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El plan de Sebastián para el ahorro energético es, como ha sugerido el GEES en estas mismas páginas, una tomadura de pelo, una cortina de humo para no afrontar los auténticos retos que plantean la crisis económica y la carestía de la energía: desde las centrales nucleares a la flexibilización del mercado de trabajo; desde la reducción del gasto público hasta la desregulación.
Ahora bien, hay algo más que una coartada para la crisis. Hay en el fondo toda una manera de pensar que nos devuelve a tiempos que hay quien pensó superados. Como también dice el artículo del GEES, el plan de la bombilla recuerda los planes socialistas, aquellos planes quinquenales tan añorados por las poblaciones sobre las que los experimentaban las oligarquía socialistas.
Lo paradójico de este asunto es ver a Miguel Sebastián, el ministro descorbatado, tan evidentemente postmoderno, tan postodo podrá decirse, adelantando un plan socialista en todos sus detalles: en el objetivo de dirigir la vida privada, en la fe inquebrantable en la capacidad de los gobiernos para enderezar las cosas con medidas intervencionistas, incluso en la proclamación de resultados que son pura fantasía, delirantes en el estricto sentido de la palabra. ¿Cómo sabe Sebastián que a menor velocidad se contamina menos? ¿Se ha demostrado tal cosa en ese paraíso socialista que es Cataluña –modelo para España–, donde la velocidad de entrada a Barcelona ya está hiperregulada?
Casi resultó conmovedor ver al ministro de Industria vacilar cuando se atrevió a decir, en la presentación de su plan, que "Cada vez que cogemos el metro…" ¿Acaso se preguntaría qué es eso del metro? ¿Y quién lo coge? ¿Y para qué?
Pues bien, querido ministro sin corbata, el metro lo coge la gente que no puede coger otra cosa. Todos aquellos que Miguel Sebastián no conoce, desprecia, y con las vidas de los cuales va a seguir experimentando para mejorar el mundo. El metro, o el autobús, no son un instrumento de solidaridad, ni una manera de contribuir a salvar el planeta. Son uno de los muchos peajes que pagan los que no tienen coche oficial, ni chófer, ni el riñón bien cubierto. Otra cosa, claro está, es que quienes cogen el metro se crean que al entrar en el túnel están cumpliendo tan altos fines. Cuando uno alcanza tal nivel de estupidez, es probable que se merezca la crisis que le han contribuido a preparar, con sus fantasías retrospectivas, Sebastián y sus amigos.
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