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Los datos hechos públicos en las últimas semanas muestran un rápido crecimiento del número de divorcios en España. La mayoría de la gente, sin embargo, piensa que un número tan elevado de rupturas matrimoniales plantea muchos problemas, no sólo a quienes pasan por tal experiencia, sino también al conjunto de la sociedad, que se ve afectada por la existencia de numerosos hogares monoparentales en los que los hijos no encuentran siempre ambientes apropiados para su desarrollo personal. Entonces ¿por qué se divorcia tanta gente? Para un economista la respuesta es sencilla: porque los beneficios netos esperados de la ruptura son superiores a los que obtendría de mantener su relación matrimonial. Pero esto siempre ha sido así. La cuestión relevante es por qué se ha producido en los últimos tiempos un cambio tan acentuado en la razón coste/beneficio de un gran número de divorcios.
Lo que el análisis económico de la familia nos permite apuntar es que los beneficios del matrimonio se han reducido tanto para los hombres como para las mujeres; y los costes de la ruptura han caído también. La primera afirmación se ve confirmada no sólo por la alta tasa de divorcio sino también por la reducción del número de matrimonios en relación con la población. ¿Por qué hombres y mujeres tienen hoy menos interés en vivir casados? Hay diversas explicaciones posibles, pero creo que la más relevante es el debilitamiento de la división del trabajo en el seno de la familia. En una familia tradicional del mundo occidental el marido obtenía una serie de servicios de su esposa, entre los cuales la producción de hijos era especialmente importante; y la mujer, por su parte, lograba un bienestar económico y una posición que la organización de la sociedad no le permitía alcanzar por sus propios medios. Ambos ganaban, por tanto, con el contrato matrimonial. Sin embargo, cuando la sociedad cambia y la mujer tiene muchas más facilidades para conseguir por sí misma dinero y posición, los beneficios de un matrimonio se reducen para ella. Lo que también le ocurre al hombre por motivos diferentes. Si ahora su esposa no le ofrece todos los servicios que antes podía obtener de ella y él mismo tiene que ocuparse de cuestiones domésticas que antes tenía solucionadas, los incentivos para contraer matrimonio disminuyen.
La reducción de los costes del divorcio no es sino la otra cara de la misma moneda. Si ahora ganan menos que antes con el matrimonio, es lógico que los cónyuges pierdan menos con su ruptura. Y si a esto añadimos que el incremento mismo de la tasa de divorcio ha eliminado la mayor parte de los prejuicios sociales que contra esta institución existían, se entiende lo que está sucediendo. En realidad no es otra cosa que la aplicación directa del principio básico de la economía: una disminución del precio tiene como resultado un aumento de la cantidad demandada.
Cabría, incluso, formular un teorema que correlacionara el número de divorcios con los cambios experimentados por las relaciones en el matrimonio. Es bastante simple: cuanto mayor sea la desigualdad entre los cónyuges, más estable será un matrimonio; y cuanta más igualdad exista entre ellos, menor será, en cambio, su estabilidad y más elevada la probabilidad de que acabe en divorcio. El lector podrá probar fácilmente este teorema con los razonamientos antes apuntados. Tal vez no sea una conclusión estimulante. Pero las cosas son como son y no como nos gustaría que fuesen.
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