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La crisis del Partido Popular está dando lugar a paradojas curiosas. Una primera se refiere a los hechos y a su verbalización, que diría un psiquiatra. Las elecciones del 9 de marzo han producido un terremoto en el PP. Desde entonces se han ido acumulando los signos de cambio, desde la incorporación de nuevas personas al equipo dirigente, la salida más o menos forzada de otras, el ninguneo de quienes parecían destinados a ser primeras figuras y por último –pero no menos importante– el nuevo planteamiento respecto a la relación con los nacionalistas, lo que entraña una variación de fondo en la posición política e incluso en la estructura misma del Partido Popular.
Ahora bien, y aquí está la paradoja, se trata de un giro no reconocido, e incluso negado. Véase la famosa ponencia política –probablemente la más leída de la historia del PP– en la que se reafirman los mismos principios que mantenía el partido antes de las elecciones. Se deduce que el contenido de la ponencia es poco menos que indiferente, y se entiende bien, en consecuencia, la posición de María San Gil, que ha padecido en primera línea la manifestación y las consecuencias de este brote de esquizofrenia política.
Una segunda paradoja se refiere, ya que hablamos de María San Gil, a los protagonistas de la situación. El giro del Partido Popular no es uno más de esos viajes al centro que el PP ya ha emprendido en varias ocasiones. De confirmarse lo que empieza a saberse, es un cambio radical en la propia idea de España que tienen los populares. No se sabe lo que ocurrió en las cerca de dos semanas que Rajoy pasó desaparecido después de las elecciones, pero algo o alguien, sin que sepamos tampoco qué teclas se tocaron, le debió hacer variar de opinión. Y muy profundamente. Da la impresión que los actuales dirigentes del PP han empezado a hacerse a la idea de que el proceso de confederalización, por así llamarlo, de España es inevitable, que es la auténtica culminación de lo que se puso en marcha en la Transición y que no vale la pena resistirse a lo inevitable so pena de quedar reducido (el PP, quiero decir) a una anécdota regresiva o testimonial.
La paradoja consiste en este punto en el contraste entre el giro, tan ambicioso que no es exagerado calificarlo de histórico, y la escasa entidad política, e incluso de carácter, por no hablar de la capacidad de comunicación, de quienes lo han asumido y lo promocionan. Rajoy, que se ha revelado como un líder correoso, eso sí, pero dubitativo e inseguro como el que más, no está a la altura de lo que se ha propuesto. Lo mismo puede decirse de sus colaboradores más próximos.
Cierto que el personaje encarnado por Rajoy es una metáfora casi perfecta de lo que puede ocurrir: el definitivo hundimiento del centro en el PP y la transformación de la organización en otra cosa, confederalizada, con un órgano de coordinación sin autoridad en lugar de un liderazgo auténtico. Aun así, por muy didáctica que resulte la imagen, se convendrá que incluso para hacerse el harakiri es necesario algo de carácter. A menos, claro está, que uno esté dispuesto a que se lo hagan otros.
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