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La peste a elitismo es como el aliento a cebolla: rápida de coger y difícil de ocultar. Aunque lo intente con todas sus fuerzas, Barack Obama no puede camuflar el hedor político que exhaló cuando despreció a los norteamericanos residentes en localidades pequeñas como rústicos "resentidos" que "se aferran" a sus armas, a su religión y a sus creencias en una estricta implementación de las leyes de inmigración. No era la primera vez que el Obama más pijo y esnob se dejaba ver.
En Filadelfia, rehusó el típico filete con queso de la ciudad –blando, grasiento, dañino para las arterias y plebeyo (¡ñam!)– por una viruta de jamón serrano importado de España a 100 dólares el medio kilo. En Iowa se quejó ante los votantes del precio de la rúcula en la cadena de supermercados de alimentos orgánicos Whole Foods (dato divertido: en Iowa no hay ningún establecimiento de Whole Foods). Y en una bolera de la localidad de Altoona fue incapaz de anotar un tanto. Pinceladas superficiales pero reveladoras de un corazón condescendiente.
Se dice que Obama está perplejo porque sus comentarios han sido interpretados como arrogancia. ¡Después de todo, él fue un "organizador de comunidades" procedente de un hogar monoparental! Él es el Ciudadano Corriente. El Aunador. El Sanador de Almas. El Receptor de todas las Esperanzas y Sueños. ¿Cómo es posible que sea percibido como distante?
Bien, el elitismo washingtoniano no tiene nada que ver con la biografía de uno. Es un estado mental corrupto. Obama puede al menos consolarse al saber que tiene mucha compañía entre los miembros de ambos partidos en Washington.
Afrontémoslo. Hillary Clinton, la de los 100 millones de dólares y el "no soy Tammy Wynette", Edwards y sus cortes de pelo a 400 dólares, John "francés" Kerry y Al Gore y sus "30.000 dólares en gastos menores de viaje" hacen de Obama un simple peón de la pretensión. Es difícil igualar la arrogancia de congresistas como Cynthia McKinney, Patrick Kennedy y Sheila Jackson-Lee, que abusan todos de las fuerzas del orden o de los empleados de mantenimiento y exigen al tiempo privilegios especiales en su calidad de "servidores del público".
Pero los republicanos son tan susceptibles como los demócratas al virus del "haz lo que digo, no lo que hago".
Tome como ejemplo al rival presidencial republicano de Obama, John McCain. El favorito de los medios, bendecido por el New York Times, recibió esta semana una ovación unánime de los editores de prensa en una gran rueda de prensa en Washington. Menudo rebelde. Aunque McCain critique con entusiasmo a Obama por "elitista" a causa de sus comentarios burlones sobre los residentes en los pueblos de Pennsylvania, él no tiene nada que envidiarle a la hora de insultar al norteamericano medio contrario a la inmigración ilegal.
Al cortejar al lobby de las fronteras abiertas tan obscenamente como Obama corteja a los multimillonarios de San Francisco, McCain ha atacado a los defensores de base de las fuerzas del orden llamándoles racistas amargados y xenófobos, ha maldecido a sus detractores en el Senado y ridiculizado la "maldita barrera" ante sus acaudalados partidarios empresariales. Y quién puede olvidar su desdeñosa advertencia a los conservadores, a quienes reprendía para que "se calmen".
El senador republicano Lindsey Graham, aliado de McCain, manifestaba de manera infame ante los líderes del Consejo Nacional de La Raza, que "vamos a hacer callar a todos los racistas". Trent Lott, el senador republicano jubilado reconvertido en lobbista, se quejaba de los presentadores de radio populistas, un problema con el que los republicanos de Washington deberían lidiar.
Hablando del rey de Roma, ¿de qué vive el veterano ausente Lott? El Washington Post divulgó la pasada semana que "se las ve y se las desea" para encontrar un puesto en el sector privado. "He cogido el Metro por primera vez", declaraba al diario. Es duro no contar con coche y chofer propios financiados por el contribuyente. Y no se pierdan esta perla de la inteligencia: "No he pagado una comida en 30 años", bromeaba.
Aviso a los republicanos de Washington: si desean reparar su imagen entre el electorado conservador, este no es el tipo de prensa que desean. Queda estupendo en los descansos de los informativos de la televisión por cable, pero no cuando hay que hacer esfuerzos por recaudar fondos para la campaña. Y no es muy útil si planea convencer a los electores de que está hecho de otra pasta que el esnob Obama y sus colegas demócratas, traficantes de desprecio hacia el hombre corriente. Para disipar la peste, van a necesitar algo más que pastillas retóricas contra el mal aliento.
© Creators Syndicate, Inc.
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