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Hay un mal en la derecha española, en la derecha descreída de la que habla Federico Jiménez Losantos. Un mal enquistado y permanente, mitigable pero invencible, que es el garbanzo.
Manuel Fraga aleccionaba a Felipe González, en plena década de los Gal, con el precio de los garbanzos, entre la risa floja y la condescendencia del socialismo aún patrio. Aznar, nada más llegar al poder, se olvidó de la regeneración democrática que había prometido en campaña y mantuvo la estructura de politización de la justicia y con ella del resto de las instituciones dizquedemocráticas. Le faltó verdadera ambición o sucumbió al atávico atractivo del poder. Y buscó la legitimidad en el éxito económico y en la "normalidad", esto es, en el mensaje de que el centro derecha en el poder no era el ogro cuartelero y robapensiones con que Prisa y TVE identificaban al PP.
Mariano Rajoy ha acertado al seguir al frente del PP tras la derrota electoral; ha salvado a su partido de una lucha que hubiese abierto las heridas, entre hachazos y puñados de sal de sus medios enemigos. Se presenta para renovar el apoyo unánime del partido a un equipo que combine la relación de fuerzas con sus preferencias. Pero Rajoy está amarillo de garbancilismo; su campaña se ha basado en la situación económica, en la constatación de que el Gobierno ha despreciado el bolsillo de los españoles y la apelación del recuerdo colectivo de que el PP sabe gestionar la economía y los socialistas, no.
La crisis no ha hecho más que asomarse, y cuando se le vean las fauces el crédito del Gobierno se hundirá. Los problemas de seguridad e inmigración vendrán de la mano del paro; y entonces todo el mundo recordará que Rajoy hablaba de integración, de derechos y de deberes de los inmigrantes. Y miles de españoles reticentes sentirán que es él quien habla de los problemas que en realidad le atañen. Rajoy ha hecho este cálculo y espera que su ábaco le lleve a La Moncloa en 2012.
Pero Zapatero ha salido reforzado de las urnas y piensa llevar su proyecto político a término. Al PP se le tolera, siempre que admita la culpa de existir, sin muchas pretensiones. Entonces se le cuelga el cartel de "derecha civilizada". Eso sí, ante cualquier protesta por el cierre de este o aquél medio, la persecución de los periodistas incómodos, el uso político de la Justicia, Educación para la Ciudadanía o el acuerdo con ETA y el PSOE (que se define como el partido central de la democracia, el que reparte bulas de legitimidad en España) le cerrará la boca o le cortará las alas con el BOE en la mano. Ni un paso más allá del cordón sanitario.
Pero ante ese proyecto los platos de garbanzos no aseguran nada y el ábaco de Rajoy puede quedarse corto de cuentas. Hay que mirar a los socialistas a la cara y decir que no se está dispuesto a permitir ni un solo atropello de la libertad de los españoles. Aunque para eso hace falta levantar la mirada algo más allá de la economía, dar verdadero contenido a los manidos "valores" y proclamar que no se está dispuesto a reconocer a los demás el derecho a tolerarte o no. Hace falta el convencimiento de que la libertad y los derechos de la persona están por encima de cualquier consideración y de que el PP es el partido que se identifica con ellos. Si Rajoy es o no la persona adecuada para ello lo veremos a partir de junio.
José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana
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