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Según San Marcos, cuando Jesucristo se encontró a un hombre endemoniado le preguntó su nombre y éste le contestó: "Llámame Legión, porque somos muchos". Luego aquel tropel de malignos acabó suplicando ser expulsado de la región.
También somos legión los liberales que votamos al Partido Popular; superamos con holgura la cifra de veinticinco y ni siquiera somos todos de Madrid. No obstante, tanto Mariano Rajoy como sus corifeos más próximos se sentirían más cómodos sin la presencia de aquellos colectivos que pueden llevar a cabo el rearme ideológico del Partido Popular, tal que los conservadores y, por supuesto, los liberales. Y mucho más confortables si además nos autoexpulsáramos del partido.
El escenario del juego es el siguiente: el partido socialista y los progres en general se hallan inmersos en una espiral creciente de radicalización. Han adoptado un discurso en el que puedan sentirse a gusto aquellos que tradicionalmente habían permanecido al margen del sistema. Sus compromisos con las minorías, que acaban por tiranizar la voluntad de la mayoría, terminan conformando unas élites cada vez más radicales, que se otorgan a sí mismas la capacidad de decidir lo que esjusto, lo que es ético e incluso lo que es estético. Estamos asistiendo en versión patria a lo que Tom Wolfe llamó el radical chic, todo tan fashion como vacío.
Frente a lo anterior, es decir, en el rincón opuesto a la vacuidad, lo que esperábamos algunos votantes del PP era un posicionamiento ideológico claro. Lamentablemente hemos perdido la esperanza. No nos imaginamos saliendo del Congreso de junio un líder como Ronald Reagan, quien fue capaz de rearmar ideológicamente a todo un país tras décadas de nihilismo progre. Reagan, que venía de una familia insignificante, fue capaz de imponerse al aparato de su partido y afrontar la situación logrando que la gente recuperara el amor por la libertad. Del mismo modo, triunfó en Inglaterra el capitalismo popular de Margaret Thatcher, que redujo el tamaño del Estado y reforzó el protagonismo del ciudadano.
Pero Rajoy y sus postulantes han optado por otro modelo, o lo que sería más exacto, por el no-modelo que es el pragmatismo. En esta línea más o menos incoherente se han movido gobernantes defensores del statu quo intervencionista a través de la subvención y el subsidio, desconfiados de la libertad y, en el fondo, encantados con la herencia socialista; entre ellos Chirac, De Villepin y Sarkozy en Francia, o Kohl en Alemania.
Somos muchos, legión, los que pensamos que lo más importante es la libertad, que el desproporcionado tamaño del Estado sólo sirve para ahogar la iniciativa individual, que la educación nunca es cosa del Estado, que la familia es más importante que la comunidad, que un partido político sin democracia interna es pazo o cortijo, que la discrepancia es muy sana, que el pluralismo informativo es necesario para una fecunda convivencia y que no se pasa del veto a la complicidad sin esquizofrenia o cambalache. No importan las siglas, importan las ideas que subyacen en ellas y las sustentan; como decía hace poco Girauta, esto no es fútbol.
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