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Esta es una de las historias más tristes (y son unas cuantas) de nuestro tiempo. A saber, las tan perjudiciales "políticas del desarrollo" que llevan a cabo los gobiernos, no los individuos, del Primer Mundo. A los que les gustan las medidas demagógicas y dependen de ellas (¿adivinan quiénes son?), no dudan en seguir en el mismo camino infructuoso de las últimas décadas: aumentar la ayuda externa (entiéndase en situaciones de normalidad, no me refiero a catástrofes naturales) a los países subdesarrollados (no de su bolsillo, claro). El problema, para ellos, es la escasez de ayuda. Esta es la excusa de siempre: las cosas van mal, ergo necesitamos más dinero público. Y siempre lo será, hasta que nos demos cuenta que el problema no es la falta de inversiones y recursos públicos.
En un ámbito más particular, la ONU y otras organizaciones internacionales tratan de garantizar, marcándose ambiciosos objetivos que no cumplirán, la educación gratuita en los países africanos a través de escuelas estatales. Esto es muy loable, sí. Pero en este tema (como en algunos otros), hay que dejar de lado los sentimentalismos que impiden ver lo que realmente sucede. No se trata de dudar de sus buenas intenciones, sino de si los medios que proponen sirven para alcanzar el fin perseguido.
Y la respuesta es, rotundamente, no. Lo demuestra James Tooley en su artículo Backing the Wrong Horse: How Private Schools Are Good for the Poor (Apostando por el caballo equivocado: cómo las escuelas privadas son buenas para los pobres). Él y su equipo hicieron un fantástico y revelador estudio de la situación de la educación primaria, en el que recorrieron algunos países africanos (Kenia, Ghana y Nigeria) y otros asiáticos. Querían averiguar si eran ciertas las afirmaciones de la ONU sobre este asunto: que apenas se ha avanzado y que la solución es la educación gratuita.
A través de testimonios directos de alumnos, profesores y padres, y de sus propias observaciones, llegaron a la conclusión de que se está experimentando una revolución en la educación, con un número creciente de escuelas privadas a las que acuden la mayoría de los niños africanos con menos recursos. Esto sucede a pesar de la existencia de escuelas estatales gratuitas, debido a su escasa calidad y la masificación en sus aulas. Eso sí, los profesores de la escuela pública cobran salarios mucho mayores que sus colegas en las privadas.
Sin embargo, estas conclusiones contrastan con opiniones que el mismo autor cita de miembros del Banco Central: "Nadie cree que las escuelas privadas [en estos países] ofrezcan educación de calidad" o de la directora de un colegio estatal de Nigeria, respondiendo a la insinuación de si la razón por la que los niños ya no iban tanto como antes a este colegio era porque los enviaban a escuelas privadas: "Son familias muy pobres... ¡No se pueden permitir la educación privada!" Parece que este mito no sólo está extendido en Occidente.
Pues bien, un padre de los niños manifestó su opinión así: "Nosotros no queremos que nuestros hijos vayan a una escuela estatal. El Gobierno ofreció educación gratuita. ¿Por qué, en vez de eso, no nos dio el dinero para poder elegir dónde enviar a nuestros hijos?"
Citando a James Tooley, "los pobres parecen tener sus propias ideas sobre cómo son mejor provistas sus necesidades educativas", y éstas pasan por las escuelas privadas. ¿Cuándo escucharán a los propios padres africanos?
Una vez más, chocamos con la idea paternalista según la cual los individuos (sean africanos pobres o consumidores europeos) no saben lo que hacen, y hay que obligarles a hacer algo determinado o prohibirles determinadas acciones. Pero lo mejor que podemos hacer es dejarnos de paternalismos estatistas y celebrar y difundir estos pasos positivos que se están dando en estos países, y ayudarles a que pongan los cimientos de una sociedad libre, que, como ya sabemos, es la única vía para salir de la pobreza.
© AIPE
Ángel Martín Oro es miembro del Instituto Juan de Mariana.
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