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De los problemas que Ibarretxe plantea al Estado, el más grave es el que afecta a la capacidad de acción del Gobierno. Primero, porque con un Gobierno fuerte en la defensa de la Constitución y la nación española los nacionalistas no hubiesen ido tan lejos. Estos huelen la debilidad: cuando perciben un Gobierno no comprometido con el Estado, aumentan sus exigencias, lo acosan y lo desangran. Cuando un Gobierno tiene creencias fuertes y les planta cara, moderan sus exigencias. Lo de Ibarretxe será un desafío a todos los españoles, pero sólo podía pasar con el Gobierno del talante: a Aznar no le hubiese ocurrido esto.
Pero con un Gobierno que no cree en la Constitución, dispuesto a ceder más y más a los nacionalistas, las exigencias de estos aumentan. Los nacionalistas, en el País Vasco y Cataluña, se han dado cuenta de que el Gobierno de la nación está ideológicamente desarbolado para hacerles frente. Por eso aumentan la presión, y lo hacen a dúo entre las dos regiones.
En segundo lugar, con un Gobierno abiertamente constitucional, un desafío así se podría solucionar. Con problemas y traumáticamente, pero se podría. Este es el problema fundamental: la falta de legitimidad del Gobierno de Zapatero para hacer frente al desafío de Ibarretxe. Primero porque lleva tanto tiempo jugando con los límites de la Constitución, ha desprestigiado de tal manera la Carta Magna, que le es difícil, por no decir imposible, transmitir la gravedad del problema a la sociedad española. Si Patxi López va por ahí diciendo lo mismo que Ibarretxe pero sin Ibarretxe, no está muy claro porqué los españoles van a confiar ahora en que Zapatero se oponga a un plan que su partido está presentando al mismo tiempo pero con distinta firma.
Y segundo, porque habiendo hablado con ETA de los mismos temas y en parecidos términos, el Gobierno hace bueno el comentario de Ibarretxe: ¿por qué no hablar con un representante democrático si se ha hecho con los terroristas? La diferencia está en que Ibarretxe propone hablar en público lo que Zapatero habló en privado. Si Zapatero cree honrosos los acuerdos a los que llegó con ETA, no tiene sentido que no crea en ellos cuando lo hace con Ibarretxe. Este lo sabe, y por eso se lo recuerda. Y ZP se tiene que callar.
Cuando el PSOE se alejó de los dos principios que están aquí en juego, la defensa de la Constitución y de la nación española, pudo ganar elecciones merced al voto radical, pero dejó desguarnecido al Estado. Ahora su esperanza está en ganar las elecciones en el País Vasco, pero da miedo lo malparada que podría salir la unidad de España con un lehendakari como Patxi Lopez, que llama a "construir la nacionalidad vasca" y a crear órganos con Navarra. Ahora la alternativa es entre menos España o mucho menos España.
En el fondo, ha sido Zapatero quien ha abierto la caja de Pandora en el País Vasco. Fue él, sin ayuda ni presión del nacionalismo vasco o ETA, quien decidió deconstruir la Constitución y el Estatuto de Guernica para dar lugar a otra cosa. Sus comentarios ante la tregua etarra y la necesidad de "reconstruir la convivencia social en Euskadi" impulsaron la agenda política en la dirección que ETA y el PNV pedían. No son ellos quienes han cambiado, sino el PSOE. ¿Puede ahora ser este quien solucione el problema? En abstracto, quizá. Pero el problema sigue siendo que el responsable de todo esto, Zapatero, no parece mostrar signos ni de arrepentimiento ni de fortaleza, sino todo lo contrario.
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