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En 2006, tanto Ibarretxe como Patxi López sabían perfectamente lo que hacían. En el caso del peneuvista, ni nos extraña ni nos indigna, puesto que Ibarretxe ni cree en el régimen democrático-constitucional español ni se molesta en esconderlo. Cuando se reunió con los dirigentes batasunos en abril de 2006 desafiaba a la justicia española y precisamente por eso se reunió públicamente con ellos. El Foro de Ermua lo denunció justo después.
El caso de Patxi López es evidentemente más grave, al tratarse del dirigente en el País Vasco del partido que gobierna España. Se reunió con Otegi, Etxeberría y Dañobeitia el 6 de julio de ese año, desafiando a la justicia con idéntica premeditación que Ibarretxe. López e Ibarretxe no estaban sólo reuniéndose con Otegi: llevaban a cabo una performance mediático de desafío político al Estado de Derecho, que es lo que se ha juzgado esta semana.
Al final, el juicio es lo de menos. Los enjuiciados tienen razón: se ha tratado de un juicio político, porque Ibarretxe, Otegi y Patxi López escenificaron públicamente un desafío político a la justicia española. En 2006, toda la doctrina del Tribunal Supremo resultaba contradictoria con el "ansia infinita de paz" de la política PSOE, y la reunión de julio fue la escenificación pública de esa ruptura del espíritu del pacto antiterrorista.
¿Y hoy? La reacción de ambos, Otegi y López ha sido interesante. Para Otegi, ha habido "un intento por parte de sectores muy determinados de dar por zanjada la vía del diálogo como vía de solución al problema político que existe en Euskal Herria". Por su parte, Patxi López ha añadido, "Espero que la derecha y el PP dejen esta estrategia política para dedicarse a explicar sus razones y conectar con la sociedad vasca sin tener que enfangarnos a todos en esta estrategia que no nos conduce a nada".
De sus declaraciones se desprenden dos convicciones comunes. La primera, que todo esto es una maniobra de sectores sociales muy determinados. Llama la atención en el caso de Otegi, porque si bien ha acusado de represión a la democracia española –en perfecta ortodoxia etarra-, se cuida bien de denunciar a "sectores muy determinados" de ella, diferenciando claramente entre aquellos con los que se reúne y aquellos que piden que se cumplan las sentencias del TS, la constitución y la ley. Por su parte, López, con más zafiedad política, acusa directamente a la derecha de enfangar el proceso. Está claro que los dos se sitúan conscientemente en el mismo bando.
En segundo lugar, ambos señalan directamente cuál es el bando al que pertenecen: el del diálogo. Otegi diferencia ya entre unos españoles con los que se puede dialogar –Patxi López entre ellos– y otros con los que no, inmovilistas y radicales. Para Otegi, es necesario plantear un escenario de diálogo político como el escenificado en 2006.
Por su parte, López también ha señalado con el dedo a los enemigos del diálogo, a la derecha, a la que habría que "demostrar que la política tiene que servir para resolver los problemas". Hoy sigue manteniendo el mismo discurso de diálogo entre todos, de legalización de todos y de alcanzar acuerdos con quienes buscan la voladura constitucional, Otegi entre ellos.
Sabemos lo que los socialistas hicieron en 2006: desafiaron al Tribunal Supremo y a la doctrina de aislamiento de los terroristas con su reunión con Batasuna. Más aún, puesto que llevaban tiempo negociando en secreto, la reunión constituyó la apología pública de la ruptura de la unidad democrática contra ETA. Y ahora, con el caso archivado por el TSJPV, sabemos que ambos repiten lo mismo que les llevó al banquillo: que el diálogo es la salida, y que sólo los sectores más reaccionarios están en contra. De cara a los nuevos contactos, que ya se están produciendo, sabemos que el PSE cuenta con el apoyo de Zapatero. Queda por saber hasta qué punto Otegi está alejado de ETA como para representar a su dirección o representar el "cáncer liquidacionista" que la banda siempre ha combatido. Sabemos lo que hicieron, pero no sabemos cómo lo van a hacer en el futuro. Veremos.
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