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Decía Voltaire que el papel moneda tiende a regresar a su valor intrínseco: cero. Pocas excepciones existen a esta ley empírica de la economía: el propio Voltaire contempló el nefasto experimento de John Law y si hubiese vivido unos años más podría haber repetido experiencia con los asignados de la Revolución.
A lo largo de la historia, el dinero fiduciario ha sido incapaz de actuar como una buena reserva de valor y, por eso mismo, ha tendido a desaparecer. Sólo hay una misteriosa excepción a esta regularidad empírica, un período excepcionalmente largo en el que el dinero fiduciario, sin haber conservado su valor, ha sido capaz de sobrevivir: los últimos cuarenta años.
Desde que Nixon, aconsejado por Friedman, abandonó Bretton-Woods, el sistema monetario internacional perdió su último anclaje con el oro. Empezaba la era del dinero totalmente administrado, en el que los bancos centrales abandonaban su tradicional papel de emitir moneda y redescontar el crédito comercial (el papel que les correspondía de acuerdo con el gran teórico de la banca central, Walter Bahegot) para convertirse en el soporte último de la transformación de plazos de los bancos, un prestamista de última instancia contra casi cualquier tipo de activo.
¿Por qué, entonces, el dólar y el resto de divisas siguen circulando? Básicamente porque aunque las divisas sean inconvertibles siguen estando respaldadas por los activos del sistema bancario, especialmente los del banco central. ¿Y en qué consisten estos activos del banco central? En su mayor parte, deuda pública, esto es, promesas de pago futuras por parte del Estado. Dicho de otra manera, desde 1973 el valor de nuestras monedas depende, en última instancia, del crédito (de la solvencia) del Estado. Por eso el colapso del Estado en Argentina o más recientemente en Islandia supuso, también, el colapso de sus monedas.
La existencia de este dinero fiduciario ha permitido a los bancos privados expandir hasta niveles insospechados la creación de deuda: los inversores se han estado endeudando a corto plazo para invertir en activos a largo plazo sin ningún tipo de contrapeso, como podían ser hace un siglo las retiradas de oro de los bancos. La última burbuja inmobiliaria es un claro ejemplo: los bancos se endeudaban a corto plazo con los depositantes y prestaban el dinero a 30 años en forma de hipotecas. La inversión, por tanto, ha dejado de estar respaldada por el ahorro real de una sociedad. De hecho, se ha venido a considerar "ahorro susceptible de inmovilización" cualquier punta de caja de una empresa o de una familia.
La consecuencia obvia de esta elasticidad de la inversión ha sido una considerable inflación en los precios de todos los activos. Sin ir más lejos, durante la expansión crediticia de los últimos años no ha habido activo cuyo precio no se haya disparado gracias a la demanda extraordinaria que permitían unos tipos de interés ridículamente bajos: la vivienda, las acciones, la deuda pública y privada y las materias primas duplicaron sus precios entre 2002 y 2006.
Ahora, en cambio, estamos en el proceso inverso. Una vez se ha pinchado la burbuja crediticia y los activos están cayendo de precio, todos los que se endeudaron para adquirirlos están liquidando sus inversiones y tratando de amortizar parcialmente se enorme deuda. La deflación de los precios de los activos empezó con la vivienda, siguió con la deuda privada, continuó con la bolsa y, en los últimos meses, con las materias primas. Sólo ha habido dos activos que en este proceso global de desapalancamiento no se han depreciado: la deuda pública y el oro.
A principios de 1990, John Exter, fundador del banco central de Sri Lanka, enunció una curiosa teoría conocida más tarde como "la pirámide invertida de Exter". De acuerdo con este especialista en teoría bancaria, las sociedades occidentales no estaban abocadas a la hiperinflación por haber abandonado el oro, sino a la deflación. En su opinión, conforme el crédito artificial fuera contrayéndose, los inversores irían abandonando los activos menos líquidos y tratando de adquirir los activos más líquidos; esa jerarquía, de menor a mayor liquidez, es la que quedaba plasmada en su pirámide.
Esta fuga hacia la liquidez es lo que hemos ido viviendo en los últimos trimestres. El colapso de las subprime trasladó a los inversores al siguiente escalón: la bolsa y las materias primas. De ahí que el mercado de valores estuviera subiendo hasta finales de 2007, cuando la crisis ya era más que evidente. El colapso de la bolsa desplazó a los inversores hacia las materias primas, que estuvieron repuntando hasta julio, pese a que su demanda ya se estaba reduciendo. Finalmente, el colapso de las materias primas hizo que los inversores se refugiaran en la deuda pública, cuyo precio se disparó durante el mes de septiembre hasta alcanzar rendimientos negativos.
¿Y qué queda ahora? Los Estados de medio mundo están tratando de rescatar a su sistema bancario emitiendo cantidades masivas –y en buena medida impagables– de deuda pública. Existe una más que evidente burbuja en la deuda pública que tarde o temprano tendrá que pinchar. Los precios son desproporcionadamente bajos para el volumen de deuda que están emitiendo los Estados, con el consiguiente riesgo que ello supone. Al fin y al cabo, cada vez resulta más difícil que los Gobiernos sean capaces de amortizar todas las obligaciones que han emitido sin recurrir a la impresión de nuevos billetes por parte del banco central, lo que en todo caso equivaldría a impagar la deuda mediante la disolución del valor de la moneda.
La quiebra del crédito del Estado es el último peldaño de la pirámide de Exter; liquidar las posiciones en deuda pública y en divisa nacional (cuyo valor depende de la deuda pública) para adquirir el único activo que, como decía Henry Thornton, no es el pasivo de nadie más: el oro. Pasaríamos entonces de la actual deflación de activos a la hiperinflación de la moneda (con lo que todos los bancos quedarían descapitalizados, tal y como ocurrió en Alemania tras 1923). Gran Bretaña ya está comenzando a experimentar ese fenómeno: la libra se está desmoronando ante los temores de que el Gobierno intente rescatar al sistema bancario emitiendo más deuda pública.
No sería el fin del mundo, ni mucho menos –la Europa continental, que no los países anglosajones, tienen amplia experiencia superando hiperinflaciones y estabilizando sus monedas–, pero sí el final del mundo financiero tal y como hoy lo conocemos.

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