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Pasan las horas y en ocasiones puede verse el cielo al disiparse la humareda que produce la guerra de Hamás. No queda nadie, desde Tzipi Livni a Amos Oz, pasando por Olmert y Netanyahu, que no haya defendido la guerra o que no haya admitido la necesidad de una incursión militar encaminada a poner fin a los bombardeos del sur de Israel por parte de los terroristas.
Lo que está en juego, sin embargo, se interpreta de manera muy diversa: hay quien simplemente desea que Hamás admita una tahdia –una tregua inmediata que pacifique la zona de Sderot y los núcleos urbanos colindantes– y hay otros que opinan que hay que desinfectar al pueblo palestino del virulento odio que predica la destrucción no sólo de Israel, sino también de Abú Mazen y de los cristianos, y que justifica el lanzamiento de misiles contra Ashkelón y los camiones que transportan alimentos. Otros ansían una tregua (temporal o definitiva) con Hamás, una organización terrorista que sigue los dictados de Damasco y Teherán. Finalmente, hay quienes piden que Israel expulse a este grupo terrorista de Gaza para entregársela a la Autoridad Palestina para favorecer una posible negociación de paz.
Hamás es a estas alturas un peligro estratégico. Dispone de un ejército de 17.000 bien armados que se entrenan de forma regular con munición real; la mayoría de sus mandos son disciplinados en los campamentos que gestionan un amplio abanico de organizaciones terroristas fieles a la guardia revolucionaria iraní. Tras los seis meses de tahdia, los misiles lanzados por Hamás superan ya el radio de 40 kilómetros; los proyectiles Katiusha y Grad tienen todavía un alcance mayor y son importados a Gaza por mar o por túneles y, contrariamente a lo que solía hacerse, se almacenan hasta el momento oportuno. Asimismo, el combustible de los misiles ya se fabrica dentro de Gaza: Hamás ha copiado el modelo de Hezbolá, de modo que ya dispone de una enorme red de búnkeres, túneles y campos llenos de minas, y de capacidad para lanzar 80 proyectiles al día.
Si alguien se pregunta por qué Hamás ha iniciado una ofensiva post-tadhia, obligando a Israel a entrar en guerra, la respuesta es que estamos ante la estrategia más básica de Oriente Medio: Hamás quiere la tadhia, pero está convencido de poderla lograr de todas formas mediante la fuerza (así no tiene que renunciar al aura de la que disfruta entre los palestinos de Cisjordania gracias a su "invencibilidad"). Quiere fraguarse la imagen de paladín anti-occidental, pero necesita su tiempo para organizarse. Por ejemplo, mientras preparaba los misiles durante estos seis meses de tregua, también trató de reforzar el fanatismo de la población con nuevas leyes inspiradas en la sharia (como la crucifixión).
Hamás está plenamente convencida de que alcanzará una tregua con Israel y obligará a liberar a todos los presos, a abrir los pasos fronterizos y a lograr que la comunidad internacional tolere el estado de terror en el que vive su población. Para lograr estos objetivos, cuenta con dos bazas.
La primera es el desafío que supone su guerra asimétrica: se esconde detrás de los civiles y da por sentado que todas las potencias occidentales preferirán caer fulminadas antes de atacar a las guerrillas que se encuentran entre los civiles. En segundo lugar, Hamás cree que la yihad le conducirá a la victoria, especialmente ante la debilidad de un Estado de Israel que ni ha impedido su toma de control de Gaza ni el contrabando de armamento.
Pero Hamás, que no reconoce la democracia, ha subestimado a la opinión pública israelí, ya que ninguna población se puede abandonar a merced del pánico: empresas y escuelas cerradas, hospitales colapsados, centros comerciales devastados, aceras con cráteres y kibbutz abandonados. Israel no quiere matar inocentes, pero tampoco puede permitir que Hamás lo haga.
En esta ocasión, la opinión pública internacional debería madurar y fijar sus preocupaciones más allá del drama humanitario que se vive en Gaza. Y es que los derechos humanos son violados de todas las formas posibles por Hamás, convirtiendo a Israel y a su población en un escudo humano para Occidente.
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