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La celebración del bicentenario da para mucho, quizá más que en cualquier otro país occidental en el que se recuerde el inicio de su contemporaneidad. Y es que en España las interpretaciones de nuestra historia están en el eje de la vida política.
El franquismo utilizó la Guerra de la Independencia para construir un relato teñido de un biologismo fascista, el de la epopeya de la raza indomable. Hoy, el dominio de la interpretación progresista nos ha presentado el conflicto como la lucha de un pueblo atrasado –ordenado en torno al catolicismo– contra la modernidad que representaba todo lo francés. Es más, la guerra no habría sido sino un conflicto civil, el preludio de 1936 –qué disparate–, utilizado años después para sustentar un débil pero opresor –qué contradicción– nacionalismo español.
Insistiendo en lo mismo, hay quien defiende el proyecto de los afrancesados, de esos mismos que en 1812 aceptaron que Cataluña dejara de ser parte de España para incorporarse a Francia. Son los mismos que todavía admiran al emperador Napoleón, un tirano que encharcó de sangre todo el continente para imponer, por la fuerza de las bayonetas, un único modelo de sociedad, y cuyo enemigo era el país que inventó la libertad moderna, Inglaterra. Pero ya no sorprende que esta admiración por los afrancesados y el césar francés esté tan arraigada en la izquierda y en los nacionalistas.
La Guerra de la Independencia fue otra cosa. Chateaubriand escribió que a Napoleón no se le podía atacar con ideas muertas, sino con algo más grande que él, con la libertad. Y esto fue lo que hicieron los liberales españoles de 1808: convertir una guerra nacional –así definida por Metternich– en una auténtica revolución por la libertad. Enfrentados a los enemigos de la libertad de dentro y fuera del país, consiguieron la convocatoria de unas Cortes nacionales, no estamentales, que elaboraron una Constitución, la de 1812, que fue más allá de la mera reforma de las Leyes Fundamentales del reino como querían los conservadores.
Y la España liberal fue entonces la vanguardia de Europa, el referente de todos los amantes de la libertad durante decenios. Porque los liberales entendieron que aquella nación que había recogido su soberanía en 1808 quería fundar una patria, una tierra en la que los derechos individuales estuvieran reconocidos y garantizados por la ley, donde el poder quedara dividido y equilibrado para impedir la tiranía. Porque España no nació en 1808, ni siquiera en 1812, sino que de la mano de los liberales dejó de ser una nación de vasallos para transformarse en una nación de ciudadanos.
Este es el gran legado de la Guerra de la Independencia, la revolución liberal que engendró, todos aquellos principios sobre los que ha girado y gira la vida política española: la soberanía de la nación, la división de poderes, los derechos individuales, el parlamentarismo y el constitucionalismo para la defensa de la nación de ciudadanos libres e iguales. Y todo esto lo sostuvieron los liberales durante la Guerra, contra los enemigos de la libertad, y para despecho de afrancesados coetáneos y actuales. Es el verdadero legado de aquello que comenzó el Dos de Mayo en Madrid, y que se extendió en un mes por todo el país con dos palabras convertidas en sinónimo: independencia y libertad.
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