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Durante la Transición, los nacionalistas vascos y catalanes se reconciliaron con la boca pequeña, simulando que lo hacían a la espera de que llegara el momento, hoy muy próximo, de lograr la independencia. Pero creía que las izquierdas, representadas entonces por el PCE y el PSOE, fueron sinceras en su deseo de colaborar en la creación de una España democrática, europea, occidental y monárquica. Me pareció entonces que para ellos aceptar la Monarquía fue el mejor modo de liberarse del lastre de la II Republica y la Guerra Civil, dos negros episodios de los que los dos partidos fueron en parte responsables. De hecho, la reconciliación de la Transición se basó en que izquierda y derecha se perdonaran mutuamente los excesos que ambas cometieron en aquella época.
Así que en 1978 lo mejor que se dijo de nuestra Constitución fue que era heredera de la de 1876, la de la Restauración, lo que a su vez le atribuyó al régimen de Juan Carlos I el mérito de ser continuador del de su bisabuelo Alfonso XII. Por lo tanto, la dictadura de Primo de Rivera, la II República, la Guerra Civil y el régimen de Franco fueron considerados, aparentemente por todos, como un doloroso y larguísimo paréntesis que, gracias a Dios, concluyó en 1975.
Es verdad que se recordó poco a Cánovas y a Sagasta y se levantaron estatuas a personajes de la índole de Indalecio Prieto y Largo Caballero, pero aquello podía entenderse como un modo de compensar las muchas que había en honor de Franco.
Pues bien, resulta que no. Que no hay reconciliación que valga, que los socialistas no tienen nada de lo que arrepentirse y la derecha sí tiene mucho de lo que hacerse perdonar. Sobre todo, el haber interrumpido la progresión que la República inició tras las elecciones de febrero de 1936, algo así como una supuesta democratización radical que la derecha interrumpió con violencia.
Nos ocultan que, en febrero de 1936, lo que hizo el Frente Popular fue convertir a la República en un régimen revolucionario. No nos dicen que Largo Caballero, Prieto y la mayoría de los líderes izquierdistas de aquel tiempo eran tan poco demócratas como Franco, Calvo Sotelo o José Antonio. Presentan a los socialistas y comunistas españoles de la época como si hubieran sido unos apacibles socialdemócratas que nada tenían que ver con el estalinismo que admiraban y les financiaba. Y le quitan importancia a que Largo Caballero se hiciera llamar el Lenin español como si aquello no fuera más que una chiquillada.
De modo que, coherentes con todo ello, quitan las estatuas de Franco mientras sobreviven impávidos en sus negras piedras Largo Caballero y Prieto. Y lo hacen aparentando seguir una política consistente en retirar los monumentos de los fascistas mientras se respetan los de los demócratas. Mentira. Derriban las estatuas de un dictador de derechas porque fue de derechas con el pretexto de que fue un antidemócrata. Su sectarismo lo delata el que no tienen mientras tanto empacho en honrar a los muchos antidemócratas de izquierdas que en nuestra historia hemos padecido.
Si han de arrancarse todas las estatuas que se han levantado a antidemócratas españoles del siglo XX y es por eso por lo que se arrancan las de Franco, que retiren también las de Largo Caballero e Indalecio Prieto. Lo peor no será que los socialistas no lo hagan. Lo peor será que los del PP no lo exijan.

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