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Pocos ataques a la libertad de expresión concitan tantos aspectos deshonrosos como el que ha reunido en su seno el intento de mordaza, disfrazado de querella por injurias, que ha llevado este miércoles a Federico Jiménez Losantos a sentarse en el banquillo de los acusados. Un capitulo bochornoso de nuestra democracia que ilustra, entre mentiras y olvidos calculados, hasta qué punto algunos ponen el interés político, no ya por encima de la libertad de expresión, sino por encima del mismo sentido del honor que usan como coartada.
¿Qué honor es este que, a la hora de hacer declaraciones, no se impone al indigno interés político por pasar página a la investigación y enjuiciamiento de la mayor matanza de nuestra historia? ¿Qué honor es este que no se siente ofendido sino que se ve reflejado en un titular como el del ABC de 8 de junio que decía "Gallardón invita a su partido a obviar el 11-M y huir de la radicalización"? ¿Qué fluctuable honor es este que sí se ofende, en cambio, por las interpretaciones, no ya libres sino lógicas, que hace un tercero tanto de ese titular de ABC como de las propias declaraciones que lo sustentaban?
Si bochornoso es el intento de mordaza, no menos sonrojantes son los medios que se han utilizado para encubrirlo y tratar de materializarlo. Lo de menos es que, contra lo que dicta la ley y contra lo que le ha ordenado el juez, Gallardón haya leído parte de su declaración; un escrito en el que, por cierto, se responsabilizaba al acusado de cosas que el jamás había dicho o se sacaban de contexto las palabras que sí había pronunciado. Lo de más es que ahora Gallardón trate de ocultar sus propias declaraciones con la amnésica complicidad de sus otrora escandalizados y disconformes compañeros de partido. Como ha dicho el propio Jiménez Losantos al salir del juicio "ahora va a resultar que Gallardón no dijo lo que dijo y que los del PP nunca lo oyeron".
No. No es en defensa de su honor por lo que Gallardón ha sentado en el banquillo al periodista. Lo ha hecho en defensa de su interés político, para tratar de amordazar a uno de los más lucidos, implacables e influyentes obstáculos que encuentra en su camino hacia el poder. Un interés que pasa por brindarse como comparsa a un nuevo régimen que muestra un respeto a la libertad de expresión, a las víctimas del terror y a la democracia equiparable al que Gallardón brinda a su sentido del honor.
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