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Altivos, llevan décadas dictando de grado inapelables sentencias que ordenan la conservación de edificios derruidos por la piqueta. Impávidos, disuelven a diario matrimonios que, de antiguo difuntos, descansan en paz. Autistas, establecen la inocencia de reos que ya no recuerdan cuándo pisaron la calle por última vez. Indiferentes, conceden plazas en remotos destinos administrativos a renqueantes funcionarios gozosamente jubilados. Ajenos, aprecian gravísimos ciertos delitos tan probados como prescritos mucho antes de iniciarse el juicio que habría de castigarlos...
¿Qué más quieren, pues, los jueces y magistrados? ¿Acaso reclaman ahora mayor rigor en el control de su alta responsabilidad social? Ciertamente, no parece el caso. Así, a sus irritables señorías no semeja inquietarlas la impúdica evidencia estadística. Y es que a lo largo de los últimos ciento cincuenta años, en España sólo se ha condenado penalmente a cinco jueces. Cinco, ni uno más. Con tan incorruptible pureza del alma gremial, lo único extraño es que los altares de iglesias y catedrales no estén coronados por retablos barrocos con las efigies policromadas de Bacigalupo, Estevill, Garzón, Belloch, Bermejo et altri.
¿O ocurrirá que nadie osa denunciar sus tropelías? Responda el lector con los datos oficiales del CGPJ correspondientes, por ejemplo, a 1996. A lo largo de ese ejercicio, se recibieron en el Consejo 1.413 escritos acusatorios contra togados. De ellos, 899 se archivarían sin más demora, dilación ni miramientos. Los otros 514 dieron lugar a otras tantas aperturas de diligencias informativas. Sesudas pesquisas que al final se saldarían con... siete sanciones, siendo la más grave de todas ellas la simple advertencia. Corporativismo –enfermizo– se llama la inmaculada figura.
¿Sucederá tal vez que ansían con todas sus fuerzas recuperar la independencia perdida? Quía. No movieron ni un agraviado dedo cuando, en 1985, aquel PSOE del GAL, Mister X y el culiparlante Rodríguez decidió darle matarile incluso a Montesquieu, convirtiendo al Consejo en servil correa de transmisión a las órdenes del partido turnante. Y tampoco se les cayeron las puñetas, ni que sólo fuera de vergüenza, cuando, en 2001, el PP del ínclito Michavila remató la faena del definitivo cierre por liquidación y derribo del mal llamado Poder Judicial.
Pero ni un minúsculo músculo del más insignificante dedito. Nada de nada. "Vicio monstruoso" llamó a su indigno proceder el gran Étienne de La Boétie en el Discurso sobre la servidumbre voluntaria. Pues el cómplice favorito de Montaigne nunca acertó a descifrar las causas de esa contagiosa enfermedad moral que nuestros jueces padecen en grado incurable, "dado que las propias bestias, aun las hechas para el servicio del hombre, no pueden acostumbrarse al control sin protestar".
En fin. ¿Qué les debe angustiar, pues? Ah, la tirada reputación del tal Tirado. ¿Es eso? Acabáramos.
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