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El mismo día en que se celebra el bicentenario de la sublevación del 2 de mayo de 1808, un periódico de Barcelona, antes también "español", anuncia que el Tribunal Constitucional se dispone a por buena la denominación de nación para Cataluña. Parece un sarcasmo. Pero la información tiene muchos visos verosimilitud.
De corroborarse la noticia culminarían así, oficialmente, más de cien años de nacionalismo o de catalanismo: cien años de ofensiva ideológica y cultural y otros tantos de abdicación y sometimiento, cuando no de rendición, muchas veces gustosa, por parte de unas elites españolas incapaces de oponer argumentos y posiciones claras a la demolición de su propia razón de ser.
Asistir al derribo de la propia nación –hasta aquí la mía sigue siendo España– produce sensaciones extrañas. Aquí hablamos de "balcanización". En Serbia, ha apuntado Juaristi, lo llaman "españolización". Según esto, nos estaríamos "españolizando". A lo mejor es verdad. La evolución de la sociedad y la cultura españolas en estos últimos cien años parece llevar en su núcleo más hondo una querencia destructiva, una voluntad suicida disfrazada de abulia y desidia, cuando no de tolerancia ante aberraciones como los "hechos diferenciales". Al fin habremos llegado a reconciliarnos con esa pulsión que ha acabado por destruir con toda probabilidad para siempre, la proyección institucional, pública, exterior de aquello que creíamos ser.
En algunos momentos a lo largo de estos años de democracia he tenido una sensación parecida a la que siento hoy. Una sensación profunda de vértigo, de inestabilidad. En aquellos casos –cuando el anuncio del plan Ibarretxe, alguna ocasión en que se ha manipulado la institución de la Corona–, notaba, físicamente, que se estaba hurgando en la médula de uno de los elementos esenciales de aquello que me constituye como persona, lo que me inscribe en una historia común, que es la de España, la nación española.
Ahora el vértigo es total, con la sensación de que se me ha retirado el mismo suelo, los cimientos, cualquier rastro de estabilidad que pudiera quedar. Buena parte de lo que constituía el horizonte y el sentido de las cosas que me rodean ha quedado pulverizado, o ha cobrado un sentido que no se me alcanza. Cuando acuda a la Biblioteca Nacional, ¿qué sentido tendrá ese adjetivo? Los documentos que me acreditan como español, ¿qué significarán? ¿De qué Constitución hablaremos cuando nos refiramos a ella? La Corona de España, una de las grandes instituciones de la historia, ¿a quién representará a partir de ahora? El caudal de proyectos, ilusiones, ambiciones y sacrificios que conforman la historia de España, ¿cómo se lograrán entender? El derroche de imaginación, de exploración de nuevos sentimientos, de búsqueda de la pura belleza que es la literatura y el arte españoles, ¿qué sentido tendrá? Y las propias palabras con las que hablamos, ¿qué significado esconderán?, ¿a qué lengua pertenecerán?
Ser español se circunscribirá, de confirmarse la noticia de La Vanguardia, a una cuestión privada, algo cultivado entre unos cuantos, o tal vez entre muchos, pero en cualquier caso siempre particular. España habrá dejado de ser el nombre que nos unía a todos. Se convertirá, tal vez, en algo nuevo, pero yo ya no seré capaz de reconocerme en esa nueva entidad. Y tendrán que pasar muchas, incontables generaciones para que los nuevos españoles, si es que siguen llamándose así, consigan levantar algo que recuerde siquiera de lejos a la belleza, el esplendor y la gloria de lo que al parecer va a ser abandonado como un trasto inútil en el basurero de la Historia.
Esperemos que los miembros del Tribunal Constitucional entiendan cabalmente la responsabilidad que están a punto de asumir y se dejen inspirar por un último ápice de cordura, de lealtad, de gratitud.
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