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La violencia o la exclusión, como tantas otras formas del mal, han perdido toda su capacidad como símbolos atractivos en las sociedades democráticas nacidas después de la segunda guerra mundial. Pero no su práctica.
Nadie quiere hacerse cargo de tales valores, pues están tan contaminados que nadie en su sano juicio los defiende; pero, repito, no todos han renunciado a ellos. Y lo que es peor, muchas veces, son precisamente estos últimos los que los enmascaran con mayor habilidad en valores como la paz.
Vienen a cuento estas reflexiones, a propósito de las declaraciones del lehendakari, Juan José Ibarretxe, a partir de la visita del Dalai Lama al País Vasco donde además de comparar las realidades del Tibet y Euskadi como dos pueblos colonizados, se permitió el lujo de catalogarlos de “esencialmente pacíficos”.
Es ya impostura clásica por parte de todos los nacionalistas pasar por víctimas o imputarles a las víctimas auténticas lo que causan ellos como verdugos. Y el instrumento más eficaz que poseen para “conseguir el fin sin que se note el cuidado” es la alteración del significado de las palabras. El resultado es el total divorcio entre la realidad y la manera de nombrarla.
Hoy, en España, nadie como los nacionalistas son capaces de hablar tanto de paz, diálogo o cohesión social y ser menos consecuentes. No se paran en las palabras: también se rodean de símbolos que representen esos valores. No es causalidad que el Gobierno nacionalista de la Generalitat de Cataluña trajera un día antes de la “Diada nacional” del 11 de septiembre del año pasado al Dalai Lama con ánimo de hacer comparaciones coloniales y envolverse en la túnica de tulipán, como no lo es que sea ahora el nacionalista vasco Juan José Ibarretxe quien lo utilice para comparar al País Vasco con el Tibet: “Es muy difícil entender que pueblos tan grandes tengan tanto miedo a pueblos tan pequeños y humildes como el Tibet o el pueblo vasco, es increíble”. Lo que es increíble es que utilice la tragedia del Tibet y la sincera apuesta por la paz del Dalai Lama para conseguir sus fines independentistas. Lo que es increíble es que declare sin caérsele la cara de vergüenza que el Tibet y el País Vasco son dos pueblos “esencialmente pacíficos”. Es evidente que el Tibet lo es, como también que el País Vasco no; es evidente que allí la represión y la muerte la pone China y en su idílica Euskadi la tortura, la exclusión y la muerte las ponen exclusivamente el nacionalismo violento y las amparan aquellos otros nacionalistas que tienen propensión a comprender o justificar los medios, al compartir los mismos fines.
Comparar a los monjes tibetanos con los gudaris vascos es una afrenta a las víctimas de ETA, es un insulto a todos los que hoy en cualquier lugar de Euskadi han de llevar escolta, es mofarse de todos los españoles que sufren a diario la vergüenza de que en uno de sus territorios no se garantice la libertad para ejercer el derecho a disentir del nacionalismo. Desde luego, si en el País Vasco existe algún rasgo de estoicismo pacifista es el que vienen demostrando miles y miles de familiares y amigos de las víctimas de la violencia de ETA y de la exclusión cultural y lingüística del poder nacionalista. Ni una sola venganza por parte de la sociedad civil. Se lo ha dicho con palabras exactas Rosa Díez: “Los monjes tibetanos somos los no nacionalistas, en todo caso."
Nunca tantos impostores han utilizado tanto la palabra paz en vano. En Cataluña ha pasado lo mismo. Aquellos que más reivindican la paz y el diálogo son los que más fuerte gritan las estrofas de Els Segadors, el himno “nacional” de Cataluña. Esto es lo que cantan:
¡Un gran golpe de hoz!
¡Un gran golpe de hoz, defensores de la tierra!
¡Un gran golpe de hoz!
¡Es hora ya, segadores!
¡Es hora ya de estar alerta!
¡Para cuando venga otro junio,
afilemos muy bien las herramientas!
Es una vergüenza que un himno cuya letra incita a la violencia, evocando el uso de hoces como armas, se siga cantando en todos los actos políticos o sociales en Cataluña. Y es una impostura que quienes hablan de paz, entonen místicos estrofas tan violentas. Incluso el presidente Montilla es el primero en entonarlas. El último día, en la entrega de premios de la Creu de Sant Jordi, en el Palau de la Generalitat.
Espero que el himno nacional español siga sin letra y, si algún día deciden ponerle un perímetro sentimental, que sea un verso de amor de Pablo Neruda.
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