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Bajo el influjo de la izquierda política y mediática, irresistible para un hombre de las convicciones de Rajoy, el "PP cambiado" de Lassalle acaba de enviar la primera señal de lo que muchos sospechábamos: el próximo encumbramiento de Gallardón. Aunque el cargo que le espera no ha sido aún revelado, todos lo ven ya a la derecha del padre, en la Secretaría General, relevando a Acebes.
El primer "compañero" que puso a Acebes en el punto de mira fue Piqué, que lo situó con Zaplana en el pasado. Colocar a alguien en el pasado es el castigo terrible que los especialistas en nadar y guardar la ropa aplican a quienes dan la cara en momentos difíciles. Si tan difíciles son como la gestión gubernamental del 11-M, que incluyó la tarea de informar a tiempo real sobre una investigación en marcha con el país conmocionado, va de suyo que el enemigo te va a convertir en icono preferente del mal. Y el compañero ingrato y fementido, más.
Ser un alcalde competente, impulsar grandes obras públicas y poseer ambiciones olímpicas puede despertar cierta admiración, pero no implica bendecir la carga política que transporta el visionario. Si así fuera, yo habría votado a Maragall, gran alcalde de Barcelona y, en lo olímpico, capaz de materializar –¡y cómo!– lo que para Gallardón es todavía un sueño. Llegado a la presidencia de la Generalidad, aquel alcalde memorable resultó un desastre sin paliativos. Esto lo ven hasta los socialistas, que lo echaron de mala manera.
Analizar la idoneidad para un puesto como el de Acebes exige fijarse en aspectos muy distintos a la mera gestión. Tenemos la aquiescencia (como mínimo) de Gallardón con las maquinaciones de Prisa para privar a Aznar de la jefatura de gobierno en 1996. Tenemos su apoyo incondicional a la instrucción del sumario del 11-M, que tiene bemoles. Tenemos su apuesta por un concepto de cultura que calca el de la progresía, y es este un punto de extraordinaria importancia para quienes creemos que la principal lucha política se libra en el imaginario.
Tenemos algo secundario pero significativo por lo perverso: presentar a Esperanza Aguirre, modelo de liberales, como más conservadora que él. Una acusación que entenderíamos ajustada a la realidad si la profirieran Savater o Rosa Díez (no Carrillo, pues hablamos de política, no de carnicería; no Zapatero, pues hablamos de ideología, no de marketing), pero que clama al cielo viniendo de alguien que procede, este sí, de la derecha extrema. Curiosamente, a la derecha extrema de verdad le ahorran la etiqueta porque suele alegrar los oídos al progrerío con el despliegue de sus complejos. Si se confirma que Gallardón va a ocupar la Secretaría General, el PP se hará irrespirable para los liberales. Los muy conservadores se sentirán cómodos, así como los progres. Pero estos últimos no votan al PP.
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