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Debimos darnos cuenta mucho antes. Por ejemplo, cuando fue patente que a Rajoy le incomodaban las concentraciones callejeras si no las convocaba él, personaje lastrado por una concepción orgánica de la sociedad y del poder, y por una desconfianza profunda hacia las motivaciones ajenas.
Debimos desmarcarnos ipso facto cuando los candidatos populares abordaron la campaña electoral obviando las grandes causas de la legislatura que acababa y llamando, a coro, a concentrar las energías de media España en "convertir a Mariano Rajoy en presidente". Debimos levantar entonces la voz y exigir lo que se hurtaba: Sí, lo vamos a convertir en presidente para...
Existían indicios suficientes para comprender que Rajoy veía su acceso a la presidencia como fin en sí mismo, no como medio para nada. La cantinela del "vamos a convertir a Mariano..." suponía estrenar un culto a la personalidad por otra parte imposible, aun contando con la mejor de las voluntades: un Mariano Rajoy sin objetivos no sugiere nada; absolutamente nada.
Debimos atar cabos cuando en el segundo debate televisivo Zapatero sacó el 11-M y Rajoy se escondió. Su incapacidad para lanzar al adversario un solo contraargumento, habiendo ido llenos sus medios afines durante años, era desoladora y anunciaba lo peor. Luego, la noche del 9 de marzo, debimos reaccionar con los mismos reflejos que El Mundo: se imponía la inmediata dimisión del perdedor, Rajoy estaba amortizado.
Debimos sentir como una afrenta que Rajoy nos hubiera utilizado, que se hubiera valido de nosotros para llegar al poder con un solo punto en su agenda: defraudarnos. Si echamos la vista atrás, asombra la capacidad de autoengaño que puede desarrollar quien desea fervientemente un cambio. Bien, ahora ya tenemos el problema delante de las narices. El problema que tantas pistas había ido dejando y que no quisimos atender porque librarse de Zapatero parecía la prioridad absoluta.
Ya es tarde para corregir tanto wishful thinking. No lo es, sin embargo, para advertir a lo más digno del PP, ya plenamente consciente de la catástrofe Rajoy, de los peligros de su actual actitud, consistente en dejar que un injustificado megalómano gane el congreso de Valencia contando con que pronto se estrellará.
¿Dónde está el peligro? En que el cambio de régimen avanza sin resistencias; los supremos árbitros, intérpretes y contrapesos institucionales han cedido. Del Rey abajo, ninguno lo cuestionará. Un solo año sin verdadera oposición sería letal para las libertades y para la nación. No digamos dos o tres. El cuarto lo obviaremos porque a Rajoy no lo ve de candidato en 2012 más que el espejo que le coloca delante cada día Soraya SS.
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