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Chávez ha quedado desenmascarado. Ahora el mundo entero sabe por su propia voz que él es el amigo, protector y financiador de las FARC, grupo de narcotraficantes, terroristas y secuestradores, bien reconocido y así clasificado por el mundo entero. Chávez se ha declarado el adalid de quienes han desolado a Colombia por más de 40 años, grupo que, hay que recordar, jamás ha querido atender ninguna de las múltiples propuestas de paz que diferentes gobiernos colombianos le han planteado. Entre ellas, las hechas durante el gobierno de Andrés Pastrana cuando, entre otras muchas concesiones, se despejaron 42.000 kilómetros cuadrados, en el Caguan, para que las FARC se sintieran seguras y pudieran negociar.
La defensa de Chávez a las FARC ha llegado al punto de guardar un minuto de silencio por la muerte de Raúl Reyes, el número dos de tal organización, conocido por sus crímenes, de todo calibre, y su crueldad. Peor aún, el presidente venezolano está dispuesto a sacrificar vidas venezolanas en defensa de esos asesinos. Ha colocado tropas en la frontera sin haber sido atacados ni ofendidos él, ni muchísimo menos, el pueblo hermano de Venezuela. Además, ha amenazado e injuriado con toda clase de expresiones soeces, como es su costumbre, al Gobierno de Colombia. ¿Acaso no se desprende de sus declaraciones que las tropas fueron movilizadas para proteger los campamentos de las FARC en Venezuela? Por fin se destapan las cartas de Hugo Chávez.
Me pregunto si los miembros de la Asamblea chavista, que aplaudieron los insultos y las amenazas contra el Gobierno democrático de Colombia, enviarían a sus hijos a matar y morir en la defensa de una organización terrorista. ¿Quién va a poner los muertos sí el afán belicoso de este hombre, salido de sus cabales, logra su objetivo de guerra?
Para nadie es un misterio que todos sus insultos y amenazas son, entre otras cosas, una cortina de humo que Chávez pretende crear para ocultar el derrumbe de su popularidad y la hecatombe que se cierne sobre Venezuela por sus malos manejos económicos.
Hemos descubierto con dolor que su afán por lograr la liberación de los secuestrados no tenía un propósito humanitario. Al contrario, fue una estrategia política donde se utilizaron los secuestrados como peones en un juego macabro que pretendía desestabilizar al Gobierno legítimo de Colombia. Los secuestrados, a quienes el embajador venezolano ante la ONU tuvo el descaro de llamar "retenidos", fueron entregados al "camarada y amigo" Chávez para agradecerle regalos de millones de dólares y demás favores prestados a las FARC. Esa puerta se ha cerrado; habrá que encontrar otra para liberar a los secuestrados. La próxima vez, hay que pensar mejor en quien confiar.
© AIPE
María Clara Ospina es analista colombiana.
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