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Los planes del PP oficial se resumen en dejar que el tiempo y la crisis económica, que se presenta feroz, hagan el trabajo que le corresponde a la oposición. Tiempo para apagar las ilusiones que despierta Zapatero en muchos españoles, por incomprensible que nos resulte a muchos otros; crisis para que prenda la nostalgia de los buenos gestores. Tiempo para aplacar el odio sectario meticulosa y rentablemente sembrado por la izquierda y los nacionalismos; crisis para que se extienda la decepción con el ilusionista de la Moncloa. Tiempo para que un tratamiento más respetuoso de Prisa y adláteres lime aristas y sofoque la hostilidad de sectores culturales, artísticos, universitarios; crisis para que, tocados en sus bolsillos, grandes segmentos sociales contemplen la conveniencia de un cambio.
Es la estrategia de la pasividad. Y como el absoluto silencio en el entretanto es imposible, la espera es compatible con una fidelísima crítica al Gobierno del cambio de régimen. Crítica lo bastante gentil para no chocar con la descrita estrategia troncal, lo bastante integradora para alojar cómodamente el mensaje de la mano tendida, la disponibilidad para los "grandes pactos de Estado" que tanto complacen a los círculos de economía y a las más altas instituciones.
Se trata pues de una nueva edición –aumentada y sin corregir– de la línea que, con los consabidos resultados, se impuso en el final de campaña de Aznar en 1993 y en las de Rajoy en 2004 y 2008. ¿Por qué iba a funcionar en 2012? ¿Por qué iba a dar buenos resultados dentro de cuatro años el dontancredismo estratégico? Porque esta vez se piensa barrer cuanto antes los obstáculos al arriolismo. Concretamente, a partir del Congreso de Valencia.
Si el análisis de Rajoy no olvidara elementos fundamentales, tiempo y crisis lo conducirían, en efecto, a un triunfo sereno. Pero, para su desgracia, los olvida. Veamos algunos. Se deja en manos ajenas, definitivamente, el entero discurso político nacional; le cabrían al PP, a lo sumo, matices, correcciones, ajustes, nada. Llegado el momento, izquierda y nacionalismos reactivarían el mismo tipo de propaganda sectaria que conocemos, sin importar la actitud de la oposición, siendo la única vía para evitarlo una claudicación absoluta de la derecha española, una autoinculpación con Rajoy de rodillas que, por supuesto, tampoco daría el triunfo. Y si lo diera, ¿para qué lo querríamos?
De la crisis económica hará la izquierda un tratamiento ideológico basado en categorías imaginarias. Cuenta para ello con una sociedad sentimentalizada, apegada compulsivamente a lo emocional según el canon progre. En cuanto al tiempo, correrá a favor de quien ocupe los resortes del poder en los años que se avecinan, que son los del desmantelamiento del orden constitucional y de su relato fundacional.
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