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Llevo años poniendo el ojo político donde pongo el error, el inmenso error. Yo he apoyado periodísticamente en sueltos publicados de los que espero no se acuerde nadie, caballeros, tanto a Rodríguez Zapatero contra Bono como a Mariano Rajoy contra sus dudas, a más de a algún que otro democristiano contra Rosa Díez (cuando subía las patitas a la silla con expresión arrobada en los mítines del PSOE, eso sí); ahí están las hemerotecas para denunciarme. Si no he apoyado también a Joseph Fritzl, el monstruo austriaco, contra su hija, habrá sido porque no me había sido presentado hasta ahora.
A Rodríguez Zapatero le publiqué un ditirámbico análisis en su día y su año, cuando ganó el congreso interno de su partido. Sí, yo también me creí, como mucha parte de las bases del PSOE que le votaron y luego nunca denunciaron la estafa, eso de que representaba a la tercera vía de Blair en España, el liberal socialista que nunca fue, no el feministo justiciero y rojo, sino la London School of Economics bajando por el Pisuerga. Pero si llego a saber que en realidad no estaba Blair sino que había un fanático irlandés detrás (aunque sea un fanático del "republicanismo cívico", como Pettit) le hubiese pedido el elogio de vuelta a Zapatero, como aquel especulador que le llegó a un banquero y lo primero que hizo fue regalarle un reloj de oro para seguidamente pedirle un crédito.
– Lo siento, no voy a darle un crédito: ha dejado usted pufos multimillonarios en varios bancos.
– Ah, que no me va a dar un crédito, pues traiga usted acá ese reloj.
Zapatero me debe el reloj que un día le regalé por la cara nada más llegar al mando de su partido. Y hasta las elecciones del 9-M yo no sospechaba que a Rajoy también le había puesto un peluco en la muñeca antes de ir a pedirle el crédito político y éste negarlo, no sólo a mí sino a todos los votantes de su partido.
Hasta el 9-M me tenía por furibundo marianista, más "marianista" que Pitita Ridruejo, quien en primavera se marcha al campo a ver la floración de las vírgenes en los almendros, y en parte aún lo sigo siendo, pero me levanto más descreído cada día y ya no acabo de confiar ni en la religión verdadera. Mi presidente autonómico Valcárcel me ha dicho que Mariano es el hombre que ahora mismo conviene al partido (cosa que me deja más aliviado), pero un observador menos autorizado podría pensar a la ligera que Rajoy convendrá al partido, sí, pero exceptuando lo que conviene a todos los que lo forman y votan.
Desde las bancadas populares se mofan abiertamente de las decisiones presentes comprobadas y también las supuestas de Rajoy, como eso de convertir a Jorge Moragas, el diputado de la media melenita y la mochila saharaui al que llaman Rodolfo Chikilicuatre, en el rumoreado "número dos" del partido, como vicesecretario. Le han perdido el respeto, aunque todavía no el miedo. Lo último ha sido lo de María San Gil, la presidenta del PP en el País Vasco. San Gil me ha enviado en alguna ocasión, a través de su amigo Luis Gestoso, hijo del que fuera delegado del Gobierno en La Rioja, algún parabien por el apoyo a su causa antinacionalista, pero no he tenido el gusto de intercambiar impresiones personalmente, como sí he hecho con el propio Mariano Rajoy, con quien me fui de cañas tras perder sus primeras elecciones y me dejó encantado de la vida con su bonhomía, claridad, sutileza y firmeza. Claro que eso era cuando todos éramos fachas crispadores, no faros para que acudan despistadas polillas de la socialdemocracia.
No conozco personalmente a María San Gil, repito, pero no me van a pillar en lo mismo que con Rosa Díez, en quien vi una peligrosa demagoga cuando a ella le tocaba ir vendiendo por ahí "socialismo de los sentimientos" (ya digo: donde pongo el ojo político pongo el error). Esta vez seguro que no me equivoco: estamos a lo que diga María San Gil, quien desde luego está por encima de lo que convenga a la derecha en este momento.
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