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El Banco del Desarrollo tuvo un final feliz, de más de mil millones de dólares para sus dueños, después de haber servido a la gente de todos los pelos por más de 25 años. El banco estuvo siempre muy ligado a la Iglesia desde su creación, promovida por el cardenal chileno Raúl Silva Henríquez. Éste, además de notable pastor e inteligente político, creó muchas empresas para servir a los demás, más allá de consideraciones erróneas y empobrecedoras, como las ligadas al lucro, el salario ético, la usura y otros conceptos vacíos e imprecisos.
El cardenal nos invitó a comer a su casa al súper ministro de la época, Jorge Cauas, y a mí, entonces presidente del Banco Central, para conversar de la crisis, la inflación, la pobreza, el desempleo y la elevadísima tasa de interés, que superaba todo lo imaginable. Habló a favor del dólar alto, que le interesaba porque era exportador de frutas, algunas de las cuales comimos de postre.
Su problema era cómo operar con el dinero que recibía del extranjero, a las tasas de interés pecaminosas que se estilaban en el mercado. Pero, padre –le dije–, usted la puede prestar más barata, según su conciencia, costes y necesidades. Total, todo eso es ahora libre y no regulado como antes con el socialismo. Me miró de medio lado, sobre todo cuando le dije que creara un banco o una financiera para mover la plata como quisiera. Nos despedimos hasta la siguiente comida durante la dictadura de interés libre. Más adelante nos encontramos y me dijo:
– Le hice caso.
– Perdón, padre, ¿de qué me habla?
– De las platas. Nos compramos una financiera, Fintesa, siguiendo su consejo y el de otros economistas pecadores como usted.
En otra ocasión, en un avión, con sendos tragos, le pregunté adónde iba.
– ¡A San Marcos! – me respondió.
– ¿Así que está dedicado al turismo?
– No, Álvaro – me respondió –: voy a "san marco", a Frankfurt – y movió los dedos de la mano derecha, con el clásico signo monetario.
Esa entidad financiera se convirtió en el Banco del Desarrollo, sirviendo ambos al prójimo (pobres incluidos), al aumentar la inversión, crear empleos y pagar salarios.
El cardenal Silva, inteligente y campechano, tenía claro que las operaciones terrenas que sirven a los demás son sólo un pelito menos importantes que las de la esfera sobrenatural. Nunca le escuché algo así como los salarios éticos, quizás porque se daba cuenta de que tenían que ser razonables (de equilibrio) para hacer máximo el empleo y minimizar la pobreza. No me imagino al cardenal hablando del pecado del lucro (utilidades y pagos por el uso de factores productivos).
Los seres humanos fueron creados libres por Dios, el que los lanzó al mundo a ganarse el pan interactuando –lo que llaman el mercado–. Esto es lo que hace el desarrollo que elimina el hambre y la pobreza. Ese proceso social es el que estudia la economía, saber científico hoy de amplia aceptación, que en el mundo desarrollado se enseña hasta en la primaria, pero que en Chile los intelectuales y políticos de la Concertación se niegan a considerar en los colegios. En la práctica, prohibieron enseñar economía: una vergüenza nacional. ¡Nada de libertad, sólo socialismo estatista de dictadura! Un oscurantismo vulgar, latino, tipo teología de la liberación, ajeno al cristianismo humanista de curas modernos, como el cardenal Silva, y, se supone, de doctores laicos en economía.
Si la dictadura en la educación no concluye, como en los 70, algo habrá que hacer.
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