto, que constituía un medio –infalible– de agravar la situación económica.
El juicio de Keynes es hoy aún más válido que entonces, aplicado a las doctrinas que han venido a reemplazar a las comunistas y socialistas de antaño. Pues el rechazo al crecimiento, enmascarado o abierto, disperso o concentrado, no ha hecho más que acentuarse en la izquierda desde que dejó de tener una alternativa económica. Dirán que sólo se oponen a los efectos nocivos y contarán la fábula del "crecimiento sostenible". Pero no les resuelve la papeleta. En tanto el crecimiento "ideal" no sea real, el socialista preocupado por el futuro del planeta está obligado a colaborar en el advenimiento de una era con menos ladrillo y asfalto, menos contaminación y residuos, menos lujo y codicia, y más tiempo de ocio. O sea, con la economía bajo cero.
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