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En la Irlanda económicamente deprimida de mi niñez, una de las maneras de fomentar el orgullo nacional era inculcar a los más jóvenes en las escuelas que éramos "la isla de los santos y los eruditos". Desde temprana edad se nos contaba una y otra vez que mientras el resto de Europa se metía en insensatas batallitas, los monjes y eruditos irlandeses preservaban y desarrollaban los tesoros escritos del Oeste, acumulando la literatura clásica heredada de los romanos y conservándola para la posteridad. Al extenderse la paz por toda Europa, el irlandés –armado con su vasto conocimiento– fue al rescate de nuestros hermanos europeos, esparciendo su conocimiento, forjando así la mente medieval y dejando una marca indeleble en la cultura occidental. Precisamente para informar al resto de Europa cuánto se le debe al irlandés, el autor norteamericano Thomas Cahill escribió un libro titulado De cómo los irlandeses salvaron la civilización.
Si hemos de creer a los gobiernos de Irlanda y Bruselas, una vez más el pueblo irlandés va a dar un paso adelante y contribuir a la preservación de la civilización occidental apoyando el Tratado de Lisboa. Y es que definitivamente hay mucho en juego. Hasta tal punto que el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, el presidente del Parlamento Europeo, Hans Gert Pöttering, y Angela Merkel, la canciller alemana, todos han viajado a Dublín para mostrar su apoyo al Tratado y para advertir sobre las consecuencias de no aprobarlo. Para lograrlo, la UE ha congelado la adopción de numerosas medidas contrarias a los intereses irlandeses hasta después de la votación, incluyendo las discusiones sobre la armonización de los impuestos de sociedades, debates sobre subvenciones a granjas; hasta han abandonado una investigación sobre la práctica, legal en Irlanda, que permite a las escuelas religiosas tener en cuenta las creencias de los candidatos en las entrevistas de trabajo.
No hay certeza alguna de que los irlandeses vayan a votar a favor del Tratado, aunque personalmente creo que será así. A pesar de que todos los partidos mayoritarios del país apoyan el Tratado, los sondeos recientes sugieren que el voto afirmativo es de un 35 por ciento, mientras el negativo ronda el 31 por ciento, existiendo un 34 por ciento de indecisos. Lo más inquietante para el Gobierno es que el sindicato más grande del país, el Sindicato de los Técnicos, Ingenieros y Electricistas, que representa a cerca de 45.000 trabajadores, se ha unido a otros dos grupos que expresan su rechazo hacia el Tratado.
¿Pero que está pasando realmente? Existen claramente varios sectores de la sociedad irlandesa a los que no les interesa apoyar el Tratado de Lisboa, como los sindicatos mencionados anteriormente, por considerarlo perjudicial para sus intereses. Otros grupos, como por ejemplo los agricultores y ganaderos, mantienen una arriesgada política de chantaje, amenazando constantemente con no apoyar el Tratado –y destruir así el nuevo proyecto europeo– a menos que otras demandas no relacionadas con él sean tenidas en cuenta. Pero por encima de todo, el problema más grande con el que nos encontramos al buscar apoyo para el Tratado es que muchos no tienen ni idea del asunto sobre el que se les pide que voten. ¿Y cómo podrían saberlo con suficiente detalle? El Tratado comprende 270 páginas redactadas en un idioma legal complejo. Encuestas recientes indican que sólo 5 por ciento de la población siente que realmente comprende el Tratado. Por lo tanto, no sorprende que el referéndum se encuentre encuadrado en términos absurdamente simplistas, como si se está "a favor o en contra de Europa". "No se preocupe por los detalles del acuerdo – viene a decir el Gobierno –, que ya lo hemos leído y es bueno para el país. ¡Fíese de nosotros!"
Sin embargo, Europa no debería culpar a los irlandeses en caso de que voten en contra del Tratado. Después de todo, es el único país que presenta el texto para votación. Otros ocho gobiernos que se habían mostrado dispuestos a tener un referéndum sobre la Constitución europea han tenido miedo de presentarlo al electorado, de modo que se conformarán con la aprobación de sus parlamentos. Todo parece indicar que en estos momentos Europa necesita más a los irlandeses de lo que estos necesitan el tratado.
Cuando los irlandeses rechazaron el Tratado de Niza en el 2001, simplemente se les fue pidió votarlo nuevamente luego de realizar una serie de cambios modestos en el mencionado texto. Este referéndum sobre el Tratado de Lisboa realmente no es más que el Plan B tras el rechazo a la Constitución Europea.
Al ser preguntado recientemente en la Kennedy School en Harvard sobre las diferencias entre el Tratado Europeo Constitucional (que fue descartado después de los votos negativos de Francia y los Países Bajos) y el Tratado de Lisboa, Bertie Ahern, el entonces primer ministro, respondió: "Hemos cambiado el nombre, y como con cualquier otro gran acuerdo, eliminamos algunas secciones, lo cambiamos un poco y lo hemos denominado el tratado de reforma."
Lo que quiere decir que los irlandeses están votando el Plan B. Que nadie se sorprenda si en el improbable caso de que los irlandeses no apoyen el Tratado termina apareciendo un Plan C y luego un D, obligando a votar una y otra vez al electorado irlandés hasta que lo haga "correctamente".
Sean Fitzpatrick es doctor en Economía y consultor del Consejo Económico y Social de la Comunidad de Madrid.
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