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Nos cuentan los sociólogos que la mayoría de los votos que Unión Progreso y Democracia consiguió el 9 de marzo pertenecían al Partido Popular. El último barómetro del CIS augura una importante mejora de los resultados del partido de Rosa Díez a base de ex-votantes de Mariano Rajoy. Es curioso que un partido nacido de una escisión del PSOE, un partido que se dice de izquierdas, liderado por una mujer de izquierdas, logre hacerse con una estimable base electoral integrada por gente supuestamente de derechas.
Puede que la explicación al enigma se encuentre en el hecho de que los votantes de Rosa Díez no son tanto de izquierdas o de derechas, como esencialmente unionistas. Es posible que en su mayoría se trate de izquierdistas que, desilusionados del PSOE federalista de Zapatero, huyeron al unionista PP. El que su destino natural fuera el más unionista partido de Mariano Rajoy no los convierte en liberal-conservadores. No puede extrañar que estos unionistas de izquierdas, resueltos a no votar a Zapatero y poco entusiasmados ante la idea de hacerlo por Rajoy, hayan respirado ante la oportunidad de irse con Rosa Díez.
Eso no quita para que algunos de los que votaron a UPyD el 9 de marzo fueran electores genuinamente populares, personas de derechas poco o nada inclinadas a votar al PSOE bajo ninguna circunstancia, mosqueados por el apoyo del PP a las reformas estatutarias de Valencia y Andalucía, de clara inspiración federalista. Pero, en su mayoría, los votantes de UPyD debieron ser votos de izquierda unionista, que, por unionistas, fueron, o podían serlo en el futuro, votantes circunstanciales del PP.
Si, como parece más probable, el PP sale del congreso de junio convertido en un simpático partido federalista, la huída de votos populares hacia UPyD puede ser espectacular, especialmente en la cita de las europeas de junio de 2009, en las que, por ser de circunscripción única, el elector de las provincias pequeñas, normalmente obligado por la ley D'Hondt a elegir entre uno de los dos grandes, podrá votar por el partido con cuyos ideales se sienta más identificado.
De hecho, en España está empezando a ocurrir algo parecido a lo que lleva lustros ocurriendo en el País Vasco, que la raya a la que se enfrenta el elector que se pregunta si debe o no cruzarla no es la que separa a la izquierda de la derecha, sino la que contrapone a federalistas y a unionistas.
No es casualidad que la cabeza visible de UPyD sea una valiente vasca desencantada de la falta de nervio del PSOE a la hora de defender a la nación. Tampoco lo es que sea una vasca, no menos valiente, la dirigente del PP que más contundentemente ha denunciado la deriva federalista que su partido soporta desde que perdiera las elecciones del 9 de marzo. Y es que es allí, en el País Vasco, donde más fácilmente se percibe lo inclinada que es la cuesta por donde nos estamos todos deslizando.
El caso es que la nación española se encuentra tan amenazada y los dos grandes partidos que deberían defenderla tan desentendidos de hacerlo, que hoy lo que parece más natural es que Rosa Díez y María san Gil acaben juntas en el mismo partido, uno que, sea o no de izquierdas, defienda, por encima de todo, la unidad de España.
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