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Que una política totalitaria –dentro o fuera de un Estado democrático– impida que ciudadanos libres ejerzan sus derechos no es de extrañar, pues forma parte de su naturaleza; que una política totalitaria, para impedir que ciudadanos libres ejerzan sus derechos, utilice la mentira, la manipulación o la exclusión forma parte de su naturaleza; pero que una política totalitaria, además de excluir o imponer, trate de pasar por demócrata y utilice los derechos humanos para justificar su inculcación produce arcadas.
Pues bien, esa desagradable sensación es la que sacas inmediatamente después de ver la exposición La mar de llengües, parlar a la mediterrània que Linguamón, con el patrocinio del Gobierno de la Generalitat de Cataluña, lleva a cabo con impúdica impostura en Barcelona con motivo de la conmemoración del año internacional de las lenguas que se ha sacado de la manga el Gobierno de entendimiento con el independentismo de José Montilla.
Es un déjà vu. Emplear un arsenal de conceptos humanistas al servicio del despotismo. Es la mecánica del fascismo posmoderno: toda la eficacia del lobo camuflada tras la piel de cordero. Se habla de integración para imponer la asimilación, se habla de derechos lingüísticos para despojarnos de ellos, se habla de lengua propia para hacer impropias a las demás, se habla de derechos históricos para destruir los democráticos, se habla de bilingüismo para imponer el monolingüismo, se habla de cohesión social para excluir con impunidad.
Cada una de estas contradicciones queda retratada en la exposición La mar de llengües. Toda la hipocresía, toda la mala conciencia se trasforma en semántica buenista; todo el victimismo agresivo, todo el presupuesto de la Generalitat al servicio de un racismo lingüístico imposible ya de ocultar. Paredes, paneles, folletos. Grandes frases al servicio de la exclusión: "¿Quién puede decir que una lengua es mejor que otra?" Sin rubor, así, grafitando las paredes de la exposición. Parecería que son los primeros defensores del respeto a todas las lenguas. Los mismos que cada día nos recuerdan la inaceptable presencia del castellano en Cataluña, nos aleccionan con la igualdad de todas las lenguas. "Todas las comunidades lingüísticas son iguales en derechos" (Declaración Universal de los Derechos Lingüísticos, nos recuerdan). ¿Dónde dejan los derechos de los niños castellanohablantes cada vez que les impiden estudiar en su lengua materna y elegida, además de oficial y común de todos los españoles? ¿Cómo pueden tener la desvergüenza de robar los derechos de más de la mitad de los ciudadanos de Cataluña, y a la vez, lavarse la conciencia con proclamas como esas con la perversa intención de proyectar sobre la lengua oficial de toda España intenciones excluyentes que sí practican ellos?
En el colmo de la impostura, las proclamas de Linguamón declara a Barcelona la capital del multilingüismo con informaciones como estas: "El proyecto nace en Cataluña, sociedad comprometida con la diversidad lingüística del mundo" (Parece ser que de tanto comprometerse con la diversidad lingüística del mundo, se ha olvidado de comprometerse con la diversidad lingüística de casa). Y continua: "Quiere proyectar internacionalmente modelos de gestión respetuosos con la diversidad lingüística". Más jeta, imposible.
Y para terminar: "En el Mediterráneo hay millones de niños que hacen clase en una lengua diferente de la del país... es el caso de la lengua occitana..." Mapas, despliegues de ideología nacionalista, ni un solo dato contrastado ni objetivo. Ellos hablan por los franceses, interpretan sus deseos y derechos como si fueran un país de desamparados. Pero tanto se preocupa el Gobierno de la Generalitat de que un niño francés de la zona donde históricamente nació el occitano reciba las clases en la "lengua del país" que pasa por alto que allí donde podría hacer cumplir ese derecho, es decir, en Cataluña, lo impide. Incluso pone sanciones económicas por rotular en castellano.
La exposición es una empalagosa cadena de secuencias aparentemente humanitario lingüísticas con destellos inconscientes de odio al castellano. Por ejemplo, rebajan los 350 ó 400 millones de hablantes de español en el mundo a 250. No me extraña que, para que le salgan esos números, hayan tenido que reducir los 45 millones de hablantes de español en España a tan sólo 31 millones. Suponemos que dan por sentado que en Cataluña, País Vasco y Galicia nadie habla español. Error que define sus políticas de exclusión.
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