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Escuchar a Antonio Herrero a finales de los ochenta o principios de los noventa del siglo pasado era un acto heroico que no siempre proporcionaba satisfacciones a quien lo protagonizaba, especialmente si uno trabajaba de funcionario en alguna de las infinitas administraciones gobernadas por el felipismo, como le ocurría a un servidor.
En esa época, cuando la voz de Antonio tronaba relatando los escándalos de corrupción que el felipismo nos regalaba a diario y los socialistas comenzaron a ver su hegemonía en peligro, no era infrecuente asistir a casos de hostigamiento político contra quien se atrevía a sintonizar la maldita Antena 3 de Radio en la administración entre las ocho y las doce de la mañana. Yo he visto a un jefe de sección arrancar el auricular de un funcionario para comprobar si estaba escuchando a Antonio en lugar de a Sor Iñaki, la única voz radiofónica autorizada por el régimen. Con otros no se atrevían, claro, pero porque nos consideraban sencillamente irrecuperables (curiosamente éramos los que más y mejor trabajábamos, si me disculpan la inmodestia), así que se limitaban a postergarnos en todos los concursos de méritos con la ayuda inestimable de la mafia sindical, cuya meta no era defender los derechos de los trabajadores por igual sino contribuir a la preservación del régimen socialista, aunque en el proceso tuvieran que revolcarse en las heces hasta límites indecorosos incluso para la UGT de la época.
La principal aportación de Antonio Herrero a la España de la época no fue contribuir al cambio de régimen que el país necesitaba, ni siquiera la denuncia valiente de los escándalos del felipismo que acabaron en el procesamiento de muchos de sus protagonistas. Antonio hizo algo mucho más importante. Consiguió que la masa silenciosa de votantes de Aznar no se sintiera huérfana, en una época en que la derecha, anulada su presencia en los medios de comunicación de masas, estaba prácticamente en la clandestinidad. Su voz en las mañanas radiofónicas nos convencía de que luchar por unas ideas y llamar a las cosas por su nombre, además de una obligación, era la única actitud aceptable para un hombre libre. En los primeros noventa, muchos comenzaron a tener el valor suficiente para defender sus principios en público, sin tener en cuenta las represalias de una sociedad acojonada por el poder socialista, prácticamente omnímodo en esa época. Eso también lo hizo Antonio, aunque nunca tuvo el menor interés de convertirse en el líder espiritual de esa media España que no se resignaba a ser aplastada por Alfonso Guerra.
En al menos una delegación de una radio perfectamente reconocible se brindó al conocerse la muerte de Antonio Herrero (además, con sidra de a veinte duros la botella; eran y son así de cutres). Un trabajador presente ese día me lo contó, como también me relató que, acabado el brindis, algunos de sus compañeros fueron al inodoro a vomitar. Antonio no necesitaba ese homenaje póstumo, pero ya que lo hicieron, sirva como un mérito añadido a su trayectoria: jamás esa vasta pandilla de hijos de puta odió tanto a un hombre íntegro como él.
Que el primer Gobierno de Aznar iba a tener problemas con Herrero era algo que dábamos por supuesto todos sus oyentes. La tragedia de su muerte prematura evitó la fractura de la derecha social española, porque muchos de los votantes del PP, puestos ante la tesitura, nos hubiéramos ido con Antonio a donde quisiera llevarnos. A diferencia de los políticos, él siempre nos dijo la verdad. La verdad, ahí es nada.
Pablo Molina es miembro del Instituto Juan de Mariana.
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