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Estado de las Autonomías

Un país serio con un rumbo fijo

Ignoro si el cortoplacismo en el que se ha instalado el nacionalismo termita, ya sea catalán o vasco, tiene o no en cuenta las complejas consecuencias colaterales de los debates que suscitan
José Enrique Rosendo


Cuando en 1982 la dirección de la CEOE, encabezada por su presidente, Ferrer Salat, y por su secretario general, José María Cuevas, visitaron la entonces República Federal de Alemania, se toparon con un canciller socialdemócrata, Helmut Smith, bastante amigo del flamante presidente del Gobierno español, Felipe González.

Smith, inopinadamente dicharachero en el encuentro con los dirigentes patronales españoles, le preguntó sin preámbulos a Salat cuál creía que sería el principal problema que tenía él como canciller. El viejo zorro catalán dudó un instante y contestó que resolver la crisis económica.

Smith negó con la cabeza y añadió: "Mire usted, la crisis es internacional y los alemanes saldremos de ella más rápido y mejor que la mayor parte de los países de Europa. No, eso no es lo que más me preocupa."

Ferrer Salat achinó los ojos y buscó rápidamente otra respuesta: "Claro, naturalmente, lo que a usted le preocupa es la reunificación de las dos alemanias". Pero el canciller teutón dibujó una leve sonrisa en la comisura de los labios y volvió a negar: "Eso se resolverá solo, porque los rusos, un día u otro, tendrán que sacudirse el socialismo y con él se derrumbará el muro como un terrón de azúcar mojado."

En fin, que como los españoles no adivinaban el propósito del mandatario alemán, éste terminó por confesarse: "Lo que más me preocupa es garantizar el Estado, y redibujar las competencias de los länders para que sean útiles al servicio a los ciudadanos sin estorbar en aquellos asuntos en los que tenemos que estar unidos para asegurarnos el futuro."

Lo dijo en 1982, según me relató un día el propio José María Cuevas, y en este cuarto de siglo que ha pasado desde entonces los länders alemanes no han recortado competencias al estado federal alemán, como reconoció Zapatero al brillante discurso de Rosa Díez.

La constitución alemana, la Ley Fundamental de Bonn, tiene mucho que ver con la española, porque fue una de las fuentes de las que bebieron los padres de nuestra Constitución de 1978, y sobre todo los socialistas. Por eso, las palabras de Smith son premonitorias de lo que la clase política española debiera hacer cuanto antes.

No crean que la cuestión es sólo política o simplemente ideológica. Afecta también y de modo muy importante a nuestra economía.

El tripartito catalán se ha empecinado en que el Gobierno de España haga públicas las balanzas fiscales de las diversas comunidades autónomas, en la seguridad de que con ello permitirá remover un río de agravios en el que pescar más peces para su propio zurrón. Los efectos de ese debate serían demoledores para la idea de una España que aspira a la igualdad jurídica de sus ciudadanos, a la igualdad de oportunidades en la que cada cual pueda desarrollar con la máxima libertad todas sus potencialidades.

Sin embargo, sus consecuencias devastadoras no se limitarían a esto último, ya que propiciaría, como ahora está sucediendo con algo tan importante para las personas y la economía como el agua, que consideremos el todo desde cada una de las partes y que, por tanto, se impidiera el desarrollo de un modelo coherente, compacto y estructurado de infraestructuras para el crecimiento económico.

Les voy a poner un ejemplo. Supongamos que, al final, los españoles nos damos cuenta de que nuestra altísima e insostenible dependencia energética del exterior no se soluciona única ni preferentemente con la generación de energía verde, ya que además de cara la viabilidad de su negocio requiere de fuertes subvenciones públicas. Y que la solución lógica es, como sucede en Francia, o pronto posiblemente en Gran Bretaña y Alemania, desarrollar la tan injustamente denostada energía nuclear.

¿Saben ustedes cuál sería el siguiente debate? Pues que existen comunidades autónomas en España que no sólo no tienen déficit energético, sino que incluso exportan energías a otras comunidades. Léase el caso de Castilla y León, Galicia, Extremadura o Asturias. ¿Hablaríamos entonces de balanzas energéticas? Desde luego, emulando a los catalanes, algún presidente autonómico puede argumentar que las centrales no deben instalarse en regiones excedentarias de energía, sino en aquéllas en donde existe déficit, con independencia de que unas comunidades tengan mayores extensiones de territorio desérticas (desde el punto de vista demográfico), que otras más densamente pobladas y que, por tanto, puedan ser aparentemente las más adecuadas para acoger las centrales y los cementerios radiactivos.

Ignoro si el cortoplacismo en el que se ha instalado el nacionalismo termita, ya sea catalán o vasco, tiene o no en cuenta las complejas consecuencias colaterales de los debates que suscitan, aunque por lo que se ha visto en relación al trasvase del Ebro diríase que no. Pero lo que sí sé es que la demagogia populista de esos nacionalismos egoístas debe terminar cuanto antes si queremos ser un país serio con un rumbo fijo. Helmut Smith tenía razón.


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