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Una administración autonómica del PP, da igual cuál porque me imagino que todas harán lo mismo a juzgar por quien lleva y cómo se entiende ahora la cultura en ese partido, se ha gastado una millonada del bolsillo de los contribuyentes en una performancia callejera que pretende ser la primera piedra de la nueva cultura centrista. Más que piedra, el escombro, porque se trata de eso, de un escombro o derribo esplendentemente caro, ya que precisamente lo que se ha pagado es lo que hace de él una obra maestra.
Por poner un ejemplo, en Palermo, Sicilia, la administración no ha pagado lo que luego racanea a los hospitales por las casas derruidas por los bombardeos de los aliados en la Segunda Guerra Mundial, que permanecen como la noche en que se vinieron abajo hace sesenta años. Por eso lo del barrio viejo de Palermo no son obras maestras del "liberalismo social", sino sólo indicio de miseria.
Volvamos al arte centrista. Vino una excavadora, tiró una casa y a lo que quedó le pusieron el logotipo de la consejería de cultura correspondiente, una valla que avisaba de "no pisar obras de arte", el nombre de la autora de la ocurrencia y, cosa tan de la burguesía de provincias, el dinero que le habían pagado por ello. ¿Es realmente necesario que el consumidor de arte sepa lo que gana el artista para así modular su entusiasmo por él, según si se entera que es rico o no? Para la administración del PP, así es. Sobre todo si paga ella, la administración, haciendo un gran esfuerzo con nuestro dinero.
La interacción o "diálogo" artístico del derribo o escombro con la ciudadanía ávida de catedrarse en estética por el procedimiento del shock postraumático no se hizo esperar. Los presuntos votantes del PP empezaron a escribirle, junto a la obra de arte, graffittis espontáneos al chufla cultural que la había auspiciado y a la "creativa" que se había entretenido en colocar todos los trozos de ladrillo y argamasa resultantes del derribo en perfecta forma cónica, de excremento.
Pero no eran mensajes indignados con el derribo en sí, contra lo que uno habría podido pensar, ya que no era fácil que una ciudadanía poco formada y que no ha salido en gustos de las escenas de caza en porcelana de Lladró supiese apreciar su transgresión y su buen rollo. La indignación de los benditos contribuyentes no venía tampoco de lo que había percibido la artista por su llamémosle lo que fuere, que hay milenios en que Van Gogh no ganó ese dinero. Lo que les parecía de verdad intolerable es que la obra de arte le hubiese sido tan fácil de hacer a la ocurrente y que por eso cobrase lo que muchos sopistas en un año. En ese sentido, lo de las Torres Gemelas tendría mucha más enjundia artística y estaría justificado que la administración desembolsara lo que no está escrito por esa tremebunda ingeniosidad.
¡La nueva cultura del centro político! No me imaginé nunca que acabaría echando de menos a la que teníamos por cultura de izquierdas.
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