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No hay tal conspiración. El precio del petróleo ha subido porque China ha pujado para hacerse con él. Mientras tanto, el aumento de la oferta que causaría una bajada en el precio no ha tenido lugar, a pesar de los atractivos rendimientos, porque la producción ha sido reprimida por políticos presionados por exigencias ecologistas e ideológicas. No han permitido extraer petróleo en el norte de Alaska ni en las costas de Estados Unidos y han obstaculizado la construcción de nuevas refinerías.
En México, como otros países que socializaron el petróleo, su producción merma a pesar de su enorme potencial de gas y petróleo, y no permiten que nadie más que al Gobierno (Pemex) lo explote. Como el perro del hortelano, no cuenta con los recursos para hacerlo ni deja que otros lo hagan. En Venezuela, Chávez ha logrado mermar la producción en un 30 por ciento. Y así, muchos gobiernos y los políticos que disponen de los recursos de sus países impiden el aumento de la oferta. Brasil, en cambio, liberó la producción privada y ahora es exportador neto de petróleo.
Todos sabemos que los precios son consecuencia de dos pujas: quienes desean comprar y quienes desean vender. Tanto quien compra como quien vende compite, ya que nada es infinitamente abundante y no llega para todos. De alguna manera hay que racionarlo. Cuando los gobiernos ponen precios máximos, les toca sólo a los que llegan primero a la cola. También se puede racionar al azar, rifando. En ocasiones, los gobiernos racionan utilizando tarjetas y deciden a quien le toca y a quien no. Las tarjetas, los puestos en la cola o el premio de la rifa suelen venderse después en el mercado negro a quienes de todos modos hubiesen pagado más en el mercado.
También los precios de mercado son un método de racionamiento. La demanda de los usuarios hace subir los precios para excluir usos de menor prioridad. Los vendedores los bajan para excluir a otros que sólo pueden vender a un precio más alto. He aquí una paradoja: suben precios quienes compran y bajan quienes venden. Y la tendencia es siempre a que haya un solo precio para el mismo producto (en iguales condiciones de calidad y accesibilidad) porque nadie le compraría a quien vende más caro si sabe que otro le vende más barato y nadie vendería más barato si sabe que otros venden más caro.
El comprador marginal es quien no compraría si el precio fuera más alto. El vendedor más eficiente baja su precio para excluir a productores marginales, pero sólo hasta donde tenga beneficios. Cada rebaja para incluir a más compradores aumenta el beneficio de los compradores que están dispuestos a pagar más. Así resulta que son los vendedores marginales y los compradores marginales quienes determinan los precios, de tal forma que los recursos se destinan acorde a las prioridades de la sociedad.
La señal de que la gente quiere más petróleo es que su precio sube, aumentando las ganancias de los productores existentes. En consecuencia, si ese precio más alto no se regula, atraerá a otros productores que dejarán de hacer otras cosas menos urgentes, por lo que entonces bajará el precio.
Al fin de cuentas, quienes resultan más afectados por la intervención en el mercado de políticos y ecologistas son los más pobres, que pagarán más por la gasolina.
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