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Los estudios estratégicos tienen sentido en un país que aspira a contar con una política estratégica, de grandeza y proyección nacional. Pero desde que Rodríguez Zapatero llegó al poder, lo exterior y la visión de una España actor relevante en el ámbito internacional se hicieron añicos, girando toda su obra en lo doméstico y en la división nacional. Tras su segunda victoria electoral esta tendencia se agudiza cada día.
Cabía esperar que el llamado principal partido de la oposición sostuviera el sentido común y abanderara la idea de una España equiparable al resto de potencias que nos rodean, pero a tenor de lo que estamos viendo estos días la única política que emana de Génova ni siquiera es ya doméstica: es tribal. De hecho, no es política si por tal entendemos el avance de ideas y proyectos.
En política, por suerte o por desgracia, las imágenes cuentan y mucho y no deja de resultar sorprende que los defensores de una manida aunque nunca explicada "modernización del PP", obtengan un explosivo cóctel con sus decisiones: el aplauso de los actuales dirigentes socialistas; la solidaridad de antiguos barones del PSOE; la misericordia de su principal oponente mediático, El País; la crítica de los dirigentes históricos del PP, desde Aguirre a Cascos; las manifestaciones de preocupación de su presidente de honor, José María Aznar; y, eso sí, el apoyo acérrimo de don Manuel Fraga Iribarne, más un clásico que un modernizador, a decir verdad. El batiburrillo gestado por y en torno al actual equipo rector del PP es a la vez tan sorprendente como desmoralizador. No importa que desde el balcón de la calle Génova se niegue la mayor, la creciente división interna.
Cuando Zapatero ascendió al poder, primero dentro del PSOE y después al Gobierno, lo que sucedió no dejó de ser llamativo: su camarilla de fieles y leales, prácticamente sin experiencia, hizo tabla rasa con su propio pasado, desbancó a los pesos pesados socialistas, empezando por el propio Felipe González, y dio tal giro al PSOE que el partido socialista de Zapatero poco o nada tiene que ver con el PSOE anterior a 2003. Todo gracias a su persona y a un puñado de escuderos. El resultado ya sabemos cual es, por desgracia: un Ejecutivo radical sin parangón alguno, ocupado en gobernar sectariamente, en servir de ejemplo de todo lo más estrafalario y dispuesto a poner en riesgo el modelo de convivencia entre los españoles.
Por desgracia, la zapateritis que entonces padeció el PSOE parece haberse vuelto una enfermedad mucho más contagiosa de lo que cabía esperar: también ha anidado su cepa en Génova. La gran diferencia es que este brote agudo no se está pasando, como hizo el PSOE, desde los resortes del poder, sino en la oposición, donde las defensas siempre están mucho más bajas. Al fin y al cabo, como sentenció en su día el brillante y cínico Andreotti, "lo que desgasta no es el poder, sino no tenerlo".
Para nosotros, el PP es una necesidad estratégica para España. Tiene que haber una oposición que, independientemente de las maneras, haga lo que tiene que hacer, vigilar al Gobierno estrechamente y oponerse a él con una plataforma clara de valores, ideas y principios. Y frente al asalto revolucionario de la izquierda postmoderna, sólo un ideario liberal-conservador puede tener algo que decir en contra y servir de contrapeso y antídoto. La tercera vía no cuajó en la izquierda y aún menos puede cuajar entre los conservadores, porque no son estos los que durante el siglo pasado han fracasado ideológicamente. Y quienes se declaran abiertamente de centro deberían explicar en qué exactamente hay que acercarse a la izquierda, si en la corrupción, el empobrecimiento de las naciones o en los crímenes cometidos en su nombre. A no ser que lo único que tengan sea una auténtica empanada mental.
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