
Sólo el no-candidato Fred Thompson puede lograrlo. Hasta ahora su comportamiento ha sido de una inteligencia asombrosa. Se ha limitado a decir que está pensando en presentarse, lo que ha supuesto que se hable de él pero sin tener que fijar posición.
La estrategia demócrata está dando muy buenos resultados y, con viento de popa, encaran las elecciones de noviembre del 2008 con la confianza de que van a conquistar un buen número de escaños en ambas cámaras y la Presidencia.
La sociedad norteamericana está cansada de una campaña militar que ha estado mal planteada en un país que está hoy más roto y menos dispuesto a la convivencia que hace un par de años. La gente no ve salida, ya no confía en su presidente y desea quitarse ese peso cuanto antes. Los demócratas han sabido explotar esos sentimientos enviando unos sencillos mensajes a la población:
Frente a estos mensajes Bush no ha sido capaz de mantener un discurso creíble.
Con un presidente incapaz de llegar a la gente, el Partido Republicano se encuentra en desbandada, tratando de salvar los muebles del naufragio. Los dos senadores republicanos de mayor rango en temas de seguridad y defensa, Lugar y Warner, ya han roto con la Casa Blanca y han planteado un acuerdo con los demócratas para establecer una retirada progresiva que impida el derrumbe de las instituciones políticas en Iraq. No es que crean en esa maniobra, es que ya no confían en Bush. Son conscientes de que la población quiere votar a los demócratas, y saben que muchos legisladores republicanos temen por su reelección, incluidos algunos de los indiscutibles como el propio Warner.
Los demócratas navegan a toda vela, pero falta por saber si llegarán a buen puerto o encallarán. Todo depende de que los norteamericanos comprendan cosas tan sencillas como que la lucha contra al-Qaeda se va a decidir en Iraq; que la retirada de ese país representará el triunfo de al-Qaeda sobre EE.UU., algo que pregonarán hasta enmudecer y que enardecerá la calle árabe; y que la vuelta de las tropas llevará al estallido de un conflicto civil con múltiples actores del que ellos serán responsables. Que los jefes demócratas son conscientes de este riesgo es evidente. Una prueba de ello es cómo tratan de callar a los generales allí destinados o de restar importancia a sus declaraciones. El nuevo mantra es que nada pasará tras su retirada y que lo que pueda ocurrir será culpa de otros.
Los republicanos necesitan un líder capaz de romper el discurso demócrata, enfrentar a los norteamericanos con la realidad y cohesionar al Partido en torno a un programa renovado. McCain parece definitivamente acabado, tras su error al seguir a Bush en la propuesta de Ley de Inmigración en contra de los principios y sentimientos de sus votantes. Su actitud dogmática, aunque bien fundada, en la cuestión iraquí no parece ayudarle a remontar. Romney y Giuliani mantienen posiciones para ganar las primarias, pero no parecen capaces de superar la resaca anti-Bush. Sólo el no-candidato Fred Thompson puede lograrlo. Hasta ahora su comportamiento ha sido de una inteligencia asombrosa. Se ha limitado a decir que está pensando en presentarse, lo que ha supuesto que se hable de él pero sin tener que fijar posición. Mientras otros se desgastan, él espera y estudia. Ya es el primer republicano en expectativa de voto y se supone que la merma de ingresos de sus rivales se debe a que muchas contribuciones están retenidas a la espera de su decisión.
La marejada demócrata es una realidad y a los republicanos sólo parece quedarles una opción. En las próximas semanas comprobaremos si Thompson es esa opción y veremos si es capaz de desvelar las contradicciones y la falta de fundamento del discurso demócrata.

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