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Después de reseñar que la tiranía mantiene relaciones con cientos de desalmados que se prestan a despreciar el sufrimiento ajeno, Raúl Castro aseguró que la barbarie comunista está en disposición de alcanzar cien años de robos, patrañas y crímenes. Lo primero es cierto. Le consta a Zapatero. Son legión los que justifican el diálogo con los tiranos bajo el pretexto de ayudar a sus víctimas. Lo que no parece fácil es que la brutalidad pueda celebrar tan siniestro centenario.
A los Castro no les queda otra que tratar de simular confianza y seguridad para que nadie recuerde lo que ocurrió en Rumanía. ¿Dispararían sus soldados contra miles de cubanos que se concentraran en el Malecón de La Habana para exigir libertad? Es lo único que les preocupa. Y puede que no tarden en comprobar que los que tienen por esclavos armados se niegan a obedecerles. Saben que entonces todo terminaría y que a pesar de que hoy pueden presumir de sus muchas amistades entonces les costaría encontrar una cueva en la que no amanezca.
Con un poco de suerte la concentración que tantos esperan coincidiría con la presencia en la Isla del cirujano de Fidel Castro. Cada poco viaja a La Habana para tratar de curar a su amigo. No podemos saber hasta dónde alcanzará la pericia de García Sabrido, pero al menos ha servido para que le premien y para que su paciente pida que se procese a Aznar por los supuestos vuelos secretos de la CIA. A quien no verán por allí será a Eduardo Aguirre. No quiso aprender de un asesino en serie. Huyó de niño gracias a la Operación Pedro Pan. Y los que de niños escapamos de la tiranía jamás olvidaremos el miedo que percibimos en nuestros padres.
Los Castro también tienen miedo. Podrán presumir de 50 años de barbarie, pero mientras vivan les asustará cualquier grito que les llegue de una calle que no siempre será suya. Ni Barack Obama ni ningún otro consentiría que las tropas de Hugo Chávez acudieran en su auxilio. Sólo pueden confiar en los esclavos que tienen por Ejército. ¿Hasta cuándo?
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