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Volvieron a ignorar a los disidentes. Los ignoró el inefable Miguel Angel Moratinos, canciller de España, en su visita del pasado año a la Isla. Los ignoró también el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado del Vaticano, que durante su reciente estancia en La Habana, y frente a las cámaras de la televisión, rectificó ligeramente a Juan Pablo II: no es tanto que Cuba se abra al mundo, es "sobre todo que el mundo se abra a Cuba" (esto es, que el mundo compre la legitimidad de un régimen clamorosamente ilegítimo, como lo es el castrista). Y este fin de semana acaba de hacerlo el comisario de Desarrollo y Ayuda Humanitaria de la Comisión Europea, Louis Michel, cuyo colega Stefano Manservisi, director general de Desarrollo de la Comisión, ha asegurado que las sanciones contra el castrismo aprobadas en 2003 –vigentes, pero congeladas– constituyen un gran error político.
Todo en la línea del ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero, cuyas políticas de acercamiento al régimen de La Habana, en proceso durante cuatro años, han desembocado en el más estruendoso fracaso. Cuatro años de complicidad con la dictadura –en lugar de concertar con Washington mecanismos de presión contra el régimen– no podían sino contribuir al encumbramiento de la vieja guardia reaccionaria –la de los Machado Ventura y Casas Regueiro–, tras la muerte política de Fidel Castro.
Europa, sobre todo la Europa oficial, se empeña en ignorar a la disidencia interna, desconociendo olímpicamente que se trata del único sector poblacional que en Cuba puede, arriesgando su pellejo, expresarse con alguna libertad. Como acertadamente ha dicho el presidente George W. Bush, "la lista de países que apoyan al pueblo cubano es demasiado corta, y las democracias ausentes de esa lista son demasiado notables". Es como si los funcionarios europeos se creyeran a pie juntillas el cuento de que los opositores son mercenarios al servicio de una potencia enemiga, cuando es todo lo contrario: son las turbas paramilitares a las que el oficialismo llama "pueblo cubano" las mercenarias al servicio de la potencia más enemiga de cuantas han sido: la dictadura que subyuga al pueblo cubano desde hace ya medio siglo.
Para la Unión Europea –y en un mundo ideal, también para el resto de la comunidad internacional–, lo que se impone es una política efectiva con respecto al castrismo, enfilada a poner sobre el tapete el sinnúmero de violaciones con que a diario el régimen obsequia a la población cubana. Lo que se echa en falta de Europa no son sus buenos deseos, sino un contundente golpe en la mesa. Como, por ejemplo, exigir la liberación incondicional, masiva, de los cientos de presos políticos que se pudren en las cárceles castristas. Exigir esa liberación y, una vez denegada –como resulta previsible–, montar una campaña de denuncia verdaderamente funcional, enérgica, inteligentemente construida. Para echarla a rodar existen numerosos recursos, sólo que continúan invirtiéndose en la dirección equivocada.
Lo que bajo ningún concepto parece procedente es desconocer a ese sector de la sociedad insular que, desprotegido y acosado por el régimen totalitario, lucha por lograr para el cubano de a pie las libertades que los comisarios europeos disfrutan alegremente. Resulta significativo que la posibilidad que le quita el sueño a la nomenklatura castrista –el reconocimiento internacional a la disidencia– es aquella que la enfrenta a la constatación de que en la Isla, como en cualquier otro rincón del mundo, conviven distintas maneras de entender la historia y la política, diversas sensibilidades y formas de interpretar la realidad.
Una realidad ante la que el oficialismo cierra una y otra vez los ojos –en su miopía también lo acompaña, subrepticiamente, la Unión Europea–, pero a la que tarde o temprano deberá despertar si aspira a reciclarse en el futuro.
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