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Aún no ha aterrizado ni un solo ejemplar en los escaparates de las librerías, mucho menos cruzado el Atlántico, y ya se ha asegurado una millonada en ventas. Scott McClelland, uno de los más fieles del círculo íntimo de la Casa Blanca de Bush, se ha descolgado con unas memorias que son para con su jefe como un látigo de siete colas, dejando boquiabierto al todo Washington y a medio mundo. Como anticipo de rabiosa actualidad, lo que aquí se hace es comentar un par de docenas de entre los muchos comentarios que han aparecido apresuradamente en los medios americanos en los tres últimos días, procedentes de todo el espectro político.
Para el nutrido club antibush todo esto está siendo un festín, pero apostillemos: primero, todo lo que ahora denuncia McClelland no sólo se lo ha tragado sin rechistar sino que lo ha defendido a machamartillo durante tres años como portavoz de la Casa Blanca, y diez como fiel colaborador de su jefe desde los tiempos tejanos, así que difícilmente se le puede reconocer mérito alguno. En segundo lugar, esta observación del campo izquierdista define el libro en profundidad, porque no sólo no añade nada a las habituales acusaciones, sino que no aporta ninguna prueba que apuntale las que son producto de malevolencia política sin escrúpulos.
Ni siquiera cuenta hechos desconocidos, conversaciones ignotas pero importantes. Sólo alguna pequeña anécdota o frase de poca monta. Se queja de que lo soltaron ante las fieras de la prensa para hablar de cosas sobre las que no le habían pasado información, y, naturalmente, dos años después de abandonar el cargo sigue sin estar en condiciones de contar nada verdaderamente significativo, más allá de sus impresiones personales. Es una satisfacción moral para los críticos que alguien tan de dentro venga a corroborar todos sus prejuicios, pero decepcionante que todo sean meras opiniones de quien no parece especialmente avispado ni enterado.
Entre los defensores de Bush hay algunos ensordecedores alaridos de deslealtad, pero entre sus compañeros de fatigas de tantos años lo que predomina es un asombro rayano en la incredulidad. Nadie lo hubiera nunca considerado capaz, ni por personalidad ni por ideas. Nadie abrigaba la menor sospecha de que pensara lo que ahora dice y menos que pretendiera manifestarlo como lo ha hecho.
Por lo demás, no todo es negativo para Bush. El libro tiene valor para añadir matices al cuadro psicológico del personaje, obsesionado con la lealtad personal y rodeándose de mediocridades entre sus colaboradores más inmediatos, como el mismo McClelland, dejando aparte las grandes y poderosas figuras al frente de responsabilidades trascendentales, al estilo de los Rumsfeld, Powell o Cheney.
Frente al coro de acusaciones de mendacidad en los orígenes de la guerra de Irak, McClelland resalta la capacidad de autoengaño del presidente respecto a sus políticas preferidas, lo que moralmente no es lo mismo que mentir, por más que políticamente podría ser igual de devastador o incluso más dañino. Dice que el verdadero motivo de la guerra fue el intento de democratizar el Oriente Medio, lo cual es manifiesto que constituía el objetivo estratégico primordial, pero que no tiene nada de incompatible con la preocupación más inmediata respecto a las armas de destrucción masiva ni, por supuesto, tiene nada de vergonzoso. Se escandaliza de que tratara de vender la guerra mediante una campaña propagandista, extrema ingenuidad que lo descalifica como político en la práctica y en el análisis. Y se queja de que en la Casa Blanca se viviera en estado de campaña permanente, lo que puede explicarse porque también ha tenido que vivir en estado de acoso continuo y es, en todo caso, característica política muy común entre las democracias modernas.
En resumen, unas memorias poco menos que mediocres, de credibilidad limitada.
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