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Mañana habrá un nuevo inquilino en la Casa Blanca, Barack Obama. El mundo entero y algo más de la mitad de los votantes americanos así lo han querido y esperaban ansiosos este momento. A Obama se le recibe igual que si fuera el mismísimo Mesías, el salvador, el redentor, el pacificador, el líder blando y conciliador que la comunidad internacional del Siglo XXI demanda de América. ¿Pero es así?
Obama es, parafraseando al gran Churchill un acertijo, dentro de un enigma, envuelto en un misterio. Ha sido tantas cosas en su fulgurante carrera, lo uno y su contrario, que tiene a todo el mundo, expertos y comentaristas, desconcertados. Sabemos bien quién ha sido el Obama senador en Illinois y en Washington; sabemos también del Obama de las primarias; así como de Obama candidato a la presidencia. Pero nadie está seguro de quién puede ser y qué podría hacer el Obama presidente.
Lo que sí es casi seguro es que frustrará muchas de las expectativas que se han ido generando a su alrededor. Él mismo lo decía ayer a los pies de la estatua de Abraham Lincoln: a un presidente se le mide no por lo que hace los días normales, sino por cómo actúa en tiempo de crisis. Más allá de una aparente calma externa, pocas pistas nos ha dado Obama para intuir cómo se comportará cuando le llegue la hora de la verdad.
El problema para los europeos que tanto le han apoyado y tanto esperan de él, es que si se comporta bien, esto es, como un presidente que antepone los intereses de Estados Unidos sobre otras consideraciones, se parecerá más a Bush que a Carter; y si hace dejación de su deber como americano, esto es, no hace nada en Afganistán, se enzarza en largas y estériles conversaciones con los dictadores de aquí y acullá, prolonga la crisis y reduce la presencia norteamericana en el mundo, será bien y fuertemente aplaudido inicialmente, pero a la larga el mundo se convertirá en un sitio mucho más ingobernable, caótico y violento.
Nos guste o no, sólo América es capaz de poner cierto orden en el sistema internacional. Y si no está por la labor, no será un orden multipolar lo que nazca, sino un desorden donde nadie se respete, un sistema sin capacidad de regulación. A quienes les prima ver a los Estados Unidos en dificultades, puede que prefieran esta alternativa, pero a todos los que creemos que es mejor vivir en paz y con prosperidad, donde la civilización occidental prevalezca y haga de la extensión de la libertad su propósito, no nos puede dar satisfacción alguna.
Obama tiene ante sí un gran reto. Y una excelente oportunidad. La energía que ha generado y acumulado en torno a sí mismo le permite encarar el futuro con un gran capital político a su favor. Que lo dilapide o no es, en estos momentos, una cuestión abierta. Pero, si se comporta como en el pasado, las probabilidades de que así sea son muy altas. Ahora le toca a él sorprendernos gratamente. Y esperamos de verdad que así sea.
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